Cruzar el puente y pensar la escena juntos en La Praga

Centro de Artes La Praga.
Centro de Artes La Praga.

Hace aproximadamente cinco meses en Usera, apenas a diez minutos andando de Matadero, el colectivo artístico Calatea abrió el Centro de Artes La Praga. Un pequeño espacio cultural que combina una sala ensayo con una zona de “cowork”. En él conviven los miembros del propio colectivo con artistas en residencia, gente del barrio, o iniciativas autogestionadas de actividades que van desde el teatro a la autodefensa feminista.

Paseando por Madrid Río, rodeado por ciclistas y niños que salen del colegio, me dirijo al Centro de Artes La Praga. Nada más cruzar el río, en una calle pegada al borde de Usera, aparece por fin el letrero del local.

Es un lugar acogedor, blanco y luminoso. Hay dos alturas: una sala diáfana abajo, para ensayos, con alguna dependencia menor para el almacenaje y arriba una zona con mesas que utilizan como oficina. Me recibe Paula Cueto, una de las fundadoras de Calatea.

Desde sus inicios en 2013, como grupo de artistas que empezó haciendo talleres en un colegio del barrio de Aluche, Calatea ha seguido una línea de trabajo: utilizar las artes escénicas como forma de intervenir en la construcción de la ciudadanía.

Ha llovido mucho desde entonces y en este tiempo han llevado a cabo proyectos como el festival Piel con Piel, impartido clases en colegios e institutos, y actuado en espacios públicos y teatros. Siempre han llevado el teatro como caja de herramientas para repensar y transformar el entorno, con un especial énfasis en la construcción de la identidad, el trabajo con jóvenes y lo comunitario. No en vano, sus integrantes vienen no sólo del mundo del teatro sino también de la filosofía y la educación.

Tras disfrutar de una residencia de seis meses en la fase piloto del proyecto Madrid en Crudo, se hizo patente la diferencia entre disponer de un espacio propio y carecer de él.

Interior del Centro de Artes La Praga.

Interior del Centro de Artes La Praga.

Nokton Magazine (NM): ¿Porqué os decidisteis a abrir La Praga?

Paula Cueto (PC): Yo era muy reticente a tener un espacio, porque en la experiencia anterior que tuve con una compañía, tenía la sensación de que nos dedicábamos a ser gestores inmobiliarios, al final invertíamos muchísimo tiempo en mantener un espacio. Además había hecho un master de escénicas en el que había una crítica muy fuerte al hecho de que la escena se diera en una sala, cerrada, tipo laboratorio, en lugar de en relación con espacios y contextos distintos.

Pero cuando nos dieron esta residencia lo vimos claro. No somos unos modernos, asumámoslo. Nuestra vida no va a ser estar de viaje haciendo residencias por Europa, mostrando procesos… no. Necesitamos un sitio de curro, donde tener todos nuestros papeles, donde no perder las cosas, donde entrenar… y luego ya veremos. Si queremos darle un empujón a Calatea como grupo, los grupos, igual que las personas, necesitan una casa.

NM: ¿Os fue difícil encontrar local?

PC: Fue relativamente rápido, porque este en cuanto lo vimos lo tuvimos claro: está en nuestra zona cercana (Arganzuela – Usera – Carabanchel), apenas tuvimos que hacer reforma, el propietario es un particular del barrio…

Fue como: mira, igual sale mal. Analizando muchas conversaciones, de gente cercana, queda claro que somos una generación que ha crecido con el discurso y con la realidad de la crisis. Tenemos tan asumido el discurso de la precariedad que no nos damos la oportunidad de invertir, de intentarlo y que a lo mejor salga. Entonces… bueno, apostemos. Ahora estamos en ese momento “cuerda floja” del que nunca te alejas demasiado.

NM: ¿Qué hacéis habitualmente?

PC: En el piso de arriba tenemos la oficina y la sala de reuniones, y abajo la sala de ensayo, que se alquila a quien lo quiera usar y por otro lado ahí creamos toda nuestra actividad: los talleres que damos a la compañía joven Teatro Despertares, también nuestros ensayos, de un espectáculo de teatro inmersivo que estrenaremos en junio en varios espacios de esta misma calle, los entrenamientos…

Nos hemos dado este año para estar a la escucha, para ir respondiendo a la pregunta de “cómo sería un centro de artes que no tenga un plan diseñado de programación de antemano” Nuestra idea trata más bien de conocer qué caldo de cultivo hay, qué gente se acerca a este espacio, y a partir de ahí vemos. También tenemos programación familiar los domingos, que estando al lado de Madrid Río funciona muy bien.

Además tener un espacio propio nos está dando un encuentro con artistas y con gente que está haciendo cosas muy interesante, porque no es desde el postureo de las cañas de después de un estreno. Tiene más que ver con: ¿Para lo que estás haciendo, qué necesitas? y a partir de ahí, ¿cómo lo podemos hacer? Es más real, más en la masa. Entonces vienen, te pasas a ver un ensayo, es otro tipo de relación que mola mucho.  

Y no sólo por la propia colaboración sino por estar en contacto con las cosas que está haciendo la gente de tu entorno. Por ejemplo en mayo hay unos artistas que están aquí ensayando una cosa y querían hacer una muestra: “¿lo podemos hacer aquí?” Y de ahí sale algo. O los pactos que tenemos con compañías para hacer residencias aquí, con lo que este lugar se convierte también en una manera de compartir recursos.

Es decir que no tenemos un discurso super claro, desde arriba, pero están pasando cosas.

NM: ¿Qué necesitaríais?

PC: Pues… una nevera, una estantería y un par de alfombras para esta parte del suelo (risas). No, pero aparte de cosas materiales, si puedo pedir lo que quiera… (reflexiona unos instantes) Me gustaría estar más conectada con el resto de colectivos, por lo menos, de mi zona o de Madrid; me gustaría que se nos tuviera en cuenta y se nos incluyera o se nos ofreciera la posibilidad de programar cuando se organizan cosas como el SURGE, que hubiese un catálogo de espacios mucho más amplio en ese tipo de iniciativas.

Me gustaría no tener que estar preocupada por cosas tipo “se puede o no se puede abrir al público, se puede hacer esto pero no lo otro, con tal o cual licencia… simplemente queremos hacer actividades culturales. No venimos a liarla, solamente a hacer nuestro trabajo.

Ya puestos, me encantaría poder contratar a alguien que nos ayude con la administración. Que pudiéramos dar empleo a gente en la parte de gestión y administrativa. Que no nos da la vida para hacer todo lo necesario como querríamos.

NM: ¿Y de aquí a un futuro, qué te gustaría que ocurriese?

PC: Me molaría… (reflexiona) que no se nos coma el moderneo; no tener que alquilar la sala por motivos puramente económicos, que pudiéramos mantener una línea de alquilar a gente que viene a desarrollar procesos creativos; y que no dependiera tanto de nuestra implicación personal y vital. No tenemos grandes aspiraciones respecto al espacio, las nuestras van más por el desarrollo de Calatea. Pero aunque es la casa de Calatea, por sí mismo, tendrá vida propia, no sé a dónde irá.

Es verdad que están saliendo un montón de espacios nuevos, y aún así la gente está muy falta de sitios para crear. Yo creo que eso va a cambiar poco a poco, el ayuntamiento está sacando cosas, pero es que hace falta. Hacen falta lugares, somos muchísima gente en esta ciudad y en comparación a otras ciudades españolas o europeas hay muy poco apoyo y muy poca infraestructura de momento para la creación escénica. Me gustaría que fuera más fácil: para nosotros, sostenerlo, y para la gente, poder permitirse un lugar de ensayo o conseguir una cesión.

La Praga es un ejemplo entre otros tantos pequeños espacios en la periferia de las grandes ciudades. Hablamos de asociaciones, salas de ensayo, talleres de artistas, etc. que generan un caudal significativo de cultura. En Madrid, barrios como Vallecas, Carabanchel o Puerta del Ángel  albergan una constelación semioculta de locales y naves reconvertidos en espacios culturales. En torno a ellos hay debates sobre gentrificación, precariedad, profesionalidad, o acerca de la normativa para locales abiertos al público, entre otros. No es una tendencia nueva, es la última oleada de una realidad ya muy asentada en los entornos urbanos desde el siglo XX.

A pesar del poco reconocimiento que reciben, sí ocupan un lugar en la vida de la ciudad: fomentan la convivencia, crean oferta cultural y ejercen una cierta compensación territorial de la misma. Actúan como tejido conectivo para la propia sociedad. Su cotidianidad se debate entre una actividad pública que necesitan para subsistir y dar sentido a su propia existencia, y otra parte oculta, cautelosa, que vive pendiente de que la menor insignificancia pueda significar el cierre o una sanción que directamente lleve a él.

 

Terminamos el café y llega un compañero de Paula: tienen que ponerse a trabajar. Nos despedimos, salgo y cruzo de nuevo el puente, en dirección al centro.

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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