Un fusilamiento fallido durante la Guerra Civil cambiará el destino de un hombre y su viaje propagará una herida que rebasará mares, épocas y diarios. Soraya Romero Hernández (Madrid, 1983), autora de la reparadora Las semillas del silencio, parte de su memoria heredada para indagar en las identidades del exilio y las sombras transgeneracionales. Demasiado ayer, su nueva novela, indaga con franqueza en el pasado para responsabilizarse en el presente de preservar la certeza de un mañana.
Nokton Magazine: ¿Es cierto que cuando investigabas para tu primera novela, diste con un documento en el que parecía subscribirse el fallecimiento de tu bisabuela, quien había sido una de aquellos más de 650.000 niños abandonados en la Inclusa de Madrid?
Soraya Romero Hernández: Sí, había más Jerónimas y la confundí con alguien del mismo nombre. Descifré que lo que ponía al final del expediente, en una rúbrica muy concreta, era el fallecimiento, así que no podía ser ella, que tuvo hijos y nietos. Hablamos de una letra compleja, de finales del XIX. Yo no tenía claro que pudiera trazar la historia de mi bisabuela, pero iba con ilusión a la aventura. No tenía pretensión, quería reconstruir mi propia historia y me acompañaba la vertiente periodística: Seguir la pista para alcanzar la visión total de lo sucedido. De no haber sido publicada, hubiera autoeditado yo misma la novela.
NM: Demasiado ayer prosigue la raíz fundacional, ya que el protagonista es tu bisabuelo paterno, pero esta vez te lanzas a la ficción desde una hipótesis ficcionada: Qué hubiera sucedido si Nicomedes hubiera sobrevivido a su fusilamiento durante la Guerra Civil.
SRH: ¿Hay algo que nos pueda trabajar más en la vida que preguntarnos qué hubiera pasado si…? Todos preferimos un desengaño que un interrogante sin resolver. En este libro hay poca documentación en comparación con Las semillas del silencio, aunque toda muy jugosa. Podía haber optado por un personaje amable, ya que era mi bisabuelo y a ninguno nos gusta pensar que tenemos manchas oscuras en nuestro expediente familiar, pero me interesa más saber qué surge de un contexto de amenaza, miedo y pobreza, añadiéndole una violencia estructural, que sucedía en muchas casas del S. XX. Y cómo esa oscuridad puede teñir el alma de las personas y convertirlas en monstruos. No creo demasiado en esto de que alguien nazca siendo ya una mala persona. Creo que el constructo que nos rodea es lo que nos convierte a todos potencialmente, además, en algo que nos podría aterrorizar entre nosotros.
NM: ¿La documentación puede devolvernos capítulos inesperados?
SRH: Nosotros no sabíamos de Nicomedes ni dónde ni cuándo le habían fusilado. Era esa típica verdad que atesoran muchas familias todavía llenas de miedos. Te dicen “no hurgues” o “para qué meterse ahí, hija”. Pero es que no, no podemos seguir con este yugo 85 años después. Mi bisabuela, que no estaba alfabetizada, peregrinó durante tres años para que dieran por muerto a su marido. Buscando sobre genealogía, que me encanta, conocí la página ArchivaWeb, de la Junta de Andalucía. Cuando tecleé el nombre, lo primero que me apareció fue una sentencia judicial por un delito de lesiones cometida por él. Me quedé a cuadros y vi un hilo del que tirar. El otro documento que apareció fue el expediente de registro de defunción. Eran 20 páginas con un lenguaje terrorífico que intenta llenar de lirismo la barbarie y aquello me enfadó. Este lenguaje tipo “Se aplica el bando de guerra por desafección al régimen”, que es de un nivel de manipulación y vacío de palabras… Con esa indignación y la documentación decidí mirar de frente las heridas. Yo no tengo por qué negar que mi bisabuelo fue una persona que cometió un delito, una persona complicada. Dulcificarlo iría en contra del compromiso que ya adquirí en mi primera novela: Ir con la verdad, encuentre lo que encuentre.
NM: Un pacto con las palabras, que no con la retórica.
SRH: Hay momentos en los que no somos conscientes de que el enemigo que vemos más allá de nosotros nos lo están metiendo con calzador y nos despojamos de lo que somos, seres humanos. Nos ha costado mucho que las palabras lleguen a nosotros, atravesando siglos de historia por consenso colectivo. Y que de repente por intereses individuales o partidistas se tomen palabras terminantes para la democracia como “Libertad” o “Genocidio” y las manoseen y tergiversen para que la colectividad las perciba de otra manera… Me parece deleznable.
NM: Una imagen persiste a lo largo de la narración: En un cesto, una manzana podrida consume a todas las demás. Cada uno de los personajes se verá afectado por este efecto dominó.
SRH: De ahí el tomar el refranero español y convertir el polvo en lodo y el lodo en cieno. De aquello que resuena en el pasado tenemos una idea del presente y cómo puede ser el futuro. Saramago lo decía: “Somos la memoria que nos habita”. A raíz de todo esto estuve leyendo mucho sobre epigenética, que no es nada místico o esotérico, sino ciencia, ya que quería meterme en cómo el trauma opera transgeneracionalmente. La experiencia traumática deja huellas químicas en nuestros genes, de manera que cuando nosotros transmitimos a nuestros hijos o nietos el libro de nuestra vida estamos trasfiriendo parte de esas vivencias. Me dio la base sólida para ver el camino que debía llevar este personaje y cómo él, esa manzana a la que el sistema golpea, pudre todo lo que toca.
NM: Al contar la historia de tu bisabuela deseabas sanar el dolor que ella arrastró durante toda su vida. ¿Cuál era el propósito ahora?
SRH: Son dos casos distintos. Mi bisabuela murió sin saber quién era y por qué le habían abandonado de niña. Yo no lo sabía cuando empecé a investigar para recuperar mi memoria. Creo que cualquier migrante pasa por ese proceso de volver para poner las cosas en orden y yo llevo ya once años fuera de España. En el caso de mi bisabuelo Nicomedes quizás sea jugar con estos elementos de la cotidianidad que nos atraviesan a todos. Con Jerónima le di luz a esa sombra con la que ella partió. Ahora no hago un homenaje, sino que miro hacia adentro para poder conectar hacia afuera. Almudena Grandes pensaba que a través de la historia de las familias se puede contar la historia de las naciones. Creo que es una verdad como un castillo.
NM: ¿Contar la historia, aunque escueza la herida?
SRH: Todos los personajes, a su manera, están atravesados por algún tipo de tragedia. Me ha pasado con algunos escritores beta. En el fondo la gente siempre quiere finales felices, buen sabor de boca, pero la vida no es eso. Hay una pauta que explica por qué las víctimas de violencia machista repiten patrones, por ejemplo. No sé cómo clasificar esta novela, a mí me gusta hablar de ficción realista o literatura de aprovechamiento. Tomas algo que es real y construyes algo sólido. Fíjate que creo que de los finales felices no aprendemos mucho. Aprendemos de las experiencias que nos atraviesan para mal y de ahí a lo mejor renacemos con una versión más esperanzadora. Vemos mucha oscuridad en los personajes de esta novela, pero hay esperanza. Hay que dejar la puerta abierta a la redención. La literatura es un espejo en el que mirarte, pero yo no quiero tampoco que el lector lo afronte con insoportabilidad.
NM: Al fin y al cabo, Demasiado ayer habla de las posibilidades.
SRH: Nos han metido tanto con calzador que tenemos que estar en el presente, pero ¿qué pasa con el futuro? Hay gente que tiene presentes muy “jorobaos” o que viene de pasados muy turbios. Si uno no piensa que esto va a pasar y vendrá algo mejor… Creo que tú te vas y aunque vuelvas, ya no está aquí la persona que tú fuiste. Los lugares están físicamente y las personas que dejaste, pero ya no son igual. El que se va no vuelve, aunque regrese. Uno está partido en dos. Nicomedes no vuelve para atrás ni para tomar impulso. El punto cardinal de su dolor es Huelva, donde tuvo una infancia durísima, un matrimonio que no quería, un hijo que no deseaba y casi le dan muerte. Por eso nunca la pisará, aunque pise España de nuevo.
NM: La novela está tejida por una red coral de personajes en distintas épocas, espacios y circunstancias, a la suerte de la mácula que se perpetúa desde Nicomedes. “Si yo ya estoy muerto por dentro” expresará Andrés al no reconocerse dueño de ningún futurible.
SRH: Hay mucha gente que está muerta por dentro, pero tiene la obligación de vivir. Gente que no tiene elección. Parece que siempre la tenemos, pero no. Tú has visto cómo invadimos casi todo el espacio del mundo en masa con esta premisa de que solo vives una vez… Que la vida no te dé un golpe y te mande otra vez a la casilla de salida y tengas que nacer adulto en otra sociedad, con otro idioma y otras costumbres. Nadie deja su país por gusto. O huyes, como es el caso de Nicomedes, o buscas un futuro mejor, que es lo que representa Galatea, a quien le duele dejar a sus hijos atrás, aunque emigre para sustentarlos. Yo necesito decirle a mi hijo que hay un futuro, que él podrá habitar en un lugar en el que la bondad todavía será posible. Aunque las cosas están mal en tantas partes del mundo, me aferro a construir un porvenir. Transcribo la realidad a través de la literatura de manera que al menos en mi mente todavía pueda ganar algunas batallas al oscurantismo que nos rodea.

NM: ¿Tu escritura es su legado?
SRH: Por supuesto. Piensa que mi hijo está creciendo en Suiza, aunque habla perfecto español y está en las Aulas de Cultura y Lengua Española. ¿Cómo le voy a explicar que ni siquiera está creciendo en este entorno que el regalo de un chivo el día de tu boda en 1950 era el mejor regalo que te podía tocar? Y si el chivo lo cambiabas por aceite ya eras el rey del mundo. No puede entender esa manera de operar porque no es su día a día y porque ha crecido en otras circunstancias. Yo represento todavía esa generación que tiene la historia heredada de los abuelos y esa curiosidad por saber. Él tiene que entender que existen otras realidades menos favorecedoras. Estoy feliz de poder regalarle un trozo de la historia de España en formato literario y además, no muy denso. Me someto a mí misma al ejercicio de resumir en cinco líneas la esencia de un capítulo. La cantidad no hace la calidad y hay dos aficiones muy distintas como lector: Una es comprar libros y otro es leerlos. Se puede hacer algo ambicioso y bien narrado en doscientas páginas.
NM: Cuando escribes, ¿conduces el texto pautadamente o dejas que el río fluya?
SRH: No me lanzo a escribir hasta que tengo un mapa mental. Con el nuevo proyecto, ya empiezo a construir cómo conectar A con B. No te creas que paso el día tomando notas, soy muy de estar en un sitio y quedarme en el ensimismamiento. En el momento que hace clic y veo un camino y tengo un material mínimamente sólido me lanzo. Hay personajes que salen de la chistera. Andrés no estaba previsto cuando empecé a narrar la historia de Pepe y me dio una oportunidad fantástica para hablar del amor universal durante la época del Franquismo sin tener que poner etiquetas. El ambiente te permea. En Suiza he encontrado el entorno para los engranajes. Soy terriblemente meticulosa, dejo pistas en los capítulos para el lector. El número de la Lotería que aparece tocó dos veces y lo quise comprar este año, pero estaba agotado (ríe). Por eso también incluyo una playlist en el libro, para que cada momento tengo su canción.
NM: ¿La elección de México como escenario responde a una deuda personal?
SRH: ¡Sí! Quería hacer un guiño porque mi marido y yo nos conocimos a través de amigos mexicanos y es una cultura que adoro. Viajé a allí en la Semana Santa de 2024, cuando yo estaba empezando a conectar los puntos de la novela. ¡Fue una señal! Tenía la buena suerte de que mi bisabuelo había sido barrenero y el momento en el que yo podía ubicar la historia fue un momento de expansión económica bestial en México, muy vinculado a las minas y a la exportación de oro y plata. Visitamos una mina en Guanajuato. Cuando el guía nos explicó cómo los canarios son los primeros en detectar si hay gas nocivo, se me encendió la bombilla y algo que no encajaba con unos de mis personajes, Martiño, se resolvió. También toco el tema del narco, pero no tal como lo conocemos. La flor de la amapola llega a México y el dolor psicológico y físico de los soldados tras la II Guerra Mundial hace que el opio se empiece a consumir en cantidades muy relevantes. Cada sociedad arrastra una piedra en el zapato, esta es la suya. El narco ha canibalizado la sociedad mexicana, se ha metido en la estructura social.
NM: ¿Los personajes femeninos estaban destinados a ser el contraste luminoso?
SRH: No intento hacer discriminación positiva, sino sacar a la luz lo que se ha silenciado durante muchísimo tiempo y darles el lugar que le corresponde. Los movimientos migratorios hacia España, sobre todo América Latina, han sido mujeres, como en los 90 cuando llegaron los primeros dominicanos y ecuatorianos. En Suiza, la mayoría de las personas que vienen a empezar a fregar habiendo sido incluso abogadas en sus países de origen, son mujeres. Dejan a su familia detrás para asegurarles un sustento. Cómo se nos olvida, fíjate, la deuda que España tiene con México o Argentina, habiendo acogido todo ese exilio republicano, con los barcos de la Esperanza que mandó Lázaro Cárdenas. México se nutrió de toda la intelectualidad que nosotros perdimos. En el 34 en España había más derechos que en el 50: Las mujeres tenían derecho a voto, acceso a la Universidad, se podían divorciar…
NM: A finales del pasado año derogaron la Ley de la Memoria Histórica en Extremadura y se aprobó la reconocida como Ley de la Concordia. ¿Es posible integrar la reconciliación colectiva con la memoria y el perdón individuales?
SRH: El olvido selectivo no es un olvido real. Esto llegará cuando hagamos los deberes. Como los han hecho Alemania o ahora Canadá con los Inuit. Tú no negarías a un padre la búsqueda de su hija asesinada y le dirías “supéralo, esto ya pasó”. ¿Por qué se nos quiere imponer el silencio y perpetuar el miedo? Lo veo en mis padres. Son temas que es mejor no tocar porque aún pueden resonar en el presente. Es como cuando tú le pides a alguien que perdone. En mi anterior novela un personaje decía “No podía perdonarle y lo único que he podido hacer es perdonarme a mí por ser incapaz de perdonarle a él”. Este es el perdón genuino de no ser perfecto. Si dejamos aparte el rencor y la amargura, puede no perdonarse porque simplemente la herida sigue abierta. ¿Perdonar solo porque es más cristiano? Escuché en la radio la llamada de una chica que me hizo reflexionar muchísimo. Contaba que un antiguo compañero le había escrito por redes para disculparse ya de adulto por el bullying que le había causado de adolescente. Esta mujer le respondió que no le perdonaba, pero no por resentimiento, sino porque igual que ella se había tenido que construir sobre lo que él había hecho de ella, él tendría que vivir con lo que hizo.
NM: ¿La memoria también es selectiva o necesita ejercicio para hacer músculo?
SRH: Te diré que me he dado cuenta de que en el ideario se ha creado un espacio muy presente para los hombres, pero me parece terrorífico de que yo sea capaz de recordarte a Rafael Sánchez Ferlosio y que tenga que hacer un esfuerzo con Carmen Martin Gaite porque sé lo que leí, pero tiendo a no recuperar los nombres acaso no me los apunte. Pero hay que hacerlo, no se le ha dado ni el mismo peso ni la misma importancia a la obra de las mujeres. Por reclamar los espacios que se nos han negado toda la vida, ahora escuchas comentarios sobre el feminismo. Vale, ¿queréis otro concepto? Que se vote la palabra que no os va a ofender. Parece que hay que medir cada cosa que se dice y siempre es la voz femenina la que ofende. Bastantes cruzadas tenemos que luchar nosotras para luchar las vuestras.
NM: Desde tu perspectiva de expatriada, ¿qué percepción tienes sobre el racismo en España?
SRH: Creo que racismo hay en todo el mundo. Fíjate, en el Cementerio de Colón (Cuba) los negros eran enterrados separados de los blancos en un pasado no tan lejano. Yo vivo en Suiza y para algunos soy una amenaza, aún europea y caucásica. Me preocupa que se está produciendo un efecto llamada a raíz de medios españoles que venden las bondades de ir a trabajar a Suiza. Me ha llegado de estraperlo que el Consulado tiene un poco de saturación con estos casos y muchos se tienen que volver al darse de bruces con la realidad. Hablan de los pocos impuestos, pero no de que el seguro médico se paga mensual y es muy alto; de que el transporte será el más puntual, pero es carísimo… Creo que hay un intento de exaltar los sistemas liberales, con capitalismos brutales, donde cada cual se lo guisa y se lo come y si a tu vecino le va mal, pues la otra gran mentira: “Haberte esforzado más y lo hubieras logrado”. Mientras, del Estado del Bienestar que se sujeta con impuestos, se dice que es malo porque “me roban”.
NM: ¿Te atraería escribir una historia sobre emigrantes españoles?
SRH: Mi próximo proyecto va en parte hacia esos lares. Quiero abordar algo que me ha calado mucho: La soledad al final de la vida. Hace dos años falleció una vecina nuestra, puerta con puerta, Carmen, una señora mayor que vivía sola. Nos enteramos por un aviso mortuorio en el portal. Al día siguiente vinieron a desmantelar la casa. Alguien en el pasillo me dijo que podía quedarme con lo que quisiera porque lo iban a quemar todo. Me encontré en la calle toda la vida de esa señora volcada ahí. Me senté a ver los álbumes de fotos y me fascinó lo mucho que puedes aprender de alguien solo con pararte unos minutos. Me atravesó la vertiente bi-nacional, el ser de aquí y vivir allí. Cuando no puedes construir tu identidad con una base sólida viene la problemática de encontrar tu sitio y discernir cómo te habitan ambas realidades. Me llaman las historias que cruzan la memoria colectiva. Uno tiene que mirar hacia sí mismo y ser autocrítico.
NM: Permíteme cerrar a lo ‘Madrileños por el mundo’: ¿Volverás?
SRH: Mi marido y yo tenemos claro que no queremos jubilarnos en Suiza. Mira que él es suizo… pero lo mismo encontramos aquí lo que nos falta allí. Y ahora mismo allí tenemos lo que nos falta aquí. Nunca vas a tener el puzzle completo. ¿Pero volver? Me parece un verbo precioso. Al pasado, al dolor y a la alegría. Para mí es inviable no hacerlo y estoy casi segura de que mi literatura se seguirá articulando en esta ciudad. Es una patria inevitable. Se tienen dos, como le sucede a Nicomedes. Una es la elegida. Me he nacionalizado suiza por amor y porque quería poder votar, entre otras circunstancias. Luego está la patria inevitable, que es Madrid. Transito, como mi novela, en distintas geografías, para dar ese prisma poliédrico que es la complejidad del ser humano. Que nos quedemos con saber mirar con los ojos y las gafas de la humanidad.
