Entrevista a Diana Gutiérrez #JefazaAlHabla

Diana Gutiérrez (1982, Madrid) es una de las personas clave para analizar el panorama fantástico. Con una perspectiva única que va desde impulsar fanfics a crear un sello editorial y escribir literatura de género. Investigadora de nuevas formas de narrativa transmedia y con un increíble bagaje profesional a sus espaldas, nos cuenta su experiencia y visión de la literatura de género en España. Entrevista imprescindible en #JefazaAlHabla.

Nokton Magazine: De escribir fanfiction sobre Enid Blyton a la publicación de Un Pavo Rosa 2 en 2018… ¿Qué ha cambiado para Diana y en el panorama de género en España?

Diana Gutiérrez: Todo. Lo más evidente es que ya no siento que tenga que esconderme. En la universidad, yo me especialicé en narrativa audiovisual y siempre quise aprovechar las capacidades de cada medio para crear historias con distintas lecturas, hablar de puntos de vista olvidados, quizá incluso producir historias transmedia. También era muy consciente de la falta de diversidad en la mayoría de historias que nos contaban. Básicamente, era una universitaria iracunda que quería dignificar la cultura popular y diversificar la representación.

NM: ¿Por aquel entonces empezaba a hablarse de diversificar la representación?

DG: En su momento, aquello no se entendía en absoluto. Ojo, que no estoy hablando solo de la opinión de legos en la materia, sino de catedráticos y de otros estudiantes, gente que hoy día ha publicado libros famosos o está a cargo de la dirección de series importantes. Mujeres o personas admiradoras del género fantástico a quienes les importaba un comino si había un estereotipo con las mujeres blancas gritonas en las películas de terror slasher. Yo estaba sola leyendo los textos de Umberto Eco sobre la cultura popular y Román Gubern sobre el cómic mientras el resto quería imitar a… [inserte aquí nombre de director sobrevalorado que pone planos de tetas “arriesgados”].

NM: Supongo que por entonces tú ya le dabas a los fanfics… ¿estaban bien vistos como ahora?

DG: Ocultaba que escribía fanfiction en la mayoría de ambientes literarios, porque la gente se reía de mí. Pensaban que era una frikada enorme y, sobre todo, un desperdicio de mis capacidades literarias. ¿Quién querría perder el tiempo de esa manera? Los autores solo querían publicar y ser respetados, y la idea de escribir fics era la antítesis de todo a lo que aspiraban.

Después pasó el tiempo, se convirtieron en bestsellers historias que habían comenzado como fanfics en Wattpad y ahora los editores van corriendo detrás de esta gente para ver si los pueden convertir en originales sin que se note. Triunfaron, se hicieron mainstream y más, series de lo más frikis que mezclan lo fantástico con lo histórico y otras que tienen una estética retro o se mueven dentro del pulp. Triunfó la nostalgia de los ochenta, la curiosidad por la época victoriana, la música camp sin complejos. A su manera, también los superhéroes no blancos y no heterosexuales.

NM: Lo que nos lleva al 2019 y a la idea de súper-espectador.

DG: Claro, ahora la mayoría de la gente sabe lo que es una precuela, sabe lo que es un spin-off, sabe lo que es un universo alternativo o una serie B. Además, la gente consume narrativa en muchísimas formas y está mucho más puesta. Ahora hablas con la abuela de abajo y resulta que no solo ve Juego de tronos, sino que es capaz de explicarte por qué la trama de un personaje se ha resuelto fatal. Es increíble.

Todo ese conocimiento es muy, muy reciente y el hecho de que pueda compartirlo con, digamos, un compañero de trabajo aún me desconcierta. No se dan cuenta de lo mucho que ha cambiado su percepción en, pongamos, quince años. Antes, los que conocíamos esa terminología éramos cuatro, y no hablemos de los temas de feminismo y diversidad, que hoy casi me da vergüenza cómo el sistema intenta convertirlos en un aspecto cool más, cuando había voces maravillosas en todos los campos a las que se ha silenciado hasta hace pocos años. Mi pareja bromea diciendo que el mundo se ha dianizado y la verdad es que lo siento así.

Pero esto también tiene un tope. Me alegra un montón sentirme mucho menos bicho raro en el mundo de la escribición, pero no todo es un camino de rosas. Las altas esferas siempre son mucho más conservadoras de lo que pensamos y ejercen de cuello de botella para el gran público.

La presión por producir y vender puede convertir a personas normales en monstruos. Sigue habiendo un ansia de narrativa tradicional que goza de buena salud y que no se apagará nunca. Yo por ahora disfruto de mi momento dulce mientras dure.

NM: Un pavo Rosa (primera y segunda parte): GO

DG: ¿Así, sin anestesia? Bien: es la historia de amor entre dos chicas adolescentes contada desde la perspectiva de

Diana Gutiérrez.

Diana Gutiérrez.

una persona adulta que las mira y dice: “Válgame Dios este par, les falta un hervor”. Y las miras, y las ves tiernas, y sientes con ellas y sientes nostalgia y quieres echarles una mano, pero también quieres darles una bofetada porque LES FALTA UN HERVOR. Aunque para ser sinceros, el mundo en el que se mueven no ayuda en absoluto.

Tenemos dos clichés, la empollona friki intensita y la fiestera ligera de cascos, que (sorpresa) encuentran un punto en común en su gusto por las películas musicales. O sea, soy yo al 101%.

La historia entera es un cliché subvertido, o al menos esa fue la intención. Hay gente que percibe más este nivel de lectura y otros que se dejan llevar más por las emociones, lo cual me parece igual de bien, porque lo que yo quise demostrar es que era posible hacer ambas cosas.

Tuve la suerte de encontrar una editorial, Meracovia, que se interesó por la historia y le pareció bien que fueran a ser dos partes sí o sí, aunque creo que el tamaño del acto 2 les provocó un pequeño infarto. La primera parte se publicó en 2016 y la segunda en 2018. También tuvimos la suerte de que no fuera mal en ventas, que supongo que si hubiera sido un desastre me habrían dicho igual que besis y fuera. Y lo habría entendido, oye.

Mi idea a largo plazo es escribir una precuela/secuela que tenga puntos en común con el mundo y el estilo de Un pavo rosa, pero que suceda en lugares distintos y se centre en criticar la estupidez del mundo adulto mucho más que del adolescente. Ahora bien, no tengo ninguna prisa por ejecutarla.

NM: Cosas de las que te sientes orgullosa con Café con Leche.

DG: Esta pregunta llega en un momento difícil. Te diré que estoy muy orgullosa de todos los títulos que hemos publicado y de todos nuestros autores, sin excepción. Estoy orgullosa de nuestra trayectoria y de haber aguantado tanto cuando nos han cerrado muchas puertas, porque el mundo editorial a veces es como un patio de colegio.

Creo que podíamos haberlo hecho mejor en los primeros años, pero el sector es bastante opaco y no sabíamos lo que sabemos ahora.

Uno de los títulos de los que siempre me sentiré más orgullosa es Instinto animal (2015), una antología de relatos sobre mujeres ferales. Cada una de esas historias trata un tema importantísimo relacionado con las percepciones de la feminidad, la relación con la naturaleza, la opresión laboral, el abuso a las mujeres por el hecho de serlo… y todos los autores son una maravilla. Pusimos mucho esfuerzo en la selección, corrección y edición de ese título. Me habría gustado editar una segunda parte, una tercera, una cuarta… pero también hay que saber cuándo parar. No obstante, el tema es uno de mis favoritos, así que no descarto nada en el futuro.

NM: Café con Leche publicaba literatura LGTB y fantástico mucho antes de que se visibilizara y se convirtiera en una marca común en editoriales independientes.  Aunque suene pretencioso a más no poder, ¿eres consciente de que eres casi una pionera?

DG: Me sonrojo un poco antes de intentar responder. Mira, lo que pasa es que éramos una panda de femibollotransgaysbisexualespervertidocreativos y la mayoría encontrábamos en el fantástico la forma más apropiada de expresarnos porque éramos una panda de femibollotransgaysbisexualespervertidocreativos. Era nuestro Narnia. Solo hemos salido del armario y parece que somos muchos más. Pero es mentira, ya estábamos ahí (ver respuesta a la pregunta 1).

Es verdad que me gusta observar, analizar e inventar cosas nuevas, y por esas razones a veces llego antes a los sitios. Hay gente que va rápido. Hay gente que va en un vehículo maravilloso. Yo soy lenta, yo voy a pie.

Lo que no hay que pensar es, en primer lugar, que los que “llegamos antes” no tenemos nuestros referentes. Siempre hay alguien que ha hecho los deberes antes que tú y que te ha inspirado de algún modo. Yo construyo Un pavo rosa con la subversión de clichés y basándome en series que ya habían tocado el tema del humor con eso. Yo fundo Café con Leche mirando varias cosas: las ventas en Amazon de títulos “inesperados” con elementos eróticos y fantásticos; el enorme talento y la burbujeante innovación que hay detrás de títulos como Alucinadas (Palabaristas, 2014), gracias a una selección impecable de Cristina Jurado y Leticia Lara; los buenos resultados de series como El joven Moriarty (Nevsky/Fábulas de Albión), de Sofía Rhei, que utiliza la perspectiva de un personaje “malvado” pero que es un niño… Yo veo todo eso, lo junto y pienso: aquí las cosas están cambiando, aquí quizá ya hay espacio para estos “otros relatos”. Y lo mismo pensaban otras personas, así que creo que es una toma de conciencia gradual y colectiva.

Por otra parte, que conste que a veces no mola llegar la primera. (O la segunda o la tercera, que es más como yo me veo). De hecho, está comprobado que los que más innovan a menudo no son quienes recogen los frutos… porque te encuentras con un campo virgen que tienes que labrar por completo. Si llegas un poco después, tienes parte del trabajo hecho y te montas en un barco a barlovento. Y ojo, que yo sigo teniendo campos donde no hay ni Dios ni lo ha habido nunca. Son mi desierto de colores, mi Perelín y mi Goab particular, y como empiece a llegar gente me va a dar un paraflús, pensaré que están hollando mi paraíso. (Aquí me río). Hay una parte de mí muy solitaria y que encima va a más con la edad. Por eso me gusta ir a un sitio nuevo con cada historia, como autora y como editora.

Teníamos la sensación de que necesitábamos espacios propios. Y la panda era mucho más grande de lo que se pensaban, mira tú.

NM: ¿Cuál es tu percepción de la evolución del mercado editorial de literatura de género en España en los últimos años? ¿Hacia dónde crees que se dirige?

DG: Me encanta que me hagan esta pregunta. Hacia dónde creo que se dirige es obvio, creo que lo estamos viendo por las editoriales que están surgiendo y por los autores que poco a poco van ganando lectores y más ventas. Esa es una tendencia que va a continuar. Va a haber más experimentación, más mezcla de géneros; por ahí va a ser todo muy satisfactorio, porque entre la autopublicación y que los mismos editores están maravillosamente locos, hay mucho nivel y se arriesga mucho más. Habrá más digital y más audiovisual, pero coexistirán con modos “antiguos” de publicación. Ahora me río de pensar que tenemos un montón de noveletas casi en formato penny dreadful, y creo que seguirán aumentando, porque aunque la gente consume una barbaridad de narrativa, su atención es cada vez más limitada y necesitan formatos cortos. A ver cómo logramos combinar eso con la necesidad, que también existe, de repetición y continuidad.

Ahora bien, esto te lo digo como lectora y como miembro de la comunidad, pero como autora y como editora, tengo una visión algo más pesimista que quisiera explicar. Mola decir que somos la hostia, que vamos a comernos el mundo, que hemos puesto en el mercado un montón de cosas nuevas. Es todo verdad, pero también necesitamos ser conscientes de las partes negativas, entre otras cosas para que no nos pillen por sorpresa.

NM: Dispara.

DG: Hay dos problemas muy graves en el mercado editorial y específicamente en este mundillo, que vamos a denominar literatura de género con un enfoque progresista. El primero, gravísimo, es que aquí nadie se gana la vida escribiendo o editando estas cosas. Tal cual. Sí, hay casos de gente que vive en casa de sus padres o en un piso de la familia, que cobra todo bajo mano (que ese es otro problema, pero no vamos a entrar ahí…) y se las apaña para ir tirando. Pero eso no es sostenible y entra en conflicto con ser una persona independiente, tener una enfermedad crónica o tener hijos. Hay otras personas que han tenido suerte y han pegado un pepinazo con una obra, pero luego se pasan años fatal y encima pensando que tienen la culpa por no repetirlo. Esto es un conglomerado de razones, pero en mi opinión, sobre todo dos:

El sistema es perverso y el mercado sigue siendo demasiado pequeño. Si solo tomamos las ventas y los ingresos de esta literatura, la realidad es que no dan para vivir al 99% de personas.

Aunque este mundo se ha expandido un montón, como ya he dicho, hay un tope. Ya no son solo que algunos no cooperen “desde arriba” y nos pongan palos en las ruedas, que es totalmente cierto. Es que no hay tanto público, y el que hay no se gasta tanto dinero. Tengo gente que me viene a las ferias diciendo que adoran a tal autor y luego resulta que en la vida se han comprado un libro suyo. ¿Cómo pretenden que se gane el pan? La simpatía es maravillosa, los seguidores en Twitter y en Instagram ayudan a vender, pero la cantidad de corazones en una red social a menudo no tiene nada que ver con los números que veo y que otros me cuentan. Y muchas personas te dirán la verdad, que es que tampoco pueden gastarse tanto dinero ni tienen tiempo o capacidad para leer todo lo que sacan los autores que les gustan. Lo que nos lleva al segundo punto negativo.

Estas personas que hacemos todo “porque nos gusta” y en nuestro tiempo libre, porque tenemos trabajos de cinco, seis, ocho y más horas que usamos para mantenernos, estamos teniendo una producción brutal, superior a la que el mercado puede absorber y muy superior a la que nuestros cuerpos pueden resistir a medio plazo. Nos estamos sometiendo a un estrés y una presión brutales porque “lo que hacemos nos gusta” y encima nos creemos, o al menos nos lo creemos al principio, que nos estamos realizando. Alabamos a los autores “productivos”, nos burlamos de los que sacan un libro cada cuatro años. Si eres una editorial, tienes que tener una producción alta o la rueda no funciona, los precios comienzan a subir y los costes de mantenimiento no bajan. Todo es un despropósito. Luego ves a gente de veintipocos o treinta años con unos problemas de ansiedad salvajes, quemados, con artritis o problemas intestinales, con contracturas de estar todo el día escribiendo o con un cansancio crónico. ¿Sorpresas? Pues si lo analizas todo fríamente, no, ninguna.

NM: Lo que comentas es algo que desgraciadamente puede verse en el mundo laboral en general. El mundo poscrisis y la idea de la autorealización personal… ¡Sobre todo en un campo tan creativo como la escritura!

DG: Lo malo es que no solo es este mundo, sino que el propio sistema capitalista es el que potencia esta autoexplotación y es muy difícil verlo desde fuera. Tiene que sucederte, tienes que romperte para llegar a esta conclusión y, aun así, cuesta horrores salir de ahí porque, después de todo, ¿no era ese tu sueño? ¿Y si trabajo un poco más, me sacrifico un poco más? ¿Puedo robarle unas horas más a estar con mi pareja, con mi niño, con mi abuela que es tan mayor, o a descansar?

La gente que entra llega con una ilusión preciosa, con la pureza de quienes vienen a comerse el mundo. Se nota que les han hecho daño, que les han dicho que de esto no se vive… etcétera. Tenemos una relación rarísima con las artes, por una parte las veneramos y por otra las tratamos fatal, y toda esta gente lleva esta mochila a cuestas. Así que llegan reivindicativos, como debe ser, exigiendo de cara a la galería que no les paguen cacahuetes, que no les ofrezcan contratos de mierda. Luego, de cara a la pared, casi todo el mundo se baja los pantalones y te enteras de que firman unas barbaridades horrendas, y no solo por desconocimiento. Hay un muro terrible que es la realidad de mercado y que muy pocos consiguen sortear y, como digo, se puede luchar, se pueden buscar nichos, se puede tener suerte y se puede sobrevivir “tirando”. Pero es durísimo y los primeros que caen son los que no pueden dedicarse años y años exclusivamente a su carrera artística. Y además de muy injusto, eso es una gran pérdida. Conozco autores increíbles que son incapaces de escribir porque su trabajo alimenticio les agota. Y no tenemos precisamente una generación de rentistas para tomárnoslo con la calma y glamour que a veces se describen en ciertas novelas. No hay vida más mitificada hoy en día que la de alguien que trabaja en el sector literario.

Y a medida que pasan los años —los tengo contados: suelen ser de tres a cinco a full—, las personas que entran en el sector empiezan a ver estos lados oscuros. Y es imposible decírselo antes porque no te creen: piensan que solo quieres matar su ilusión. Yo no quiero matar la ilusión de nadie, pero tampoco acepto que se cuenten cuentos chinos. O se encuentra una manera de conjugar esta pasión con ganar un sueldo digno y descansar —y ya hay gente que se está dando cuenta a nivel individual— o no tiene ningún sentido inmolarse en aras de no sé qué dios del éxito literario.

NM: Vamos, que el futuro no es muy alentador.

DG: A nivel global, lo que creo que vamos a ver de aquí a unos años es la desaparición lógica de algunos de estos autores y algunas de estas editoriales que formaban parte del ecosistema. También es muy probable que alguien desaparezca un tiempo y luego resurja o se convierta en algo distinto. Yo creo muchísimo que la gente no “triunfa” o “fracasa”, que esa es una imbecilidad que nos han metido en la cabeza: la gente se transforma, la gente puede aportar de distintas maneras y el mayor mérito es vivir. Habrá editores que se conviertan en críticos o dinamizadores de la comunidad, por ejemplo. (Porque escritores ya son la mayoría). Y eso tampoco parará el surgimiento de nuevas iniciativas, por lo que ya he comentado.

NM: Dada tu experiencia como editora y autora, ¿qué ideas crees que ayudarían a crear un sistema, como decirlo… más sostenible?

DG: Algo que me gustaría ver, y que creo que sería el resultado lógico de un equilibrio entre los puntos negativos y positivos que he comentado, es más puentes de colaboración entre editoriales pequeñas y más asociaciones de escritores con una perspectiva a medio-largo plazo. Aceptémoslo, estamos en un escenario muy polarizado en el que solo hay grandes grupos y un montón de “independientes”, y aquí nosotros somos la mierda. Algunas de estas personas conseguirán hacerse grandes y tener un proyecto más sólido, pero no serán la mayoría. Es imprescindible que colaboremos más y así lleguemos donde nos es imposible llegar por nosotros mismos. Ahora mismo sobra pasión y artículos de palmaditas en la espalda (maldito “síndrome del impostor” y todas las tonterías que se dicen al respecto) y falta un poco de sentido práctico. ¿Por qué tenemos todos los editores que tener un sello propio? Y ya que todos nos quejamos de la distribución, ¿qué pasaría si pagáramos a una o dos personas para que se encargasen de ella, lo que vendría a ser crear una distribuidora?

Pero aquí nos topamos con un problema más pequeño, que es que a la mayoría nos gusta elegir libros, escribirlos, leerlos… Vamos, el trabajo divertido, y el trabajo de hormiguita es tan necesario como sacrificado. Creo que mucha gente que se mete en esto no tiene ni idea de ese trabajo de hormiguita hasta que lo tiene encima. Lo llaman “papeleo”. Uy, papeleo. Ojalá fuera solo papeleo. Hablamos desde habilidades de investigación a técnicas de persuasión, saber escribir correctamente una memoria para una beca o llegar lo más rápido posible a la librería A a la librería B. Y sí, en todo eso la mayoría somos bastante regulares, y es una pena que haya poca gente que quiera sinceramente hacerse cargo de ello y poca gente que entienda todo el trabajo que conlleva.

En general, la transformación pasa por una visión colectiva y pausada del ecosistema; menos exabruptos acerca de cómo debería ser la realidad y más puestas en marcha de iniciativas para cambiarla. Pero tiempo es lo que nos falta a todos.

Las editoriales de este tipo, en general, nos tenemos mucha simpatía; cuando nos vemos, solemos hablar de que querríamos colaborar más; pero luego… ¡no hay tiempo! ¡Siempre hay que correr, correr, correr! Y con los autores igual. Lo que digo: quienes se rompan, por desgracia, tendrán entonces algo de tiempo para reflexionar. Lo que pasa es que no siempre va a ser bonito y tampoco sé cómo de flexible será el sistema para quienes intenten estas vías en mitad del frenesí editorial que ahora estamos viendo. Ojalá, poco a poco, las personas vayan encontrando su hueco en un mundo en el que no tengan que estar matándose a trabajar por cuatro perras.

Fíjate que lo que tengo ahora mucho en la cabeza es que hay fanzines que han sobrevivido quince o veinte años, con una periodicidad variable, pero lentos y seguros. Y tienen su público. Y creo de verdad que lo que los ha salvado es que, desde el principio, fueron muy humildes, se negaron a entrar en la rueda y asumieron su volatilidad: por ejemplo, que podía variar la composición del equipo según sus obligaciones; que estarían presentes solo donde pudieran; y que lo más importante era seguir una visión, pero no una que te hablara de triunfos y estrellas, sino la de ser siempre fiel a tu espíritu, a lo que tenías que decir. Creo que podemos aprender algunas cosas de ellos.

NM: ¿Qué proyectos tienes en marcha?

DG: Esta pregunta es para fastidiar, seguro. Para que me desdiga de todo lo que he afirmado en la pregunta anterior, ¿a que sí?

El último gran proyecto que he puesto en marcha es KAKAO BOOKS, un sello dedicado a la literatura juvenil LGTBI internacional. Hay mucho amor en su primer libro, Annie en mis pensamientos (el clásico Annie On My Mind, o una de las primeras novelas para jóvenes adultos sobre la relación entre dos chicas). Pero estoy intentando aplicarme el tema de que hay que ser más prácticos y el de que me tengo que cuidar yo. Este mes he caído enferma, KAKAO BOOKS se ha detenido… y estoy dándome algo de tiempo para pensar.

Siguiendo con mi idea de decrecimiento, diría que este año no toca “lanzar al mercado” nada grande. Tengo pendiente entregar la segunda parte de ¡Sí, mi capitana!, pero no saldrá publicada este año. También tengo varias noveletas empezadas. Me viene muy bien dedicarme a eso para practicar ciertos géneros. Tengo muchas ganas de escribir ciencia ficción apocalíptica y apenas la he tocado todavía como autora.

También tengo entre manos la reescritura de una novela difícil de describir: digamos que es un coming-of-age en un mundo fantástico con mucho, mucho drama de por medio. No tengo prisa por terminarla porque necesito que quede bien. Ya la escribí mal una vez.

NM: Anything else?

DG: Pues sí, que me perdonen los lectores de esta entrevista por la verbosidad. ¿Veis? Por eso quiero practicar los formatos cortos.

Lista de Spotify:
Un pavo rosa (Acto I)
– Un pavo rosa 2 (Acto II)

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