‘Hermosa juventud’, cuando “el sueño europeo” vive por encima de nuestras posibilidades

Fotograma de 'Hermosa juventud' con Ingrid García-Jonsson
Fotograma de 'Hermosa juventud' con Ingrid García-Jonsson

La sociedad griega ha apostado por el cambio. La formación de su inverosímil gobierno sólo se explica por la gravedad de la situación que atraviesa el país. Enfrente, el titán de la deuda arrasa la sociedad del bienestar, al que la austeridad le ha provocado gastroenteritis. Cuando poco queda por perder, todo vale para salir adelante. Syriza lidera la revolución, pero ha necesitado el apoyo de un grupo minoritario de derecha nacionalista (ANEL). Aspectos éticos aparte, los une el afán común por vencer a esta supuesta Unión Europea. El reinado de Merkel se ve amenazado por aquellos que dicen haberle perdido el miedo y que reclaman una dignidad social más allá de fronteras ideológicas o nacionales.

Similar situación lleva un tiempo gestándose en España. El gobierno popular teme el auge de un grupo que ha sabido manejar el populismo mejor que ellos. Podemos gana fuerza, especialmente en las principales ciudades del país, y la sombra de una victoria electoral provoca apresurados pactos bipartidistas para cubrirse las espaldas ante la amenaza de ‘El Coletas’. Pero, ¿qué lleva a la sociedad a semejante nivel de frustración? Jaime Rosales se lo ha planteado junto a unos protagonistas, Ingrid García-Jonsson (nominada a Mejor Actriz Revelación en los Premios Goya 2015) y Carlos Rodríguez que forman un tándem-pareja perfecto.

Carlos Rodríguez en el filme

Carlos Rodríguez, co-protagonista en el filme.

El encuadre social de Hermosa juventud  centra el foco sobre el estrato poblacional más limitado por la crisis, y lo hace demostrando una comprensión alejada de la idealización y el prejuicio. El afán observador de este director se palpa en la cruda verosimilitud con que retrata a sus personajes. Caracterizado por un estilo que raya el estudio documental humano, sigue a sus personajes en el día a día más rutinario, trazando lo que se ha convertido en una suerte de inminente precedente de la revolución cinematográfica que plantea Boyhood (Richard Linklater, 2014) compuesto de fragmentos de cotidianidad absoluta, en los que todo atisbo de melodramatismo queda succionado en elipsis espacio-temporal. En una exquisita y consecuente decisión, Rosales decide saltarse los pilares centrales de cualquier drama al uso para centrarse en lo que realmente le importa: el frustrante día a día de sus personajes, el agujero en el que se encuentran y la imposibilidad de variar sus destinos.

Referente del cine que transita los márgenes de la distribución y producción nacionales, el también guionista opta en este caso por un notorio aperturismo en la forma. Su constitución radical coquetea con el cine experimental, habiendo obtenido su fruto más ácido e implacable con Tiro en la cabeza (2008), en la que su inquietud por el conflicto vasco lo lleva a plantearse un árido análisis sobre los hábitos de vida de un etarra. En su obra más arriesgada, la lejanía documental del teleobjetivo retrata a su personaje a modo de animal en la jungla urbana.

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Fotograma del falso documental ‘Tiro en la cabeza’ (2008).

Resulta, por ello, especialmente chocante este desvío en una trayectoria cinematográfica que no desentonaría en la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Su alto en el camino, quizás anecdótico, facilita la digestión de su puesta en escena, posiblemente en un intento de expandir su mensaje sin llegar a traicionar sus principios. Decisión entendible, pero perjudicial para su cine, en el que la contundencia de su fondo sólo se desarrolla plenamente a través de la radicalidad de su forma. Sin embargo, la sensación final de potencial inhibido no le impide convertirse en una obra notoria. Partiendo de sus habituales atmósferas gélidas, cercanas al estilo de Michael Haneke, en esta ocasión se recibe, en cambio, una tierna calidez en el retrato de sus personajes, tan reales como sus conversaciones, de sospechable improvisación. Interrupciones y equivocaciones en los diálogos insuflan un realismo impagable a una narración implacable que no da, ni se le espera, un soplo de esperanza.

En esencia es cine necesariamente político, que no politizado. Su tremenda actualidad social la hermana con Gente en sitios (2013), de otro director puramente marginal como Juan Cavestany. Sin embargo, si aquella abordaba la crisis económica desde un punto de vista emocional, Hermosa juventud se cimenta en un realismo descarnado. Ambas propuestas hablan desde el corazón del ser humano, aunque sea para describir sus propias miserias. Más que buscar respuestas, se ocupan de reflejar las consecuencias de una nefasta gestión política sobre una generación perdida. Es en este punto donde la apuesta de Rosales se redondea al establecer un fiel reflejo de las dos europas, con una escena final que habla de la prostitución del sur del continente en pos de un orden europeo comandado por las potencias monetarias. La falsa prosperidad común de “el sueño europeo”.

Fotos: Fresdeval Films

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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