María Gómez: “En esta sociedad no hay espacio para el fracaso”

María Gómez se inspira en el cine de Hitchcock en 'Odio en las manos'
María Gómez se inspira en el cine de Hitchcock en 'Odio en las manos'

Su carrera en radio y televisión es por todos conocida. Versátil, enérgica y risueña, se deja caer a menudo a la hora del desayuno por Anda ya (Los 40), digerimos al mediodía con su humor en Zapeando (La Sexta) y aún Tarde lo que tarde, nos hace sentir infinitamente jóvenes en RNE. Pero para María Gómez (Madrid, 1987) la creatividad no tiene fuelle y, de cabeza al disparadero, presenta su primera novela, Odio en las manos, con el diván a merced del asesinato. Una faceta inédita para el gran público al que, sin embargo, apuntaban todos los indicios. Basta embocarse un ratito sin prisa con María al final de la jornada.

Nokton Magazine: Patricia Highsmith, novelista por la que sientes una admiración confesa, recomendaba escribir en primer lugar lo que le complace a uno mismo.

María Gómez: Claro y quizá algo que no le pasaba a ella y a mí sí, era la necesidad de ponerse las cosas fáciles. Parto del punto de ser una novata en el terreno literario, así que era importante en esta aventura primeriza estar segura de lo que iba a hacer. El acierto era escribir ese tipo de novela que leo y devoro, de género negro. No sé si disfrutar es siempre sinónimo de éxito, pero sí que es uno de sus ingredientes. Conozco compañeros que me hablan del proceso de escritura como algo que ha sido duro, casi angustioso. En mi caso no, yo he disfrutado como de ningún otro proceso creativo. Ha significado tener el control creativo de algo al 100%. A mí me encargan secciones, estoy en proyectos, hago radio con sus tempos determinados de 3 minutos… Nunca había experimentado tal sentimiento de libertad, un campo enorme sin ningún tipo de valla.

NM: ¿Cómo fue el primer fogonazo de la novela? ¿Se trató de una búsqueda consciente o un input repentino?

MG: Buena pregunta. Cuando yo la he lanzado a otros escritores no me acababa de creer lo que me contaban. “Esto tiene que ser de forma consciente, elijo un tema y me pongo a trabajar”, pensaba yo. Y resulta que sí que llega, no sé si la Virgen María (ríe), pero la idea sí que se te aparece. Mi elección solo abarcó el marco: Sería un misterio a resolver. El subconsciente, sin embargo, me llevó a la sala de espera de mi terapeuta.

NM: La portada de la novela está impregnada de vértigo, pero imaginar esa escena suena a libreto de Hitchcock.

MG: Pues así surgió la idea. Estaba allí esperando, en una sala donde coincides con gente diversa, cuando llegó un chico joven, adolescente, muy enfadado. Se rascaba mucho la cabeza y yo empecé a preguntarme qué le pasaría. A lo mejor tenía problemas con los padres, en el instituto… Y de pronto me dije: “A lo mejor no, a lo mejor está pensando en matarnos a todos” (ríe). Empecé a imaginar cosas. Y entonces apareció una chica más mayor, muy metida en su historia, escribía en el móvil compulsivamente, le vi una actitud extrema. ¡Sin duda este era el escenario perfecto para que pasaran cosas! El punto que a mí me gustaba es que no tiene por qué parecerlo. A lo mejor la asesina era yo, la más modosita de las tres (vuelve a reír).

NM: Una de las premisas del cine de Hitchcock es que sus protagonistas no son héroes o malvados banales, sino gente común arrastrada hacia el peligro, mudando de piel.  

MG: Esa es parte de la conexión que consigue la novela con el cine. Hay un tipo más aspiracional de película, pero en este caso es el cine que te dice “eres tú” o “podrías ser tú”, que es más bien un espejo. Supongo que aún así los personajes tienen mucho de mí o de mi universo. Me dicen “¡Ana eres tú!”, pero no, la protagonista no soy yo (ríe). Es inevitable que sea más fácil ponerse en los zapatos de una mujer joven, como es mi protagonista, y dotarla de sentimientos y sensaciones que yo tengo, pero sobre todo es un ejercicio de empatía. En la vida soy empática para lo bueno y para lo malo, es decir, tengo la capacidad de asumir los problemas de los demás como si fuesen míos. Así que he escrito los personajes desde su estómago, tal como soy yo, desde la entraña.

NM: La protagonista, una psicóloga que retoma la profesión tras un giro del destino y que se ve abocada al dilema de traicionar a una paciente para evitar una tragedia o ceñirse al secreto profesional, tiene sus propios lastres. No lo sabe, pero el presente es un déjà vu de los acontecimientos de su pasado. 

MG: Hay lectores que me han escrito diciéndome que Ana les ha caído mal. Han necesitado conocerla y saber lo que le pasaba para entender su comportamiento. Me ha parecido muy interesante. Es un fiel reflejo de lo que nos pasa con la gente, generamos prejuicios. Si nos tomásemos la molestia de intentar entender a quien por ejemplo nos contesta mal, probablemente veríamos que esa persona tiene detrás unos problemas y circunstancias. Damos pocas oportunidades. Nunca he entendido que con una primera impresión haya quien tenga suficiente. Otra cosa es el feeling. Confío de hecho más cuando es en positivo, cuando conectas con una persona.

NM: Podría ser un buen momento para hablar de Freud. 

MG: Sí, me he dado cuenta de la importancia que tiene nuestra infancia. La infancia es el 90% de nuestros traumas, incapacidades, bloqueos y limitaciones. Es muy fácil decir que alguien es un delincuente, pero no nos preguntamos qué sucede con los chavales que crecen en determinadas familias o entornos. Los profesionales de la psicología penitenciaria identifican que tenemos un tema pendiente con esa parte de la sociedad que comete un error , de pronto le metemos en la cárcel y nos olvidamos. Están encerrados, pero la mayoría algún día sale. No todo el mundo que está en la cárcel es un asesino. Mucha gente es gente normal que en un momento de su vida tomó una mala decisión. Como conducir borracho y cometer un homicidio involuntario. Esa persona no puede pasar quince años encerrado y que no haya un trabajo emocional y de reinserción. A lo mejor lo único que estamos generando es un odio que puede acabar convirtiéndolo en un verdadero criminal.

NM: Mencionabas a las terapeutas penitenciarias, cuyo trabajo queda reflejado y valorado con un peso esencial en la trama de Odio en las manos. ¿Cómo ha sido tu experiencia desde dentro?

MG: Son tremendamente generosas, su entrega es total. Conocerlas fue como entrar allí, algo que no pude hacer debido a la pandemia. He hablado mucho con una profesional que ha trabajado treinta años en prisión y acaba de jubilarse. Imagina sus comienzos, con el añadido de ser mujer: Llegar allí, entrar a una sala con un preso y preguntarle cómo estaba, cómo se sentía. Pero esa labor pronto daba frutos. Piensa todo el tiempo que pasan ellos sin que nadie les pregunte nada. De repente poder hablar con alguien es un mundo.

NM: Casilda, la mentora de la protagonista, está inspirada libremente en esta gran mujer, ¿no?

MG: Sí, en María Yela. La admiré mucho en cuanto la conocí. Una pionera, una eminencia, que sin embargo continúa, aún retirada, totalmente entregada con su labor, dando apoyo y soporte a quienes están en proceso de reinsertarse socialmente. Nos recuerda que no hay que dejar de creer en las personas. Porque no nos podemos olvidar que los presos tienen familias, sueños que se rompieron…  Por supuesto no justifico ningún tipo de delito ni hablo de perfiles de cierto calado, pero como antes decía, el mayor número de ellos volverá a la sociedad y hay que asegurar que se produzca de forma factible. Les faltan habilidades sociales y si no se trabajan bien, están condenados a volver a equivocarse.

NM: Tendemos a simplificar en cuestión de roles. El antagonista es “el malo” categórico. Sin embargo, detrás del malvado suele haber una historia trágica.

MG: No es casualidad que muchos delincuentes hayan sufrido abusos en su infancia o a padres que se drogaban… Es sistemático y habitual, no un caso excepcional. Hay que incidir en el trabajo que se hace con adolescentes cuando empiezan a mostrar ciertas señales o alertas (tendencia a hacer daño a animales, piromanía…). A finales de los 60, cuando en EEUU el FBI empezó a involucrar a psicólogos y a crear perfiles criminales, trabajaban también con los colegios, dándoles referencias a los profesores para que se pusieran en alerta cuando observaran ciertas tendencias.

NM: ¿El problema radica en la educación y la prevención o en mayor medida en la “reforma”?

MG: En el caso concreto de la prisión, mitad y mitad. Aunque eduques en valores hay gente que toma malas decisiones… Gran número de casos por tema de drogas y, además, que se mete en eso por necesidad. Hablamos de algo circunstancial: Se tuvo dos caminos, se eligió el peor y se paga por ello. Aún así, también hay responsabilidad por parte de la sociedad y de las instituciones. No podemos evitar que se produzcan delitos, pero se debe pensar bien cómo se castigan.

NM: Una clara falla del sistema.

MG: Sí, las psicólogas penitenciarias me contaban que hay gente enferma que debería estar en una institución mental, con medicación y un tratamiento psiquiátrico muy específico, y no en la cárcel. En nuestra sociedad, además, parece que cuando sufres una enfermedad de esta índole o de tipo emocional, no se entiende, no existe. Tenemos una sociedad crítica e intolerante hacia este tipo de trastornos, cada vez más comunes. Parece que si quieres puedes evitarlo. Como en el caso de la depresión. Desde fuera es como  “¡Venga, hombre, que no es para tanto!”. Y resulta que somos química pura y si de pronto no tienes dopamina estás hecho polvo, no lo puedes controlar.

María Gómez, autora de “Odio en las manos”

NM: Se sufre en silencio.

MG: Además de que es difícil de detectar y se camufla, hoy en día no hay espacio para la debilidad, para fracasar. Todo empieza en las redes sociales. Hablo de esa tendencia a crear una imagen de cara al mundo. Decir que estás triste o te sientes mal no vende. Cada vez valoro más el que cuando le pregunto cómo le va todo a alguien, me comente sin miedo que está pasando un proceso complicado y ha pedido ayuda. Me parece mil veces más valiente que quien se esfuerza por maquillarlo.

NM: Tu compromiso es tal que cada vez que tienes oportunidad visibilizas el acudir a terapia.  

MG: Sí, es esencial pedir ayuda y tener herramientas para afrontar esta vida loca que vivimos. Yo hago trabajo terapéutico de una forma constante desde hace tiempo, como parte de mi formación humana.  Empecé en un momento dado para afrontar algo que me había sucedido y con los años quedó como una especie de terapia de acompañamiento. Estamos mal por intentar evitar estar mal y no verbalizarlo.

NM: Tanto es así que tu intervención durante la cobertura del Mundial de Rusia de 2018, con ese “basta ya” a las faltas de respeto hacia las reporteras femeninas, fue un antes y un después para las periodistas deportivas en España.

MG: Sí, las mujeres de un tiempo a esta parte ya nos plantamos. Yo dije “esto no lo tolero, no quiero que me hagan sentir incómoda”. Que luego se puede reflexionar sobre la forma en qué se dice, que yo lo he hecho, pero en aquel momento el nivel de crispación era grande, uno está sobrepasado y lo corté de raíz. Igual que pedí perdón por lo que dije sobre el físico de los futbolistas de la selección marroquí. A veces no puedes elegir el tipo de contenidos. La tele es voraz. Aprendes a decir que no cuando algo no te cuadra y, por tanto, a asumir el error.

NM: En Odio en las manos reflejas también la violencia hacia la mujer y la violencia vicaria. ¿Cuál es ahí el pilar?  

MG: Lo veo claro, la educación, tomar conciencia para actuar en consecuencia a esos valores. ¿Qué reivindica el feminismo? Igualdad, respeto, no violencia… Creo que está habiendo una evolución en la sociedad, en revisarnos todos aquello que teníamos tan arraigado, tanto hombres como mujeres. Me parece un trabajo difícil, lo pongo muy en valor. Pero suceden cosas que son absolutamente inconcebibles, asfixiantes… como que un padre sea capaz de hacer daño o matar a sus hijos por dañar a su mujer o ex-mujer. Eso a mí me parece la peor película de terror posible. Me pregunto justo ahí si se está produciendo ese cambio. Queda camino por recorrer.

NM: “Mi trabajo consiste en contar historias, así que os contaré la mía para que nadie lo haga por mí”. Fue el mensaje que escribiste en Twitter hace unos años cuando lanzaste el comunicado sobre lo sucedido en Rusia. Parece una frase sencilla, pero en ella rebosa una voz propia.

MG: He escrito siempre, desde pequeña. Escribía diarios, tengo en casa libretas y libretas desde el 92, que tenía cinco años. Hay una que pone “hoy paso a boli” porque las primeras eran a lápiz. Escribía jueves con “b” (ríe). Cuando empecé con la terapeuta me invitó a escribir y yo le dije que ya lo hacía y ella me contestó que llevaba haciendo terapia toda la vida.  La escritura siempre ha estado, aunque yo lo hacía como un impulso necesario. Siempre he llevado una libreta encima, desde que tengo memoria.

NM: ¿María Gómez se siente más autora que escritora? Tengo entendido que es un término que te da juego.

MG: En realidad lo digo haciendo sarcasmo de los escritores que se toman demasiado en serio a sí mismos. Como tengo algunos compañeros amigos que han publicado también este año ya tenemos la broma: “¿Pero tú eres autor?” “¿Todos tus amigos son autores?” “¿En esta sala cuántos autores hay? “Yo es que no soy escritora, soy autora”. También por eso de que la editorial siempre habla de nosotros como “el autor”. Voy a ser franca. mi hermana es neuropediatra y estudia enfermedades muy graves en chavales y durante un tiempo trabajó en ampliar la esperanza de vida de niños con una enfermedad rara que solo les permitía vivir dos años. Eso sí es para hacer grandilocuencias, nosotros solo somos alguien que ha escrito un libro. Hay que estar orgulloso del esfuerzo y de los frutos del trabajo, pero sin creerse la pera limonera. Confiésalo, ahora cuando escuches la palabra autor te vas a reír (y sí, la carcajada es inevitable).

NM: Te habrá pasado por la mente que, tras tantas entrevistas como presentadora y colaboradora o a pie de calle, ahora eres tú quien se ve al otro lado de la diana.

MG: Sí, yo me he sorprendido de a dónde han llegado los personajes y la trama, cómo ha ido creciendo sin mi control. Como si hubiera una fuerza superior a mí. Antes, cuando escuchaba a los entrevistados describirme la escritura así, no podía evitarlo, me parecía una pedantería. He de decir que todavía tengo un poco el síndrome del impostor, me abruma el feedback tan positivo que estoy recibiendo. No sé si alguien vendrá un día para dejarme claro que no sabe cómo me han publicado esto (ríe). Creo que es algo que nos sucede mucho a las mujeres en general.

NM: Como “autora” aplicada, estás escribiendo ya tu segunda novela. Sé que con Odio en las manos te hiciste experta en la elaboración de velas artesanales. ¿Alguna filia o fobia nueva ahora?

MG: He descubierto que me viene muy bien estar en contacto con la naturaleza a diario, conectar con la nada. Con mi trabajo estoy tan hiperconectada a redes, programas, actualidad… que a veces estoy muy activada y me cuesta encontrar el momento de sosiego que requiere la escritura. Me he mudado al campo, la mejor decisión que he tomado en la vida, y salgo a caminar mucho con mi perrete, como en este preciso instante (el silencio permite escuchar el paso rítmico de María y la respiración apresurada de Don, su simpática mascota). Me resulta necesario hacer reposo mental para luego estar fresca. Mi nueva gimnasia es el campo, he huido del centro de Madrid. En las copas de los árboles he encontrado mi bienestar.

NM: Perdona que me deba a tu lado oscuro. ¿Vas a explorar más ese dique? Hermann Hesse decía que “cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”. 

MG: Más que la oscuridad voy a explorar el misterio. Me fascina lo desconocido, investigar, descubrir… La parte chula de la novela moderna es que no tiene que ser solo novela enigma, ceñirse al caso policíaco. Se puede hacer crítica social, novela histórica a través del género… y aportar más al lector, como es mi objetivo principal.

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