El tiempo detenido en pandemia

La persistencia de la memoria - Dalí.
La persistencia de la memoria - Dalí.

Va a pasar un año y parece que han sido décadas. Solamente un año, antes de que la vida normal fuera una utopía y la distopía fuera la vida normal. El tiempo es relativo, si no pregúntenle a Einstein o, si no quieren malabarismos intelectuales, asómense al famoso cuadro de Dalí La persistencia de la memoria, donde los relojes se derriten. Pero esa relatividad ha llegado tan lejos que las agujas del reloj son un chiste macabro y se van difuminando para no tener razón ni siquiera dos veces al día, aunque estén paradas. No para todos, pero si para algunos.

Volverán los abrazos y los besos, claro, pero solo como concepto teórico porque si les ponemos nombre y apellido, hay muchos (demasiados) que no volverán. Y el tiempo se detiene, ya no existe. Y no existe tampoco en lugares donde nada sucede y el ajetreo de la urbe solo es un susurro lejano, un boceto a modo de epílogo de lo que una vez fue la vida.

Estos lugares, donde la línea del tiempo pasa inadvertida, están en todas las ciudades, muchas veces en calles bulliciosas, aunque esto no impida que allí, en esos lugares, el ruido solo sea un rumor vago que no molesta, y dibuja perfectamente el abismo entre el ritmo frenético y la quietud absoluta. Dos realidades paralelas, como cuando el personal sanitario acaba su turno lleno de miedos y desastres, y de camino a casa observan la alegría de los bares y la gente ajena a todo, feliz.

Ha pasado casi un año, a veces menos, y ya hay muchas casas (esos lugares…) que han dejado de abrir y cerrar la puerta. Donde ahora el click de un interruptor sería un ruido atronador. Estas casas se vaciaron de pronto porque el enemigo invisible se coló por alguna rendija y se llevó de la mano para siempre a quien la habitaba. Algo pulsó el botón de la pausa, convirtiendo en nimiedades las cosas importantes y en cosas importantes las nimiedades. Cada cuadro con fotos que nos devuelve una sonrisa quedó en su sitio, unas monedas que nunca se intercambiaron por una barra de pan, media botella de vino o la ropa bien colocada en el armario.

Hubo un día en que cada una de esas casas vio salir por última vez a su legítimo inquilino, a veces en solitario y otras arropado por un séquito uniformado, que en vez de pétalos arrojaba minutos de vida. Y ese inquilino se fue sin saber que era la última vez que colocaba bien los cubiertos en el cajón, la última vez que pasaba un paño por la encimera o sin percatarse de cuál fue la última vez que algún vecino le dedicó un «Buenos días».

Quizá, a veces, esas cuatro paredes reciban visitas clandestinas o esporádicas, siempre solitarias, de gente que vio o participó de alguna manera en lo anterior al pozo de ausencia en el que se han convertido ahora. Esas visitas, huérfanas de un cariño concreto, se empeñan en evitar que el polvo crezca en los recuerdos, revisando que todo está donde debiera, con el afán del que sigue regando una maceta donde solo hay tallo seco.

Hay un mantra que no para de repetirse en estos días donde la esperanza tiene forma de aguja, y es que «saldremos adelante», no mejores, que ya sabemos que no. Simplemente saldremos. Pero en este nosotros implícito no cabe ningún ex habitante de esos lugares, de esos agujeros negros del universo de lo cotidiano, que quedaron con las persianas a medias.

Casi un año después la Tierra sigue girando, y como diría Juan Ramón Jiménez en sus poemas agrestes «Y el pueblo se hará nuevo cada año…» pero en todas las ciudades habrá nidos de tiempo detenido donde ya solo cabe el pasado.

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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