Desmontando el indie

Desmontando el indie
Pulsera en la muñeca de un asistente al FIB.

“Me gustó solo el primer disco. Después se han vuelto muy comerciales”. En ese chiste, parodia ya clásica de lo indie, lo hípster y lo gafapasta, subyace el que parece un espíritu común a muchas de las modas musicales y culturales de los últimos años: los gustos, cuanto menos masivos, mejores. Pero ¿qué pasa cuando en la industria cultural y en los medios especializados empiezan a escasear las alternativas a “lo alternativo”? ¿Existe o ha existido alguna vez una dictadura gafapasta?

Dos libros  –Indies, hípsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural, de Víctor Lenore (Capitán Swing, 2014) y Pequeño circo, de Nando Cruz (Contra, 2015)- ofrecen un diagnóstico similar de los últimos años: que el ascenso de lo indie y lo hípster estuvo más auspiciado por una burbuja mediática que por la aportación social del fenómeno, y que no solo hay que visibilizar la música que dictan las exquisiteces de la web Pitchfork, sino también “aquella que disfruta la gente y es significativa para sus vidas”.

Ambos acusan a esta escena, además, de estar pensada por y para hombres blancos de clase media, de resultar precariamachista para quienes trabajaron en ella –hay pocos puestos molones, dicen, y casi todos son para los chicos- , declaradamente anglófila –Lenore recuerda la que se lió cuando Julieta Venegas encabezó el cartel del FIB en 2011-, y de carecer de conciencia social. Casi nada en esta vida es casualidad; a sus autores, además de años de experiencia en el periodismo musical, les une la amistad. Nokton Magazine ha hablado con ellos.

“La revolución no será emitida por Radio 3”

Desmontando el indie

Para no pecar de hípsters endogámicos, lo primero que le pedimos a Lenore es que nos defina este término como si nunca antes lo hubiéramos escuchado. El periodista se remite al prólogo que el músico Nacho Vegas firma para su libro y señala que hípsters son “aquellos que ponen su autoestima en ciertos consumos culturales, que les hacen sentir a la última y superiores a los demás”. A lo largo de 153 páginas, Lenore se esfuerza para que entendamos por qué piensa que la que ha presumido durante años de ser una cultura alternativa es, en realidad, la dominante, hasta el punto de que, según sus propias palabras, la música indie ha ejercido de banda sonora perfecta del bipartidismo.

“Los dos problemas más grandes de la juventud española desde los ochenta hasta ahora son el acceso al mercado laboral y a la vivienda. Ninguna canción cool habla de eso, mientras que sí lo hacen las de hip-hop, hardcore y rock radical vasco”, cuenta Lenore, cuyo libro luce una lapidaria frase de Vegas en la contraportada: “La revolución no será emitida por Radio 3”. “Si los medios públicos y privados preferían el indie”, continúa el periodista, “fue porque les permitía ofrecer una versión despolitizada de la realidad”.

Cruz coincide: considera que la ruptura de la música indie ha sido, esencialmente, estética… si es que realmente lo fue, porque, para él, aquella generación de músicos españoles que en los noventa empezaron a distorsionar sus guitarras y a cantar en inglés podían resultar chocantes para “alguien que hasta entonces solo hubiera escuchado a Ella Baila Sola”, pero no para oyentes familiarizados, por ejemplo, con el rock industrial.

Sálvese quien pueda

Pequeño circo, el libro de Cruz, es una ambiciosa historia oral de la música indie española, elaborada a partir de horas y horas de entrevistas con muchos de los que fueron los protagonistas de aquel boom, a lo largo de las que afloran algunos testimonios de pufos y abusos por parte de la industria que desmitifican esa etiqueta de lo alternativo. Antonio Luque (Señor Chinarro), uno de los entrevistados por Cruz que, según el periodista, más estafados se sintieron en esos años, señala que, si las discográficas y los festivales no pagan, los grupos no se sienten parte del negocio y hacen poco por levantarlo. El autor del libro lamenta al citarlo que una escena que podría haber fomentado más lazos cooperativos y de unión derivó, en ocasiones, en el “fomento del individualismo y el sálvese quien pueda”.

El periodista recuerda entrevistar, ya en los noventa, a bandas que no estaban contentas con el trato económico y laboral que les daba su sello. “Pero muchos músicos, no sé si por vergüenza o porque tenían la vida resuelta, se lo callaban, y otros eran timados tras ellos”, relata. Así, explica el periodista, fue como se montaron, por ejemplo, muchos festivales, “intentando que no se supiera lo que cobraba el otro”. Aunque, inicialmente, el término indie hacía referencia a una forma de gestionar la música “que no necesitaba el beneplácito de las multinacionales”, Cruz no cree que funcionar de forma independiente sea un valor en sí mismo. “Si me monto un sello por mi cuenta con 20.000 euros, eso no es un desafío a lo establecido; es una pyme”, sentencia.

“Hablar de política era de cantautores”

Volviendo a la cuestión de la dimensión política de la música, Cruz cita a otro de sus entrevistados, Mikel López Iturriaga (hoy El Comidista, pero antes responsable de la sección de música del extinto El País de las Tentaciones), que le contó que muchos de los grupos que aparecían en el suplemento cultural alardeaban entonces de pasar de la política. “Ahora parece descabellado pero, cuando se vivía bien y había dinero para meterse rayitas, el aznarismo era irrelevante”, afirma, rotundo, el autor de Pequeño circo. “Hubo una época en la que en el indie no se podía hablar de política porque eso era de cantautores. Cuando Nacho Vegas empezó a cantar sobre temas políticos parecía que hubiera quebrantado algún tipo de ley; nadie le cuestionaba tanto sus letras cuando hablaba de droga y autodestrucción. Pero ahora que el objetivo es ganar mil euros al mes todo el mundo está más en guardia”, reconoce.

En cualquier caso, su colega, Lenore, aclara que dicha despolitización no fue siempre calculada y consciente: muchas veces tuvo que ver con “la ingenuidad y la desinformación” de quienes, por sentirse parte de la clase media, pensaban que la conciencia política era cosa de otros. Por otra parte, el periodista sugiere que en la era post-15M, la despolitización toca a su fin y hípsters y ex hípsters empiezan a ser más conscientes de los conflictos sociales, poniendo como ejemplo el giro emprendido por gente como Nacho Vegas, Vetusta Morla y Javier Gallego de Carne Cruda.

Pero, en los noventa, prosigue, “la caída del muro de Berlín, partidos socialistas que cambiaban la igualdad por la meritocracia y sindicatos más obedientes que nunca” propiciaron que “la mentalidad de la clase media más reaccionara” calara en la cultura posmoderna y en los periodistas especializados, desembocando en una burbuja mediática que se ha prolongado hasta hoy, y en la que, según Lenore, grupos como Los Punsetes (6.800 seguidores en Spotify) tienen, por sistema, más páginas en prensa que otros como Los Chikos del Maíz (20.000). “Lo sé porque me ha pasado y lo he visto en muchos compañeros”, asegura.

Cruz afirma que durante años “se dio una cancha desmedida a grupos que no tenían la calidad suficiente”. “Y no estoy hablando de Los Planetas, sino de bandas que casi nadie recuerda”, puntualiza. Para el cronista musical aún hoy sigue siendo muy evidente que los medios se han dedicado a fomentar a la escena indie en detrimento de otras. “Hay conciertos de hip-hop que se llenan y nadie habla de ellos. En cambio, viene un barbudo de Minnesota y toda la prensa está allí”, describe el periodista, que se pregunta “cómo puede ser que actuaciones con un público de ochenta personas sean noticia en un país con cuarenta millones de habitantes”.

Hacia una música más colectiva y social

Desmontando el indie

El periodista catalán reconoce que, probablemente, Pequeño circo no hubiera sido posible hace diez años. “Me he ido distanciando, y sé que también muchos grupos de aquella escena comparten mi visión crítica y se cuestionan algunas cosas”. En las tiendas desde el pasado 18 de marzo, al libro de Cruz no le ha dado tiempo aún a encontrarse con algunas de las contrariadas reacciones que ya ha cosechado Indie, hípsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural, que va por la segunda edición. Quien lo firma, Lenore, subraya que nunca pretendió que fuera un ejercicio de arrogancia, sino de humildad. “Reconozco que durante años usé un enfoque cultural erróneo y que tengo mucho más que aprender que lo que tengo que enseñar”, confiesa, cuando le preguntamos si alguna vez tuvo miedo de convertirse en un hípster que criticaba lo hípster.

Ambos piensan que ya es hora de dejar de clasificar a los grupos entre cool y uncool, de buscar en la música un disfrute más colectivo mirando a géneros como el hip-hop y a lugares como África, Jamaica y los guetos de nuestras ciudades, y, de paso, de volver a tener en cuenta el contexto social a la hora de escribir sobre música. Mientras Lenore recomienda que los medios empiecen a funcionar de forma más cooperativa y que alguien explique a los jefes de redacción que hay grupos que solo escucha una minoría, Cruz apuesta por un relevo generacional, no solo en las bandas, sino también en la prensa especializada. “Los chavales que hoy tienen 25 años ya deberían estar escribiendo”, defiende.

Aunque para Lenore no es imprescindible que la música sea combativa para que sea valiosa –“nadie puede estar 24 horas al día pendiente de cuestiones políticas, acabaría carbonizado como Willy Toledo”, señala- lo que tampoco puede ser es “lo que pasó desde los ochenta hasta el 15M: que solo se promocione la cultura popular alérgica a los problemas sociales. Cada uno debe disfrutar la música que quiera, pero es bueno ser consciente de la postura política que representa”.

Fotos: Enrique Galdú (cc) / FIB Benicassim Festival (cc) / Maxime Dodinet (cc) / Iñaki Espejo-Saavedra (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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