María Frisa: “Considero la novela negra un género de denuncia social”

"El nido de la araña" es la segunda incursión de María Frisa en la novela negra

Si como enuncia Rosa Montero -aunque no desentonase en boca de Fred Vargas o  P.D. James- se ha de desconfiar de aquellos que poseen más respuestas que preguntas, la segunda incursión en el thriller de María Frisa (Barcelona, 1969) condensa como su antecesor ese grado sólido de honestidad con la que gratifica una lectura activa. El nido de la araña hila fino, sin dejar cabos sueltos, enredando al lector en una trama amenazante en torno a un secuestro con un desenlace un paso más allá de lo inadvertido. Porque la clave no está en el engaño, sino en cómo la vida y su intriga suceden frente a nosotros mientras observamos los aledaños.

Nokton Magazine: Comenzar por el final es un gran principio. Cuando se cierra El nido de la araña es imposible no replantearse lo que se ha leído…

María Frisa: Mi objetivo ha sido que le quede una sensación al lector de subidón, de “¡qué bien me has engañado!”, pero sin trampas, con un desenlace coherente con la historia. Para tener esa sensación, todas las piezas tienen que estar delante del lector. El escritor ha de ser lo suficientemente hábil para distraer la atención en otra dirección. Una de las bazas con las que juego son las ideas preconcebidas que tenemos todos y de las que no somos conscientes.

NM: ¿Como tomar conciencia del fuera de campo?

MF: Sí, abres el objetivo de la cámara que hasta ahora estaba en primer plano y de repente ves todo lo que había alrededor, a los otros. En la vida nunca tienes toda la información, vas viviendo e interpretando las situaciones desde tu subjetividad. Un mismo hecho, visto desde ángulos diferentes, cobra varias perspectivas.

NM: La novela arranca con la voz de una niña asustada llamando a su madre, Katy. De que esta última cumpla la voluntad de los secuestradores depende la vida de su hija. El precio promete ser alto. ¿Es difícil mimetizarse con un personaje al límite?

MF: Katy, la protagonista, es el personaje que da la cara. Con gran fuerza y a la vez tremendamente vulnerable. Como todos, tiene sus momentos de grandeza y de miseria. Ha conllevado su dificultad, pues he querido que en su recorrido despierte dudas en el lector, sin embargo, he de confesar que el personaje que me ha sido más complejo de escribir es la gran elipsis de la novela. Como ves, este libro es más bien para hacer un club de lectura (ríe).

NM: “El nido de la araña” hace un guiño a “Cuídate de mí”, tu anterior y primera novela negra, con la aparición de un rostro familiar, pero no es el único enlace. En ambas sobresale un fuerte compromiso contra distintas lacras sociales.  

MF: Sí, si en Cuídate de mí hablo de la violencia de género y el ciberacoso, en mi actual novela hago una reflexión, una denuncia de todos esos procedimientos de psicología conductual que se hicieron sobre todo en EEUU, cuando parecía que era el paradigma que iba a solucionarlo todo, y se hacían barbaridades. He incluido una nota de autor para recordar lo que ocurrió en un tiempo no tan alejado. Considero la novela negra un género de denuncia social. Nos duele lo particular, cuando vemos la historia y lo que supone para los personajes. Precisamente lo que puede parecer más inverosímil del libro es justo lo que sucedió.

NM: Otra particularidad de ambas novelas es el protagonismo femenino, no tan habitual en el género. ¿Pesan los clichés?

MF: Es cierto que puede ser más inusual. Creo que las mujeres llevamos siendo comitiva en la novela negra desde sus inicios, con el hard-boiled americano, etc. Eran otros tiempos, los roles de la mujer eran siempre la femme fatale que va a destruir la vida al hombre o el ángel del hogar que está ahí siempre para cuidarlo o, por supuesto, la víctima. Hemos evolucionado lo suficiente para dejar de ser comparsa en la vida de los hombres. Las mujeres debemos reclamar nuestro sitio y nuestro protagonismo.

¿Qué estarías dispuesto/a a hacer por salvar la vida de tu hijo/a?

¿Hasta dónde llegarías por salvar a tu hijo/a?

NM: ¿Qué te influye más cuando escribes: Tu experiencia como escritora o tu formación como psicóloga clínica?

MF: En este caso sí hay un gran componente de psicología conductual y uso juegos psicológicos como el dilema del tranvía, la tabla de Carnéades… pero me sirve más aprender de los libros que leo. Para ser un escritor lo más importante, además de que tengas algo que contar, es ser un gran lector y un lector atento. Leo muchísima novela negra, veo muchas series, y una vez concluyo, vuelvo para atrás para detectar dónde ha hecho el autor que yo mire.

NM: ¿Qué sensación te producen los finales previsibles?

MF: La novela negra es un duelo de inteligencias entre el escritor y el lector y para mí se resuelve en el final. Un reto de resolución del misterio en la que el lector se implica. Dentro del género siempre ha existido la novela enigma (asesinato, un robo…), como las de Agatha Christie o en su inicio Edgar Allan Poe. Cuando escribo siempre tengo pensado cómo acabar la historia, si no es imposible. Creo que se nota cuando un autor escribe una novela sin saber cómo concluir y lo decide cuando quedan 40 páginas. Me parecen novelas fallidas.

NM: La antítesis del gran maestro del suspense, Alfred Hitchcock, cuya presencia se intuye -y se menciona- en El nido de la araña, junto a otras referencias cinematográficas. ¿Es uno de tus referentes?

Soy una gran admiradora del director. A pesar de los años que han transcurrido, la cantidad de thriller y suspense que leemos o vemos, para mí sigue siendo el mago, el maestro. Quise hacer un homenaje a Psicosis, aunque no es mi película preferida, pero sí de las más conocidas. Se trata de un homenaje y por otro una especie de pequeña broma con el lector. De entrada, no asocias, hasta que al final ves que la novela no puede ser más Psicosis.

NM: ‘Los padres estaban por encima del bien y del mal cuando se trataba del bienestar de sus hijos’ se lee en la novela. Es indudable que la madre de Norman Bates votaría a favor.

Todo lo relacionado con la maternidad va de la mano del germen de la novela. Recuerdo que el pediatra de mis hijos una vez nos dijo que era muy curioso que todos los padres que acudíamos intentábamos hacer por nuestros hijos lo que creíamos que era mejor, pero muchos no se daban cuenta de que lo que creían que era lo mejor acababa siendo un error enorme, aunque no estuviera en su mano indicárselo. Creo que es verdad. ¿Quién sabe lo que es lo mejor o no? La sobreprotección, por ejemplo, no es buena a largo plazo.

NM: El amor con sentido de propiedad.

Así es, el sentimiento de que tus hijos te pertenecen. Hay una película, Canino, de Yorgos Lanthimos, donde es llevado al extremo. Hay muchísimos ejemplos de padres que se realizan y viven a través de sus hijos. Lo que hay que entender es que no se puede hacer con ellos lo que uno quiera, los hijos no son objetos, sino personas.

María Frisa, autora de "El nido de la araña"

María Frisa, autora de “El nido de la araña”

NM: Tu trayectoria como autora de literatura juvenil es extensa. Sobresale la serie “75 consejos”, que destaca por su frescura, lejos de cualquier tono aleccionador.

MF: A los niños basta con que les digas no para que no hagan caso. Es mejor que vean lo que hace Sara, su protagonista, y lo que sucede cuando le sucede algo y que saquen ellos las mismas conclusiones y puedan identificarse.

 NM: ¿Debería fomentarse más la lectura lúdica en los niños? 

 MF: Parece que todo lo que tienen que leer tiene que ser algo didáctico, que siempre les enseñe. Si queremos hacer lectores tienen que darse cuenta de que leer es divertido. Luego ellos mismos irán buscando lecturas más complejas o sofisticadas. Nunca he entendido esa insistencia en la literatura en mayúsculas, como la alta o la baja cultura. Durante la pandemia, la literatura, en su amplitud, ha servido mucho para que la gente se evada.

 NM: De la lectura depende también la comprensión lectora, la capacidad de reconocer el contexto, la profundización… Su ausencia cristaliza a diario en las RRSS y otras plataformas virtuales y es abono para el ciberacoso. Una experiencia que desgraciadamente conoces.

MF: Se debe a la rapidez con la que vivimos. En 2016 sufrí un linchamiento por un libro que había publicado tiempo atrás, 75 consejos para sobrevivir en el colegio, y del que había hecho cientos de charlas. A partir de unas frases fuera de contexto pidieron por Change.org que lo retirasen de las librerías por su “machismo”. Durante un tiempo fue traumático, pero luego me sobrepuse, es la capacidad de adaptación del ser humano. Lo hemos visto con la pandemia. En mi caso, mucha gente después escribió en la petición y me escribió por redes para pedirme perdón. Ahora ni me acuerdo.

NM: ¿Te condicionó en tu relación con las redes?

MF: Lo que supuso es que desde entonces soy más consciente de lo que comparto y tengo la precaución de no subir información personal; por lo demás, hago un uso normal. A veces no somos conscientes de lo expuestos que estamos, de las personas que hay al otro lado. Es importante ser precavidos.

 NM: Otro de los males contemporáneos en expansión es la autocensura. ¿Cuál sería tu antídoto?

MF: Si lo piensas, casi todo se puede malinterpretar. No solo está en lo que escribes, sino en la cabeza del que lo lee. En su momento mucha gente me acusó de machista y ahora me “acusan” de feminista, cosa de la que no me importa ser señalada. Depende del receptor más que del emisor porque, a ver, las dos cosas a la vez no puedo ser. Hay que optar por ser fiel a uno mismo.

NM: ¿Continuarás indagando en el género negro a corto plazo?

MF: Sí, estoy trabajando en un proyecto muy personal, una especie de thriller histórico que transcurre en una época y lugar muy determinados, lo que es incluso más importante que la trama y los personajes. Conecta con algo que ocurrió en España y que muy poca gente conoce. Dentro de la denuncia social, me toca a nivel personal.

NM: ¿Qué significa escribir en la práctica?

MF: Un proceso de horas. No solo como cuestión de tiempo, sino como estado mental. La manera de implicarse es marcarse una rutina, apetezca o no, aunque si un día me sentara y no tuviera la emoción, creo que lo dejaría. Cada libro lo peleo de la primera a la última línea.

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