Ozark: una fábula de oscuridad y dinero como ideología

La primera frase de Ozark, la serie estadounidense protagonizado por Jason Bateman y dirigida por Bill Dubuque estrenada por Netflix en 2017, refleja el argumento y todo su enfoque: “Pasta, metálico, capital, tela, guita, efectivo, plata, billetes, fondos, pavos, dinero. Lo que separa el ser del no ser”. El arranque supone una fórmula ya consagrada: Marty Byrde (Jason Bateman) es un ciudadano aparentemente normal, con éxito en el trabajo pero frustrado en lo personal, que se ve inmerso en una espiral de crimen. Su cordura cínica, su frialdad y su manera de interpretar el trabajo y la tela son los elementos que dan peso a esta ficción. Hay más citas memorables, como la de Jonah, el hijo de Marty, que reflexiona:  “el dinero de la droga fue lo que evitó el colapso de la economía global en 2008”.

Marty Byrde muerde la manzana: toma la decisión de enriquecerse lavando dinero para un cártel mexicano. A través de un flashback contemplamos como él y su esposa Wendy (Laura Linney) rechazan a priori ese negocio, pero acaban aceptando, seducidos por los cuantiosos beneficios económicos. Wendy da la clave: “Aunque lo hicieras, no estarías robando”, le dice a su marido. Y Marty acepta. No es un padre de familia vigoroso o admirado, pero es eficaz. Se define a sí mismo como un hombre de negocios y ese será su rol y su único anhelo en los Ozarks, donde se establece con su familia tras verse obligado a escapar de su hogar. Subsistir. Montar un negocio para seguir blanqueando, casi de forma impersonal. Hacerse a sí mismo.

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Jason Bateman protagoniza este drama de huida y supervivencia. Foto: Netflix

La relación sentimental de Marty y Wendy se quiebra y experimenta una metamorfosis: el vínculo sentimental es reemplazado por el establecimiento de una unidad empresarial fría, casi de autómatas, donde cada uno busca hacer dinero trabajando competentemente más allá de los afectos.

Los Byrde alteran el frágil ecosistema de esta zona oscura, que cuenta con paisajes bellísimos y unos ritmos que no se deben cuestionar, ni las misas arcanas en el pantano ni sus poderes fácticos. En los Ozark también hay un clan de alcohólicos rednecks dedicados al pillaje (otra forma de subsistir) al que pertenece Ruth (Julia Gardner), el personaje más interesante de la serie, que también deberá tomar decisiones drásticas para progresar.

Así, el capitalismo glacial de Ozark tiene personificaciones álgidas, como el dueño de una funeraria tratando de convencer a un cliente de que convierta las cenizas de su madre en una joya, pero también de que pague una lápida (“para las visitas”).

No es la única serie que emplea el dinero como motor de la trama, podemos establecer un patrón: Fargo, la segunda temporada de True detective y de algún modo Black Mirror, Crematorio, Breaking Bad o Westworld. La primera edición de True Detective, exquisita y rica en lecturas, tiende más a la representación de un universo simbólico con subtextos filosóficos. La segunda gravita en torno a un poli corrupto y un empresario mafioso. En la tercera de Fargo, el cruel Vargas tiene una foto de Stalin como personificación del mal. En muchas series de hoy, el binomio luz-oscuridad es ya insuficiente, y todos los ejes temáticos (el amor o el desamor, el triunfo o la derrota) son atravesados por el espectro de la mercantilización.

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Marty con el clan de los Langmore, con Rtuh (Julia Garner) a la cabeza. Imagen: Netflix

También beben de la voluntad de acumular capital series como Narcos, Gomorra, Fariña,  o La Casa de Papel (que el exalcalde de Ankara ha recomendado prohibir por subversiva). Los personajes de estos dramas son productos del individualismo y de la panacea del libre mercado: matan, trafican con droga, habitan distopías, sobreviven para pagar las deudas…

El dinero no es un anhelo, es el medio y es el fin, no es la excusa, es el engranaje.

Como espectadores, nos sentimos atraídos y consumimos un producto que propone el discurso de dinero como ideología, porque no se ofrecen marcos alternativos (hacer el sistema más justo, por ejemplo). Las series hacen ficciones con la realidad de la que son conscientes: los problemas del sistema y los individuos que pretenden enriquecerse.

Y este credo está en todas partes: en los cigarros de Betty Draper, en la pistola de Ciro di Marzio, en el sello por el que pelean los Stussy, en el brillo de los ojos del Profesor, en las esperanzas y en las decepciones, en los libros de cuentas  falseados, en las empresas opacas y en la droga que desembarca en la playa. Y en la suscripción anual a Netflix o HBO.

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