Carmen Santos: “Homenajeo a la mujer que se rebela contra una vida de segunda”

Portada de la novela "Flor de Arrabal", une mujer del cuplé.
Portada de la novela "Flor de Arrabal", une mujer del cuplé.

“Ser la mujer y las mujeres, todas las mujeres y toda la mujer, bella de mis bellezas, tierna de mil ternuras, picaresca de las infinitas picardías del instinto…” escribió el periodista y escritor Enrique Gómez Carrillo sobre Raquel Meller, la que sería su esposa, pero por encima de todo, la soberana de un género que a principios del XX eclipsó carteles y escenarios: El cuplé. Figuras como La Meller, la Fornarina o La Chelito, mitos todas ellas, reviven ahora en una sola figura de la mano de Carmen Santos (Valencia, 1958) en Flor de Arrabal. En su nueva novela, en la que ha invertido cuatro años de laborioso trabajo, la autora imagina la historia de una de aquellas cupletistas que, rasgando moldes y miserias, pudo alcanzar la cúspide del espectáculo en una Europa salpicada por las tensiones políticas y la guerra, así como por vibrantes movimientos artísticos.

Nokton Magazine: Flor, la protagonista, nace con el destino marcado en apariencia: De origen muy humilde, analfabeta, con un padre rudo, alcohólico y maltratador…

Carmen Santos: Así es, en el Arrabal, un barrio en el margen izquierdo del Ebro, tradicionalmente de gente pobre. Al otro lado del río, en Zaragoza, vivían agricultores, artesanos… Flor ve la vida de las mujeres de su entorno, la de su madre, lo que le imponen desde niña… y no lo ve justo. Al principio, de forma inconsciente y luego conscientemente, va rebelándose en su camino hacia el empoderamiento.

NM: Ese destino cambiará de pronto cuando tenga que actuar para cubrir la ausencia de una cupletista. Su talento artístico será el billete para una nueva vida.

CS: Las cupletistas solían ser chicas de origen muy humilde, que se lanzaban al mundo del cuplé buscando una vida mejor. No tenían cultura de inicio, pasaban muchas vicisitudes, se les humillaba. Si el papel de la mujer era muy secundario, todavía más para las de baja cuna. Como se ve en la novela podían encontrarse con empresarios sin escrúpulos. Las que tenían suerte y sabían moverse bien, a lo mejor llegaban al éxito, pero muchas se quedaban por el camino.

NM: El cuplé, con su atrevimiento, ¿rompía algunos corsés a las mujeres?     

CS: En parte sí. Cuando Flor se sube por primera vez a cantar se siente poderosa porque desde el escenario maneja a todos esos hombres rugientes y vociferantes. Los mismos que fuera imponen las normas, tienen la voz y el voto…

NM: Veremos como “Florica”, la chica del local de La Pulga, viaja a Madrid y a Barcelona, recibe formación y alcanza la fama, poniendo en pie al público de los teatros y salas más reconocidos de París, Berlín o La Habana, bajo el nombre de Nora Garnier.

CS: Son dos mujeres en una. La chica analfabeta de un barrio pobre, que está condenada de antemano a una vida miserable de la que intenta escapar con tesón, y Nora Garnier, la mujer cultivada, que sabe francés, canto, solfeo y tiene cultura general tras estudiar con el que será su mecenas,  Don Octavi, un hombre muy refinado.

NM: Garnier como la famosa Ópera de París, la de El Fantasma de la Ópera.

CS: Así es. La escena de transición a la transformación de Flor es divertida. Su mecenas le dice “Le pondremos Nora y Garnier como la Ópera de París”. Y ella, todavía analfabeta, contesta “¿Quién será esa señora Ópera?” (ríe). Quise recrear un poco el mito de Pigmalión. Ese cambio de no saber nada a abrir las puertas a la cultura y a la formación. Don Octavi la toma asilvestrada y la pule con conocimientos y modales. Parece otra persona, aunque por dentro sea la misma.

NM: Como Don Quijote, Flor tendrá un “escudero” que agarrará sus pies a la tierra, La Sultana, un personaje que según se suceden las páginas capta la atención con su simpatía.

CS: Sí, se fue apoderando. La concebí para la primera parte, pero según avanzaba, la echaba de menos y dije “la tengo que recuperar”. Porque esa mujer es un hallazgo. Es el contrapunto a Flor, la vox populi, un poco Sancho en forma de bailarina oriental (ríe). Pragmática y con sentencias en los momentos más cruciales, introduce un toque de humor picaresco.

NM: ¿Las cupletistas fueron precursoras del feminismo? Recuerdo que la poeta Gloria Fuertes contaba que había sido feminista desde que era niña, pero no lo había sabido hasta bien pasados los cincuenta años.

CS: Sí, creo que lo fueron. La novela tiene un toque feminista desde esa perspectiva. El feminismo de ellas no era consciente como ahora, que sabemos lo que queremos y luchamos y lo reivindicamos cada día para conseguirlo. Pero en esos tiempos ellas se daban cuenta de que no querían esa vida impuesta. Una vida como la de las mujeres pobres, que consistía en parir y trabajar, trabajar duro fuera y dentro del hogar.

Carmen Santos, autora de La Flor de Arrabal

NM: ¿Contar su historia es un modo de homenajearlas?

CS: Quise reconocer a todas estas mujeres que siempre se han rebelado contra el papel que se asignaba al género femenino -y en tiempos muy difíciles- a esa vida de segunda y de tercera. A las mujeres luchadoras, las que no se conformaban con lo que les había tocado en suerte o en mala suerte, y buscaban algo mejor.

NM: En el cuplé, ¿era más importante la capacidad interpretativa o la gracia que la voz?

CS: Al principio lo importante era enseñar mucha carne, las letras picaronas de doble significado para el regocijo de los hombres… En esa época había mucha represión y los hombres solían acudir, fuera de lo que eran teatros, a esas salas de variedades para divertirse, desfogarse… Luego llegó el cuplé sentimental, que explotó mucho Raquel Meller. ‘Flor de té’, ‘Mala entraña’, ‘Nena’ Ahí lo que interesaba es que se sintieran las canciones, escenificarlas… Meller tenía muchas dotes de actriz.

NM: Tanto es así que los medios no hablaban de las canciones, sino de las artistas y sus creaciones. No sería lo mismo escuchar La Pulga por Augusta Bergès que por La Chelito.

CS: Cada cupletista le daba su impronta y su carácter a la canción que cantaba. Por ejemplo, Raquel Meller puso de moda ‘El relicario’, pero no lo estrenó ella, sino Mary Focela. Mientras Mary Focela la interpretaba de una forma muy festiva, con trajes de muchos colores, como si fuese alegre, Raquel se apropió de la canción, la cantaba de luto, con una peineta y una mantilla, escenificando la tristeza de esa letra en la que un torero muere en el ruedo y la chica que lo amaba lo recuerda.

NM: Si la zarzuela fue bautizada como el “género chico”, al cuplé lo llamaron “género ínfimo”. Vivió un gran esplendor, pero cuando otra música tomó el protagonismo, se le condenó al ostracismo. Hoy en día, artistas como Olga Mª Ramos o De la Puríssima, desde conceptos distintos, lo han visibilizado.    

CS: Sí, dejó de estar de moda a finales de los 30’s y Sara Montiel lo recuperó en los 50’s, con películas como El último cuplé, pero no volvió a tener el éxito de sus orígenes. He de confesar que antes de empezar a descubrir su riqueza, lo consideraba algo un poco rancio, pero al investigar sobre los teatros y diferentes tipos de cuplé, como “el sentimental”, me di cuenta de que había canciones muy bellas y de que tenía ideas equivocadas. Es cierto que es reflejo de otra época, machista y regresiva, pero incluso en el cuplé picante hay letras muy curiosas, originales y rompedoras. Es interesante descubrirlas. La música nos ayuda a entender otras épocas.

NM: Naciste en Valencia y hace años que vives en Zaragoza, pero en tu infancia residiste muchos años en Alemania. ¿Cuánto influyó en tu escritura?

CS: Sí, la inmigración está muy presente en mi literatura. El tema de la inmigración de españoles a Alemania sale ya en La cara oculta de luna, Días de menta y canela está dedicada a estos emigrantes y El sueño de las Antillas, ambientada en la Cuba del S. XIX, muestra la inmigración de los españoles a la isla, a mitad de ese siglo, buscando un futuro. En Flor de Arrabal también está presente a su modo. Vemos la itinerancia de Flor, que va de un sitio a otro, queriendo algo mejor. Me apetecía mucho en esta novela dedicar una parte importante a Alemania. Me encanta el Berlín de Entreguerras, tan vanguardista.

NM: En un guiño al cine, abres las puertas de los estudios de la UFA en Berlín. ¿Te inspiraste en la Macarena Granada de Penélope Cruz (La niña de tus ojos) o en la Imperio Argentina que acudió a rodar a Alemania Carmen de Triana y que fue la inspiración de Trueba?

CS: De alguna manera me rondaba Imperio Argentina, pero solo me acordaba de esa colaboración con el cine alemán, no es un trasunto suyo. Al vivir hasta los 16 años allí vi muchas películas de la UFA cuando era pequeña, me encantaban sus musicales. Eran comparables con Hollywood, pero con otro enfoque. Ya que Flor acababa en Berlín, pensé en meterla en los estudios donde se rodó Metrópolis, de Fritz Lang, y reflejar los cambios que se producen cuando los nazis se hacen con ellos. La productora siguió siendo muy poderosa, pero las películas se convirtieron en patrióticas pro-nazi y eliminaron a todos los judíos que trabajaban allí. Lo ensombrecieron todo.

NM: Junto a Flor recorremos medio siglo de historia. Desde las revueltas anarquistas, el final de la Gran Guerra y los felices años 20 hasta la llegada del nazismo al poder y la II Guerra Mundial. Apenas tomas licencias, muy fiel a la historia, pero llama la atención la conspiración para asesinar a Hitler.

CS: Sí, porque es sorprendente el gran número de intentos que se urdieron para terminar con él. Nunca lo lograron. Yo me he inspirado en la operación Valkiria, una conspiración de oficiales con el coronel Claus von Stauffenberg a la cabeza. Otra, más pintoresca, fue la del carpintero Georg Elser, que lo intentó de forma individual, de forma extraña, y casi lo logra. Es increíble todo lo que sucedió en el S.XX, más cuando investigué me resultó muy esclarecedor. Los primeros treinta años del siglo XX tienen mucho paralelismo con la actualidad.

NM: La novela está salpicada de composiciones populares (cuplés, coplas, boleros…), pero en todas tus novelas la música es un personaje más. Creo que hay uno muy recurrente…

CS: Si bien no fue casual que Billie Holliday y su ‘Gloomy Sunday’ fueran el hilo conductor de Canción de amor y muerte, porque me encantan sus canciones e iba al dedillo de la trama, quien aparece en todas mis novelas es Cole Porter. Bueno, menos en El sueño de las Antillas por acontecer en el S. XIX. Estilo Hitchcock, que pasa por allí (ríe). En mi anterior libro (Un jardín entre viñedos) el protagonista lo conoce a él y su mujer y frecuenta la casa. En esta lo menciono de pasada. Aquí también, aunque no es española ni canta cuplé, tuve mucho en mente a la vedette Josephine Baker.

NM: Borges imaginaba que el Paraíso sería una biblioteca. ¿Y tú?

CS: En mi caso sería igual, cualquier lugar donde haya libros e historias.

NM: ¿Y cuál no faltaría?

CS: Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Cuenta con una gran protagonista que parece una mujer mansa y sumisa, pero es todo lo contrario; con el elemento gótico, el ambiente… Lo tiene todo.

 

 

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