‘Odio mi vida’, o cómo convertir el hastío en literatura

Portada de la novela 'Odio mi vida', de Nacho Herrero.
Portada de la novela 'Odio mi vida', de Nacho Herrero.
Nacho Herrero nos trae una historia actual sobre el cansancio y la rutina cargada de humor en su nueva novela 'Odio mi vida'.

¿Alguna vez has dicho eso de «Odio mi vida»? Si es el caso, seguramente lo hayas acompañado de algunas quejas sobre la falta de tiempo, el agotamiento laboral o el cansancio que provocan otras personas o responsabilidades. No es el caso de Leo, el protagonista de Odio mi vida, la última novela de Nacho Herrero publicada en Grijalbo. Él tiene un buen trabajo, una casa en propiedad y todas las oportunidades a su alcance solo que… él también odia su vida.

Puede que este rechazo hacia nuestras rutinas sea un mal extendido en la actualidad que, pese a tener a veces lo necesario (salud, allegados, trabajo…), se está multiplicando casi como una epidemia generalizada. Nadie huye de ese sentimiento de no encontrar el sentido a nuestras rutinas y, aunque muchas veces la palabra que se use para esta queja no sea «odio», si indagamos en esa idea veremos que el sentimiento se le parece bastante.

De esta premisa, la de un hombre que aparentemente puede tener lo que quiera, surge Odio mi vida. Una novela que profundiza en el hastío desde la actualidad y el humor. La historia parte en un momento en el que la vida de Leo, que ronda los cincuenta años y está atado a la monotonía, comienza a vivir ciertos cambios que se irán desarrollando a lo largo de la trama.

No puedo evitar mencionar en esta reseña que, personalmente, estoy muy cerca del universo de las agencias de publicidad (donde trabaja el protagonista) y por ello las plataformas de gestión de tareas, la búsqueda de creativos y el trato con clientes que salpican el libro se sienten casi como propios. Pero no hace falta conocer ese mundillo para adentrarse en esta historia. Basta con leer las primeras páginas para entrar en la vida de Leo y sentirse atrapado, generando una necesidad imperiosa de saber qué va a ser de ella.

Odio mi vida es la historia de un cincuentón que, casi sin darse cuenta, se ve arrastrado al entorno de la okupación, que le proporciona las amistades de las que carecía y cierto sentimiento de comunidad. Solo que esto también le lleva a estar muy próximo a negocios turbios, muy turbios. Un cincuentón que debe hacerse cargo de sus sobrinas de vez en cuando. Un cincuentón que busca el amor sin ser del todo consciente de ello. A lo largo de la novela, Nacho Herrero va entrecruzando estos hilos con naturalidad para dibujar el retrato de este publicista, un personaje que —como anuncia el título— odia su vida. O al menos cree hacerlo. Porque quizá no sea tanto odio como cansancio, desconcierto o una insatisfacción mal digerida.

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es la forma en que sumerge al lector en debates muy presentes en la actualidad sin perder el pulso narrativo. Odio mi vida funciona también como una reflexión sobre cómo el sistema va erosionando las ilusiones personales, algo que se encarna especialmente en la agencia de publicidad en la que trabaja el protagonista. Un espacio donde el trabajo lo ocupa todo, donde se normaliza la idea de que ese es el lugar al que se pertenece y de que no hay nada más allá. Herrero muestra con acierto cómo esa maquinaria termina por absorber al individuo, vaciándolo de expectativas mientras le hace creer que ha alcanzado su sitio ideal. Esta idea queda especialmente clara en una conversación entre Leo y un joven que aspira a trabajar en su empresa, uno de los momentos más reveladores de la novela. En ese diálogo se condensa el choque entre generaciones, pero también la transmisión casi inconsciente de un modelo vital basado en la renuncia, el conformismo y la identificación absoluta con el trabajo. Un espejo incómodo en el que el lector reconoce no solo al protagonista, sino también muchas de las dinámicas normalizadas del presente.

Odio mi vida es una historia ágil que aborda diferentes temas, algunos capítulos los narra el protagonista en primera persona y en otros vamos viendo el avance de las demás tramas como el grupo que ha okupado la casa frente a la que vive Leo, los líos legales que rondan a la agencia en la que trabaja o el grupo de matones que pretende acabar con los okupas. Todo ello narrado con un humor y un desparpajo propio de quienes no odian su vida, sino que entienden los porqués de sus sentimientos.

Todo ello aderezado con un ritmo in crescendo en el que las escenas más imprevisibles se presenta de forma natural para conseguir que el lector sonría y, sobre todo, empatice.

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