No sobran muros ni ganas, faltan pintadas y por eso no callaremos

Foto de thierry ehrmann.flickr.com (CC)
No perdonamos; no olvidamos; ¡esperadnos!

Estaban de vacaciones. El 29 de agosto del año 79 después de Cristo, la población de las ciudades de Pompeya y Herculano se vio sorprendida por la erupción de esa montaña divina que vigilaba sus sueños cada noche y que aquel día se convirtió en su pesadilla. Gracias a la erupción del Vesubio, aquellas dos urbes quedaron paradas en el tiempo para goce y disfrute de los turistas que pasean por sus vías, pero sobre todo para arqueólogos, historiadores y antropólogos que llevan siglos descubriendo cómo éramos en casa, en las termas, en los bares, en las calles… Y también cómo nos expresábamos.

Una de las cosas que sabemos gracias a la lava volcánica es que nos gustaba escribir en las paredes lo que pensábamos y sentíamos. Ya fuera a modo de denuncia contra personajes públicos (“Oppius: ¡payaso, ladrón, sinvergüenza!”), recomendación (“Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario”) o simple necesidad de contar algo bonito (“¡Salud al que ame; muerte al que no sepa amar!”), lo dejábamos por escrito en los muros. El Mediterráneo habrá visto pasar civilizaciones enteras, pero está claro que los que nacimos en sus orillas no hemos cambiado tanto. O sí.

De un tiempo a esta parte no parece tan fácil expresarse con la suficiente libertad. Y con suficiente queremos decir toda. El rapero Josep Miquel Arenas Beltrán, o lo que es lo mismo, Valtònyc jugó al despiste con sus redes sociales y seguidores para escapar de España cuando le llegó la sentencia del Tribunal Supremo que le obligaba a ingresar en prisión por tres años y medio por sus letras. ¿Y qué decía? En ‘Caminando con la ciutat’ denunciaba el trato desigual de la justicia con versos como “Cuando digo ‘Gora ETA’ delante de un guardia civil, por eso te encierran y no por ser un hijo de puta como Urdangarin” o en ‘El fascismo se cura muriendo’ canta “amonal en coches oficiales, haciendo justicia poética por cada familia que está pasando hambre”, además de referencias varias a la familia Borbón en distintas condiciones. Sin entrar a valorar la calidad musical o lírica de sus letras, pues no son pocos los que apuntan que quizás el rapero balear no es de lo mejorcito del cartel, sus rimas tampoco se nos aventuran algo fuera de lo normal. O al menos no mucho más allá de las pintadas, grafitis y murales que ya pintaban los vecinos de Pompeya o, más recientemente, los que se acuerdan de los muertos de los que nos gobiernan con más o menos acierto. La diferencia entre los y las artistas que intervienen nuestras calles, y los que lo hacían en época de Plinio el Joven, es que normalmente no conocemos sus caras y las de Valtònyc, Pablo Hasél, el autor de Fariña Nacho Carretero o la tuitera Cassandra Vera sí.

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Pero hay algo que une a la cultura y a los que la sentimos/sienten, necesitamos/necesitan es el sentimiento de libertad que da crear y la sensible colectividad que se nos mueve cuando nos la tocan. La Ley de Seguridad Ciudadana, adecuadamente apodada Ley Mordaza por el fin que realmente busca, y la reforma del Código Penal para endurecer las penas pintan una realidad cada vez más compleja en nuestro país. Precisamente por eso distintos colectivos han decidido quitarse la venda de los ojos, de los oídos y de la boca y organizarse en a plataforma No Callarem. Sindicat de Músics Activistes de Catalunya – SMAC!, Ateneu Popular 9 Barris, Defensem DDHH, BccN – Festival de Cine Creative Commons de Barcelona, Konvent Puntzero y los radiofónicos Carne Cruda, entre otros muchos, han firmado un manifiesto, al que ahora se suman muralistas, grafiteras y todo artista “pintamuros”, en el que reivindican que “los únicos muros que podemos y queremos admitir son aquellos que sirven para pintar, con libertad de acción y expresión, utilizando la crítica y la sátira.” Ya iniciaron las acciones el pasado mayo interviniendo el tejado del Ateneu Popular 9 Barris con un “Llibertat d’expressió” de 57 metros. Ahora (nos) llaman a todos y todas a participar y difundir la acción callejera que bajo la etiqueta #FaltanPintadas invita a intervenir las calles el fin de semana del 21 y 22 de julio.

Si Oppius era un payaso, un ladrón y un sinvergüenza, o al menos alguien en Pompeya lo pensaba así, se podía expresar y aquel que lo consideró oportuno tenía todo el derecho a manifestarlo incluso por escrito, y así se lo reconocía la ley romana y lo dejó plasmado en un muro bajo ceniza volcánica. La necesidad de libertad para hablar, crear o cantar siempre ha estado presente en el ser humano y, a medida que se iban alcanzando libertades, aquellas que reivindicaban figuras como John Locke, la de expresión ya se concibió como una de las primeras. Se veía como un derecho natural que solo había que positivar, poner en negro sobre blanco, para que quedara protegido. Para alcanzarla en su totalidad se ha peleado mucho en todas las esferas, incluidas las calles. Por eso ahora, cuando se ve claramente amenazada, tenemos que volver a tomar el espacio de todos, el que pertenece a la sociedad civil que sustenta el estado, al común del que todos formamos parte, para seguir diciendo en paredes, canciones y creaciones que no nos callarán.

Fotos de thierry ehrmann, Daniel Lobo y No Callarem

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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