‘Don’t look up’ (‘No mires arriba’): un meteorito en caída libre

Es una suerte que haya pasado de moda aquello de que el arte y el dinero no deberían tener nada que ver. Así se entienden mejor las cosas. Por lo general, admitimos ya que hay factores materiales (por ejemplo, quién paga, o cuánto se paga) que influyen tanto en la vida de una obra de arte como los factores más estéticos.

El arte por el arte no fue más que un paréntesis dentro de la tendencia que ha sido vox populi durante siglos. No hace falta que nos recuerden que don dinero abre todas las puertas. En Cataluña se dice que pagant, Sant Pere canta, lo cual es una buena referencia artística. Incluso van un poquito más allá cuando sostienen que músic pagat fa mal so (que tiene su paralelo castellano en decir que, a dineros pagados, brazos cansados).

El cine posee una vulnerabilidad particular a este hecho dado que, aparte del séptimo, es el primer arte industrial. Todas las artes dependen hoy en día de la industria, pero el cine (y, algunos dirán, el videojuego) es la única en la que la mayor parte del proceso creativo involucra grandes cantidades de recursos y personal.

“Los cineastas tenemos una gran responsabilidad. Debemos elevar la película del plano de la industria al del arte”. Estas palabras de Carl Theodor Dreyer fueron escogidas para iniciar los cincuenta y un minutos de angustia, luces y reflexión sobre el cine que es Lux Ætherna (2019), de Gaspar Noé. Dado que la película es una iniciativa de la marca Yves Sant Laurent, la cual la produjo a cambio de utilizar prendas de su última colección, parece que Noé sabe de lo que aquí se trata.

'Lux aeterna'. Gaspar Noé.

‘Lux aeterna’. Gaspar Noé.

La producción de cine fue en extremo rentable durante mucho tiempo, aunque el negocio sufrió bastante con la crisis del siglo XXI. Numerosos cambios de modelo llevaron a que la industria tecnológica entrara en el juego. Para cuando Netflix dio el salto a la producción de cine y televisión en 2013, la multinacional Comcast ya había comprado Disney, Marvel y LucasFilm. El movimiento en el sector no se ha detenido desde entonces: el verano pasado, Amazon compraba los estudios MGM por casi ocho mil quinientos millones de dólares y respondía así a Disney, que había comprado 21st Century Fox en 2018 por más de siete mil millones (en un movimiento que se comparó con la posibilidad de que Coca Cola absorbiera a Pepsi).

Por supuesto, la creación de un oligopolio semejante preocupa a mucha gente. En un sistema tan centralizado, ¿no es mucho más fácil la censura? Ese famoso algoritmo que rige lo que ver y lo que no, ¿no tiene el poder de aupar y de derribar sin criterios muy claros? ¿No será un corsé que reproduzca una y otra vez los mismos esquemas? Pero de repente Netflix estrena algo como Don’t Look Up (2021), un dardo que se dirige al corazón de la política y de los grandes medios de comunicación estadounidenses. Es el tercer acierto del director Adam McKay tras The Big Short (2015) y Vice (2018), y está repleta de actores de primer nivel. Para nosotros tal vez sea difícil verlo (giramos alrededor del imperio norteamericano, pero estamos aún alejados del día a día de la metrópolis), pero la película toma partido con decisión en un momento en el que la sociedad estadounidense está muy enfrentada.

No se trata aquí de discutir si la película es buena o mala, realista o ficticia, exagerada o no. Se trata de que se produzca y exponga una película tan crítica con un sistema del que Netflix forma parte importante. Aparte de la conocida huella medioambiental que causan los servidores de la empresa, Netflix pertenece al sector tecnológico, que es ridiculizado de manera directa en la película. Incluso el CEO de Netflix, Reed Hastings, tiene algún parecido con el “filántropo” dueño de BASH, la empresa ficticia de Don’t Look Up. Una explicación posible podría ser que a Netflix le da igual qué se vea, con tal de que se vea. Es decir, que, si da beneficios, cualquier producto es válido, sea cual sea su ideología o mensaje. En otras palabras: mientras haya dinero no habrá censura. Otra opción es que Netflix se sienta muy segura de sí misma. Como describió el filósofo alemán Peter Sloterdijk allá por 1983 (cuando ya War Games nos avisaba del peligro de los algoritmos), hay un momento en el que el poder no tiene bastante con su hegemonía callada y tranquila. Hay veces en las que, como si se fascinara consigo mismo, el poderoso se vuelve insolente, atrevido. Entonces habla a calzón quitado y confiesa lo que no suele salir a la luz. Conocemos la escena. El villano se sienta, el patrón se desabrocha los puños de la camisa, el sacerdote se afloja el alzacuellos, se recuestan, tal vez ponen los pies encima de la mesa, miran a su interlocutor con asombrosa confianza y cuentan las verdades más siniestras. A esa actitud de soberbia Sloterdijk la llamó “cinismo señorial”.

Ahora el confidente no es único, sino que somos todos. Don’t Look Up sería entonces como un aviso, como un chiste amenazante: esto es lo que estamos haciendo y lo que vamos a hacer. Compradlo. Discutid sobre si ese meteorito significa el cambio climático, discutid sobre si los negacionistas representan a los antivacunas. El “razonad, pero obedeced” ilustrado se quedaría obsoleto. La nueva era quiere que discutamos porque sabe que no nos queda más remedio que obedecer. ¿Puede decirse que este director, o cualquier otro, haga mal por participar de todo ello? Tal vez no. Al fin y al cabo, todo artista quiere asegurarse de que su obra llega a la mayor cantidad de gente posible. Además, en todas las artes, pero sobre todo en el cine, contar con medios es fundamental. No es natural renunciar a que la película de uno se vea y se comente en todo el mundo, aunque con ello el peligro de los oligopolios y los “filántropos” siga ahí.

No podemos saber tampoco hasta qué punto estamos siendo todos cínicos. ¿Quién está dispuesto a renunciar a Netflix? Sí que podemos recordar quién fue cínico en el pasado, sin embargo. Hagamos memoria. La anécdota nos la cuenta Diógenes Laercio: Platón cruza una plaza de Atenas y se encuentra a otro Diógenes, el Perro, quien está lavando unas lechugas en la fuente. En estos chistes tan antiguos, muchas veces se contraponen las figuras de los dos filósofos: el idealista Platón, con su respetada y exclusiva Academia, y el cínico Diógenes, mendigo y bromista. Esta vez, no obstante, Platón parece compadecerse del viejo agachado en la calle con su humilde comida. Se acerca a él y le susurra: “¿Sabes, Diógenes? Si adularas a Dionisio no tendrías que lavar lechugas”. Dionisio era el tirano de Siracusa, desde cuya corte invitaron a Platón y quien, según algunas versiones, acabaría por venderlo como esclavo en su vejez. El caso es que podemos imaginarnos al Perro con la vista fija en sus lechugas mientras contesta entre dientes: “Y si tú lavaras lechugas no tendrías que adular a Dionisio”.

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