Eider Rodríguez: “La contradicción no puede paralizarnos”

Costa de Hendaya

El género fantástico salta como un resorte cuando arranca la conversación. La fantasía y la irrealidad como sinónimos, los pálpitos inexplorados. Y menciono a Kafka y el surrealismo, en proceso de aproximación a la rutina. Eider Rodríguez (Rentería, 1977) me toma el guante y abre fuego alígero, para hablar, no de la enajenación de la vida cotidiana, sino de la vida cotidiana desde la locura de la normalidad. “Lo cotidiano es muy kafkiano. Estamos acostumbrados a no asombrarnos, pero en la vida real hay una fantasía que es casi como un fallo del sistema” expone la autora vasca, con Un corazón demasiado grande sobre la mesa, su último libro de relatos, que incluye una pequeña antología seleccionada de su producción anterior.

“El ser humano, por ejemplo, intenta parecer especial intentando ser normal. Hay algo que nos impide mostrarnos como somos, siempre tendemos a la contención por ese ojo que todo lo ve. Lo que Salinger llamaba ‘la señora gorda’. Que te va a ver Dios…” expone Rodríguez. “Veo muy castrado nuestro ser auténtico, así que mi objetivo cuando escribo es indagar en el alma humana, en lo peculiares que somos”.

Los sujetos que transitan por sus narraciones, perseveran y se diluyen en el pensamiento de un humo efímero, respiran híbridos y diletantes, con la dualidad entre lo que sienten y aparentan sentir a cuestas, escaparatistas de sus propias vidas. Algunos desnortados, sin atreverse a hacerse la pregunta adecuada. La realidad es una construcción que se tambalea. “Mis personajes tienen mucho de traumático en ese sentido. Los psicólogos lo llaman el hipopótamo. Son personas que actúan de manera racional, pero siempre tienen uno rondando” explica la autora, haciendo memoria de una frase de Martin Amis (“El trauma es un secreto que ni siquiera nos hemos contado a nosotros mismos”).

Su memoria me evoca a Augusto Monterroso, padre universal del famoso dinosaurio: “El pequeño mundo que uno encuentra al nacer es igual en cualquier parte, solo se complica si uno no logra irse a tiempo de donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación”.

La escritora Eider Rodríguez

La escritora Eider Rodríguez

Por este motivo, Eider Rodríguez -dos veces ganadora del Premio Euskadi de Literatura-, no juzga a sus protagonistas (“es fruto de la madurez, aceptas cada vez más al otro”). Entre las páginas de Un corazón demasiado grande están muy presentes mujeres de todos los pareceres -por mayoría las de mediana edad- y sobre todo, su entidad, la mirada que el auditorio social les dirige.

En el monólogo interior de la actriz de ‘La semilla’, a la que ha dejado de sonar el teléfono desde que se estrenó como madre, o de la mujer erotizada por el aroma a tergal de un acontecimiento imprevisto en ‘Hierba recién cortada’; y en la levedad de la anciana de ‘Ceniza’, que desea despedirse del mundo con la misma dignidad con la que nació -descripción gráfica del carácter de su abuela, que era como un puño cerrado y vivió siempre tal cual quiso-.  “Es algo que he descubierto a posteriori, cómo materializo los cuerpos. Los cuerpos de las mujeres a cierta edad, que no son canónicos, bellos ni virginales o que no les parece bellos a estos ‘señores gordos sin corbata’, un poco ‘Dios’ en nuestra sociedad, ¿no? El cuerpo como prisión sí. Ahora, no el de una presa abatida”. La pasividad o la rendición nunca planean por sus pensamientos. “Son sujetos que gritan, que tienen mucha rabia y se enfadan y reivindican ‘a pesar de’”.

Literatura de frontera

La narrativa de la escritora es un relato fronterizo, vívido entre la linde administrativa y la emocional que impera en su biografía. Eider Rodríguez vive en Hendaya, perteneciente a la administración francesa, nació en Rentería y trabaja en San Sebastián. “Cruzo constantemente y cambia la lengua, la nacionalidad, el sonido de las calles, el aspecto de la gente, la música del transporte público… Me da perspectiva para escribir, una distancia de extrañeza, pues según a qué lado estás eres el otro, el yo o el nosotros”, se sitúa. El conflicto vasco también toma su lugar como telón de fondo en una de las narraciones y se presiente en la atmósfera de otras. “Se ha escrito mucho del problema vasco y de los vascos, pero creo que desde el estereotipo, como cuando se habla de las madres de manera totalizadora y absoluta, en un plano genérico. Es hora de escribir de los diferentes tipos de vasquidad y entender lo vasco. Me parece un tema para tocar con delicadeza, respeto y sigilo. La complejidad de la realidad sociopolítica tiene muchas vertientes e intento evitar caer en la simpleza”.

No le molesta que críticos y periodistas reincidan en el término “incomodidad” para describir sus relatos. Al fin y al cabo compone su materia prima. “Cuando escribo es porque algo me ha perturbado, me ha sacado de mi zona de confort. Esos cracks que hace la vida de vez en cuando son mis notas de trabajo”. Confiesa haber escrito su último libro de relatos con todo el organismo, sin hacer escisiones entre mente y cuerpo. “Quería que hubiera un circuito abierto entre ambos mundos, ideología y emoción”.

En palabras de la autora, profesora en el área de Lengua y Literatura de la Universidad del País Vasco, en sus historias no se centra en grandes temas ni grandes acontecimientos. En ellas brota “la épica del día a día”. La tinta no se atora con la diferencia, la brecha generacional entre madres e hijas, la paradoja del eufemismo o la envidia ante la tragedia. “El verdadero diálogo se entabla ahí, en el contraste y la contradicción, sin equidistancias. Esto habla de nosotros como sociedad”. Y añade a vez seguida: “No quiero que la contradicción sea motivo para paralizarnos, hay que aceptar esa distancia”.

¿Tienes predilección por los lectores desconfiados? “Me gusta la variedad, lectores que piensan, sienten y viven de formas muy diferentes. La lectura es telepatía. Escribo en mi cubículo y genero una imagen en la mente de quien lee, a través de sus millones de filtros. ¡No me digas que no es Edgar Allan Poe!” atestigua sorprendida por el misterio implacable de la palabra escrita. Un corazón demasiado grande, el relato que da título al libro -originariamente escrito en vasco, su lengua materna, y traducido por ella misma-, posee un aire sarcástico característico. “Me gusta la mordacidad y el humor negro. El sarcasmo y el cinismo, no tanto. Tengo tendencia, pero me limito, no quiero perpetuar una actitud adolescente dejándome llevar. Ni que nadie tenga ganas de suicidarse”, comenta entre risas.

Los autores de relatos suelen cargan con la pesada losa de la novela como supuesto género mayor en los cuestionarios, pero a Eider Rodríguez no solo no le preocupa en forma, sino que menos en (su) fondo. Se siente plenamente saciada por las posibilidades de la narración corta. “Todo lo que he querido narrar no ha necesitado dilatarse”. Por lo que lanza un órdago para el próximo entrevistado. “Toca preguntar a un novelista, ¿para cuándo relatos?”.

La foto de cabecera es de Lorena Suárez y la imagen de la autora está realizada por Lander Garro

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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