Altea Cantarero y la novela negra ‘Ogro’: «Donde habita la ortodoxia en un grado tan perfeccionado y riguroso, es donde, justamente, el sacrilegio resulta más contundente»

Novela 'Ogro', de Altea Cantarero.
Novela 'Ogro', de Altea Cantarero.

Me atraen las novelas de género negro porque exploran, en gran medida, la psicología humana. En ellas, el Bien y el Mal danzan y nos hacen creer que al final ganará uno de ellos cuando, realmente, casi nunca lo hacen, porque el escritor astuto deja patente la derrota de ambos entre las páginas. Así es también Ogro, el noir manchego, como me gusta apodarlo, de Altea Cantarero. Mujer que escribe en un nicho donde cada vez hay más presencia femenina, y que lo hace poniendo en valor unas tierras, en ocasiones, olvidadas. Entrar en Ogro es adentrarse en un cuento de viejas lleno de luces y sombras.

Nokton Magazine: Altea, hablemos directamente de Ogro. ¿Cómo definirías tu novela? ¿De qué trata en palabras de la autora?

Altea Cantarero: Creo que Ogro está pensada para atrapar tanto a un público adepto a la novela negra de corte más clásico, como al lector todoterreno, que no busca el género en sí (“No era muy aficionada al género pero me acabo de enganchar”, ha dicho más de una lectora)… Tiene mucho de suspense, de noir como tal, pero también tintes históricos, románticos, de historia de relaciones… Para el que busca noir policiaco, no faltará el cadáver hallado en la capilla de un internado religioso, el detective viejo zorro a punto de jubilarse, el coro de secundarias llenas de secretos… Pero, a la vez que Ogro contiene algunos de esos elementos canónicos de la intriga (que a mí me siguen fascinando), presenta asimismo otros rasgos menos habituales: no solo importan los hechos fríos, telemáticos, sino que la hondura psicológica de la atmósfera que teje la trama acaba deviniendo más importante, casi, que el relato en sí. Y el aspecto femenino es fundamental: pese a que los protagonistas responsables de la pesquisa (inspector, ayudantes…) son hombres, por coherencia histórica (la España de los años 60), diversas mujeres, muy jóvenes (casi niñas) en algunos casos, devendrán claves esenciales de la historia, de su construcción y su revelación…

Ogro trata, en una línea, de un asesinato (¿un asesino en serie?) a modo de crimen ritual, y de su resolución… Pero os invito a adentraros en sus páginas para descubrir cómo, además de eso, Ogro abre muchas otras puertas: el duelo entre la mentira y la auténtica naturaleza de la verdad, el amor imposible, la amistad inapropiada… algunas de las preguntas capitales sobre el espíritu humano.

NM: ¿Qué te parece el apodo de novela negra manchega para tu obra en particular y como corriente literaria en general? Además de la ubicación, ¿qué crees que caracterizan a estas obras?

AC: Sabemos que la novela negra es ubicua, se da en todo lugar y tiempo (bueno, desde que se originó al menos), y puede adquirir muy distintos visos… “Apellidarla” con el entorno o ambiente geográficos donde se desarrolla es interesante porque apela sin duda a un énfasis concreto: “nórdica”, por poner un ejemplo rotundo, o para el caso que nos ocupa, “manchega”, ¡todo un descubrimiento!, sin olvidar por supuesto la obra (pionera a las claras) de García Pavón.

En mi caso, habríamos de matizar que mis atmósferas en Ogro no solo engloban la Mancha como tal, y ya que, por ejemplo, la propia Cuenca (ciudad y entorno cercano) no son tanto manchegas en orografía cuanto serranas… Pero, detalles aparte, creo que hablar de noir manchego no solo tiene tirón y egregios precursores (hay películas de Almodóvar que yo enclavaría sin dudarlo en este subgénero), sino que hace justicia… justicia a una región poco valorada, pese a su pasado literario referencial (la Mancha es la casa del Quijote, nada menos), y a un lugar donde podemos rescatar y re-inventar esos cuentos de viejas de un modo singular y divertido, entre lo costumbrista y lo contemporáneo, raíz y ala… Desde siempre sabemos que la Mancha, Cuenca… ¡son tierras de historias al amor de la lumbre de lo más truculento!

NM: Con la Iglesia hemos topado, Altea. ¿Por qué el ambiente eclesiástico es siempre tan propicio para los argumentos negros?

AC: Tal vez porque donde habita la ortodoxia en un grado tan perfeccionado y riguroso, es donde, justamente, el sacrilegio resulta más contundente, más poderoso y aterrador, ¡más emocionante, también!; cuando existe una hegemonía tan establecida, secular e inmensa sobre algo… ¡las posibilidades que ofrecen las líneas de fuga son tantas! La Iglesia además (en términos generales) ofrece tantas oportunidades para fantasear y romper: la propia imaginería católica, tan potente y visual, tan rica, nos brinda oportunidades para argumentos que no surten con facilidad en otros contextos. En Ogro se juega, de hecho, con la figura del corazón de la Dolorosa atravesado por los siete puñales rituales que simbolizan los siete pecados capitales, porque, de veras, ¿dónde y cómo encontrar algo más preñado de virtualidades, algo tan radical, en realidad?

Por otro lado, claro, el ambiente cerrado y claustrofóbico en muchos momentos de un internado de niñas (mezcla de luz y sombra constante, ellas mismas), habilita un enclave de oro para ir desentramando ese nudo gordiano eterno del suspense.

NM: Ogro formará parte de una trilogía llamada Cuentos de viejas. Por momentos, parece que la historia de tu primera novela está relatada por alguien que observa entre visillos. Esa sensación de sentirse observada… ¿Conoces muchos cuentos de viejas? ¿Qué opinas sobre esto?

AC: En efecto, se ha buscado con ahínco causar esa sensación de “observar entre visillos”, a través del uso de la narración omnisciente mezclado a veces con el cambio de foco hacia los diferentes protagonistas de la historia, el empleo de su lenguaje íntimo, la solidaridad con sus vivencias internas, incluso cuando son horripilantes y causan repugna… hasta en esos casos, se ha tratado de generar empatía con ellas.

Cuentos de viejas al amor de la lumbre: esos cuentos que han sido siempre despreciados por simples o menores y que, en verdad, hemos buscado y necesitado siempre (para entretenernos o ampararnos o consolarnos…), esos son los “cuentos” que, entre crimen y crimen, busca relatar esta Trilogía. Cuentos de vieja que pueden ser simples, sí, pero no banales: en ellos las enseñanzas no son tanto éticas como estéticas; hay una metafísica de los cuentos, con sus reglas de la calle, con sus tiempos atípicos, un pensamiento despojado de los tiempos lógicos, una magia de lo litúrgico incluso. El asombro, que originó la misma filosofía, está también en el albor de los cuentos, ese asombro que nos hace preguntonas con la vida, un poquito cotillas… una cualidad por cierto que se ha asociado siempre despectivamente con un matiz femenino (y por ende desprestigiado), y que aquí reivindicamos también.

 

NM: ¿Cómo es la Cuenca de tu novela?

AC: Es una Cuenca de ayer y de hoy. Una Cuenca eterna, en realidad… Es de ayer, claro, porque la historia sucede a mediados de los años 60, con todo lo que ello implica a efectos históricos para la trama: desde que no haya móviles, por ejemplo [risas], a que la sociedad viviera todavía bajo el régimen franquista. Es una Cuenca donde he tratado de respetar lo más posible (aunque siempre, por supuesto, con irrenunciables licencias literarias) la ambientación epocal, nombres de calles o viejos lugares, por ejemplo… pero digo que, también, es la Cuenca de hoy, porque esta ciudad simpar ha sabido conservar de un modo inaudito el sabor de lo antiguo y su belleza sin nombre (en sus piedras, sus perfiles, sus templos…) mixturado con su alma de vanguardia, ya entonces presente por ejemplo en el Museo de Arte Abstracto Español, pionero en su tiempo, a punto de abrirse precisamente cuando transcurre mi novela… ¡y que –adelanto en primicia- va a jugar un elemento importante en la segunda entrega de la Trilogía, donde el mismo Fernando Zóbel, creador del MAAEC, hará un sugerente cameo!

NM: Ogro tiene sus propias pausas, lo que a su vez la aleja del muy consumido thriller. En alguna ocasión nos has contado que rechazas la venta de libros por marca, así que la pregunta obligatoria es: ¿rechazas también la venta de libros por moda?

AC: No, claro, ¡en absoluto! [risas], no soy tan pura. Al revés, soy más bien irremediablemente impura en todo (recuerdo siempre a Benedetti en su poema a Roque Dalton: “le tenías ojeriza a la pureza / porque sabías cómo somos de impuros”). Demasiado humana. Creo que, como cualquier escritor, quiero ser lo más leída posible… ese es el sueño consustancial al escritor, me parece. Diría que universal. Y “ponerse de moda” es la manera más eficaz de que ello suceda. No es tanto –en absoluto, insisto- que rechace la venta por marca (o por moda), per se, cuanto que piense que lo que importa es el libro que ofrecemos, no la exaltación de un ego virtual construido; y, sobre todo, que podemos brindar un producto entretenido sin renunciar a ciertas pretensiones literarias. De hecho, tengo siempre muchos problemas con ese hiato entre “alta” literatura (o culta, habría otros mil  modos de llamarla), que a menudo es soberanamente aburrida y no cuenta una (buena) historia, y la de “gran público” (por no decir subliteratura o cosas peores), algo así como “el gallinero” de las letras: me rebelo contra eso porque creo que ese “gran público” (donde yo misma me incluyo a manos llenas) puede (¡y debe!) disfrutar de una buena historia a través una literatura bien escrita y cuidada. No destinada (como digo a veces [risas]) a excitar intelectuales, “de espaldas al pueblo”, sino a que la mayoría lo pasemos bien… leyendo algo bueno, algo que respete nuestra inteligencia.

NM: Todos los personajes de Ogro tienen un largo pasado y una psicología muy profunda. ¿Cómo fueron llegando hasta a ti?

AC: Desde niña he sido una persona muy curiosa, muy enferma con la fiebre del asombro; y fascinada también ante cómo cambia el mundo cuando cambiamos las palabras para nombrarlo. Creo que por todo ello me fascina escuchar cuentos, leer, escribir… todo eso me alimenta las ansias de saber, de inventar mundos. Desde pequeñita he sido muy “Antoñita la fantástica”, me regodeaba creando historias en mi cabeza, diálogos, escenas… hasta me contaba cuentos a mí misma en el baño, a escondidas. Ponía  voces y todo. Creo que ya estaba un poquito loca [risas]… Así que a la hora de ir excavando sobre mis personajes en Ogro, no pude evitar acabar haciendo una especie de arqueología de los mismos, a través de sus genealogías: no solo me bastaba imaginarles un rostro, un nombre o fecha de nacimiento… mi propia curiosidad me llevaba a inventarles la vida entera, una memoria personal que me hiciera entenderlos… un pasado, una cuna, unas alas propias. Aunque incluso mucho de ello no acabara “cabiendo” en la novela, pero de algún modo le da una profundidad real a esos personajes que ya son como si hubieran existido para mí. Como si fueran reales…Muchos lectores me han contado sentir esa sensación de textura genuina con los personajes, tal vez es por eso: ¡porque tengo sus biografías enteras en el alma!

No olvidaré jamás las palabras tan hermosas que me regaló Marisa Mestre cuando acabó Ogro y me decía “¿qué voy a hacer yo ahora sin mi Polonieta…?”, sintiendo nostalgia ya de esas personitas porque el libro había terminado… Esa magia es difícil de narrar. Solo gracias, porque no hay palabras.

NM: ¿Qué te inspira a la hora de escribir, Altea?

AC: La realidad… pura y dura, sobre todo. Cantaba Neruda: “Hablo de cosas que existen / Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando”. Lo comprendo desde lo íntimo. La realidad es tan pujante en sí misma… aunque también tenía razón Hesíodo cuando decía que la poesía superaba a la historia porque esta hablaba de “lo que era”, mientras que aquella, la poesía, trataba tanto de “lo que era” como de “lo que podía ser”. Pues eso en realidad resume muy bien lo que a mí me inspira: hay muchísimo real(mente) sucedido en Ogro, en lo que escribo en general, pero se enreda tanto con lo con-fabulado que el resultado final es un universo inédito, acaso indiscernible cada elemento.

Así, me inspiro siempre en la realidad, en partir de algo cierto, y de ahí reinvento y figuro lo nuevo. Este verano, por ejemplo, tuve oportunidad de viajar por trabajo a un país nórdico donde no había estado, y sentí una impresión tan fuerte en algunos enclaves que me asaltó una intuición vividísima para una nueva novela (independiente de la trilogía). Hasta el punto de que me pasé la semana de viaje dentro de una ensoñación, y me duró gran parte del verano…

 

NM: ¿Cómo será esta Trilogía del Ogro: Cuentos de viejas que nos tienes preparada?

AC: Hasta ahora solo Ogro, la primera entrega, ha visto la luz, pero Al amor de la lumbre (la segunda parte) está siendo escrita (parida [risas]) en estos momentos, tras años de gestación, con algunos elementos que lo vinculan, así, a la anterior novela (ya que se sucede en la misma atmósfera, iguales protagonistas, etc.), pero tratándose en realidad de un producto bastante independiente y autoconclusivo, igual que el propio Ogro. No puedo anticipar mucho más de esta nueva obra, pero adelanto que profundiza aún más en la parte más truculenta (sangrienta, si queréis, jugando también con la bella orografía de la zona), así como en las dimensiones relacionales de algunos personajes antiguos más la aparición de otros nuevos que, espero, aderecen la trama en ciertos aspectos. La tercera y última parte tardará más, claro, pero cerrará un círculo que, sin que el lector lo sepa hasta entonces, se abrió con Ogro

La Trilogía del Ogro nace con esos cuentos de vieja en la barriga. Esos cuentos de vieja que a todos nos gustan, porque son historias donde se relativiza la verdad (y eso lo necesitamos), y hay grados de decepción y de quimera… Allí las palabras son hechos tanto de nuestra vida pública como de lo oculto, un rincón remoto del alma que nunca es inútil. Frente a esa eficacia como icono de los tiempos que vivimos, ese bien convertido en rigor, los cuentos de viejas nos ayudan a mantener viva la atención entre realidad y misterio, y los hechos narrados tienen el aliento de lo universal.

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