El hombre que descifraba el mundo: de ‘La ventana indiscreta’ a ‘Lo que esconde Silver Lake’

'Under the Silver Lake' ('Lo que esconde Silver Lake', David Robert Mitchell, 2018).
'Under the Silver Lake' ('Lo que esconde Silver Lake', David Robert Mitchell, 2018).

En 2006, antes de que el siglo se desenmascarara en crisis, pobreza y pandemia, el poeta y filósofo Hans Magnus Enzensberger publicó en el periódico alemán Spiegel un largo y famoso artículo titulado El perdedor radical.  Mezcla de indagación psicológica y meditación sobre el terrorismo, el texto desciende hasta los fondos de la sociedad, el lugar en el que se agolpan víctimas, derrotados y marginados. Se trata de un lugar que no escapa a la jerarquía y donde, pese a lo que pudiera parecer, los perdedores se diferencian entre sí. “El perdedor radical es aquel que conoce su situación y la ha interiorizado hasta anular su propia voz, hasta someterse”, dice Enzensberger, a un acallamiento voluntario en el que espera y acumula impulsos de destrucción. Cuando deja de pasar desapercibido, se nos dice, es porque ha entrado en las estadísticas más macabras.

El retrato que realiza  Enzensberger parece encajar con el de Falling Down (titulada Un día de furia), la película de 1993 que nos mostraba cómo el recién divorciado y desempleado William Foster terminaba de perder los nervios, bajaba de su coche y comenzaba una andadura violenta y desesperada por toda la ciudad de Los Ángeles. El hecho de que el detonante sea tan trivial como un atasco es un elemento que el propio Enzensberger remarcaba. Las verdaderas razones, en cambio, son una mezcla de agravios reales e inventados que se van acumulando con el tiempo. Según avanza la película, descubrimos con horror que el impulso destructivo de William Foster siempre ha estado allí, que solo se ha mantenido en silencio durante años, hasta explotar.

El perdedor radical es victimista, desde luego. En su cabeza se confunden de manera poco coherente el desprecio de sí mismo y la injusticia de ser prescindible. Pero, para ilustrarlo, no hace falta ir tan lejos como Enzensberger en sus ejemplos de radicalización islámica, terrorismo, guerrillas y tiroteos en institutos (problemas, por otra parte, con los que se nos bombardeaba allá por el 2006). El perdedor radical no tiene por qué ser un individuo tan extremo y con esos rasgos asociales. De hecho, si nos fijamos un poco, puede que descubramos con horror que podemos identificar en él o en ella rasgos propios y hasta generacionales. La tentación de simpatizar con William Foster es grande, al fin y al cabo. ¿Quién, viendo esa película, no ha pensado que en el fondo el hombre tenía bastante razón?

Una identificación así no es ninguna extravagancia. El enfrentamiento con una sociedad que ha perdido el juicio es una constante de nuestros referentes. Desde niños se nos ha educado en la idea de que la sociedad es un pacto, y de que cada individuo es una pieza clave que contribuye y al mismo tiempo se beneficia de ello. En consecuencia, todos somos responsables de nuestro destino político. Sea cual sea nuestro grupo social, raza, credo u opinión, todos estamos encargados de velar por unos derechos que, o se gozan en el equilibrio de la comunidad nacional, o no se gozan en absoluto. Por muy cándida que pueda sonar a nuestros oídos esta exposición, tal vez sus consecuencias no sean tan ajenas a nosotros.

Puede que no creamos en que todos somos, de facto, iguales; puede que neguemos la realidad de ese equilibrio comunitario, siempre basado en realidad en privilegios de unos sobre otros; pero el discurso de la responsabilidad del ciudadano es uno de los grandes dogmas de la democracia liberal e, incluso, de la modernidad en general.

Fotograma de 'La ventana indiscreta'.

Fotograma de ‘La ventana indiscreta’.

Esto ha quedado bien reflejado en buena parte de lo que conocemos como el género del suspense. La persona con una vida normal se planta, de pronto, frente a un misterio que hace tambalear todos sus esquemas, pero del cual se siente responsable. En el cine y la literatura negros, quizás por la facilidad para otorgarle las habilidades que necesita en su investigación, quizás por el simbolismo de su figura, quien investiga suele ser un policía, un expolicía o un detective privado. Pero lo que nos interesa es el suspense protagonizado por ciudadanos y ciudadanas normales que, por casualidad, se asoman a las cloacas de los estados y las sociedades, porque en ellos no hay responsabilidad asociada a ningún cargo ni oficio. Recordemos a Jeff, el fotógrafo y aventurero de Rear Window (La ventana indiscreta), siniestro personaje, si lo pensamos bien, que se dedica a espiar a sus vecinos con prismáticos y a dar largas a su novia, protagonizada ni más ni menos que por Grace Kelly. Desde la penumbra de su propia frustración física y vital, se dedicará a defender contra viento y marea, y con muy pocas pruebas, la teoría de un extraño crimen en su vecindario.

Unos años después, en 1981, Brian de Palma, un gran admirador de Hitchcock, estrenó Blow Out (Impacto), donde John Travolta es Jack Terry, un malogrado técnico de sonido que recopila efectos para películas de tercera categoría y que graba por error la muerte de un político. Dada la rapidez con la que el asunto se resuelve y lo sospechoso del proceso, él mismo se ve en la obligación de investigar los hechos por su cuenta, a pesar de que todo el mundo le aconseja lo contrario. Para hacerlo aún más interesante, el duro descenso hacia la verdad se produce mientras la ciudad prepara la fiesta patriótica de la Liberty Bell.

Fotograma de 'Impacto'.

Fotograma de ‘Impacto’.

Podríamos reivindicar aquí infinidad de ejemplos de protagonistas que asumen gratuitamente su papel de héroes, porque el cine y la literatura de nuestro tiempo se basan en esa noción de responsabilidad ciudadana. ¿Pero qué separa el legítimo interés social de la paranoia? ¿Cuándo estamos ante un héroe anónimo y cuándo ante un amigo de las conspiraciones? La frontera no está nada clara. Y el problema se agrava cuando tenemos en cuenta que, como dice Enzensberger, “la mayoría de la gente no tiene el tiempo ni las ganas de crear sus propias conspiraciones, sino que suele adscribirse a otras que ya “flotan” en nuestras sociedades”.

Es cierto que lo creíble y lo increíble son conceptos que pueden haberse transformado después de observar cómo una epidemia ha conseguido paralizar la práctica totalidad del mundo.

No es cuestión tampoco de enumerar ahora las múltiples teorías sobre chips, vacunas, satélites, laboratorios y geopolítica que flotan a nuestro alrededor. Ni siquiera la compleja conspiración QAnon, de ecos tan medievales. Nuestro interés va en otra dirección: las teorías de la conspiración, por mucho que parezcan consecuencia de un exceso de credulidad, en realidad son hijas del escepticismo, y si el perdedor radical se suma a ellas es porque, de tanto descreer de lo más básico, se cree cualquier otra cosa. Dado que es tan difícil dejar de creer, es decir, dejar de esperar, el escéptico no siempre acaba convertido en cínico, sino que antes se entrega a credos mucho más particulares y enrevesados.

El escepticismo contemporáneo no sólo se aparta de lo que se ha llamado muchas veces los “grandes relatos” (religión, utopía, revolución), sino también, y puede que sobre todo, de los pequeños. Es un escepticismo, si se quiere, más generacional.

¿Quién puede creer aquello en lo que creían sus abuelos, incluso sus padres? ¿Quién está seguro de poder llegar a comprar una casa, de poder llegar a jubilarse, de poder llegar a tener un trabajo con buenas condiciones, o incluso de tener cualquier trabajo en los próximos años? Hay dos o tres generaciones a las que sus mayores prometieron progreso, cierto éxito y mucho bienestar, relatos que es difícil mantener a estas alturas. Y puede que los más interesados en que se mantengan sean los perdedores mismos, porque el escepticismo avanza muchas veces en contra del individuo, como un veneno. No hay muchas soluciones. De lo primero que se da cuenta el desengañado es de que ya no hay vuelta atrás, de que el orden de cosas en el que ha dejado de creer no va a volver nunca, muchas veces a su pesar. Ante ese vacío, un recurso es pasar de inmediato a creer en algo más.

Hay varias maneras de analizar el autoengaño. La de David Robert Mitchell en Under the Silver Lake (Lo que esconde Silver Lake, 2018) no es, desde luego, nada condescendiente. Pese a haber sido catalogada como una película neo-noir, su protagonista, Sam, no es expolicía ni detective; de hecho, no es nada. Al parecer, sus ocupaciones oscilan entre los videojuegos clásicos, la música rock y su balcón, desde donde espía a sus vecinas con unos prismáticos (aquí el homenaje a Hitchcock). Pese a que ha recibido avisos de que su casa y su coche van a ser embargados, no se nota mucha inquietud en él. Poco a poco vamos descubriendo que Sam tiene una relación más que turbia con los perros, que ha dedicado los últimos siete meses a rastrear códigos en los gestos de la presentadora de La ruleta de la suerte, y que es capaz de darle una paliza a un niño por rayarle el coche. Aun así, para entonces nuestro héroe se ha embarcado en la aventura: su misteriosa vecina ha desaparecido en lo que parece estar relacionado con una conspiración de gente muy poderosa.

Fotograma de 'Lo que esconde Silver Lake'.

Fotograma de ‘Lo que esconde Silver Lake’.

Under the Silver Lake es un giro drástico en la carrera del director que en 2014 estrenaba It follows, sin duda de las mejores películas de terror de los últimos años; ambas películas tienen elementos comunes, desde el lenguaje cinematográfico hasta la obsesión por lo incierto. Sólo que, si el misterio de 2014 daba mucho miedo, en 2018 se abusa de él hasta lo cómico. Sam cree que está siendo engañado incluso en las cosas más insospechadas y, en una entrevista, Mitchell lo explicaba como una rendición: “Quizá está pensando: ¿qué más da? De niño la gente te dice que puedes llegar a ser lo que quieras, y luego te das cuenta de que eso no es siempre verdad. Incluso ser capaz de comprar una casa, para nuestra generación, es algo casi imposible. ¿Cómo se procesa eso? Quizá vas a buscarle el sentido a lugares extraños”.

De hecho, en esta rara búsqueda Sam acaba por encontrar más de una conspiración real, pero todas son decepcionantes, incluso desoladoras. “Vives en una feria, lanzando aros de plástico a botellas con el cuello demasiado ancho, con la esperanza de ganar un premio”, le recuerda un millonario fanático. “¿Qué vas a ganar? ¿Dos semanas de vacaciones, un coche nuevo, un poco de dinero para la jubilación? Todo eso no es más que un muñeco cutre lleno de serrín”. En el fondo, todo viene a decirle algo que seguramente él ya sabía, pero respecto a lo cual se había estado engañando: que nadie va a regalarle nada, que su camino es cuesta arriba y que la realidad es amarga a veces.

Fotograma de 'Lo que esconde Silver Lake'.

Fotograma de ‘Lo que esconde Silver Lake’.

Las más de dos horas de película nos conducen a través de una ciudad alucinada y decadente en la que lo exclusivo y lo precario no son opuestos. Sam busca en todas partes señales de un engaño que cree codificado mientras se niega a ver lo más obvio. Por eso insulta a los mendigos, poltergeists que viven en los límites de la sociedad, sin poder ver que su vida apunta en la misma dirección. Algunos de los misterios de Silver Lake no tienen solución aparente en la película, tampoco el de Sam: a juicio de cada uno queda interpretar si, al final, ha aprendido la lección.

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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