Aún estamos a tiempo (gracias a Banksy)

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Iré al grano: lo peor viene después de la universidad. Para empezar, los bonos de transporte ya no sirven. Empezamos a tener trabajos que pensamos que ibais a adorar (eso si tenemos suerte). Luego, por muchos libros y música que hayamos leído o escuchado, nadie nos enseña a combatir la monotonía del día a día que (queramos o no) vamos a tener que soportar.  Lo repito por si no me han oído los del fondo: la monotonía que todos vamos a tener que soportar. Nadie nos dijo que tendremos que desatascar por nuestra cuenta un fregadero. Cargar con nuestros padres, que envejecen a una pasmosa velocidad.

Supongo que es el gran fallo de la educación. En vez de aprender a usar la imaginación para combatir cada minuto con sesenta segundos de combate bravío la hemos relegado a una hoja de estilo, separada de nuestro interior.  Hemos transformamos la imaginación en la trilogía de El Hobbit. Bravo. Qué imaginativo, todos esos mundos fantásticos, que diría Guaré. En lugar de pensar en cómo ser mejores con los otros preferimos pasar el tiempo pasándonos la última pantalla del Candy Crush. Matar el tiempo en lugar de exprimirlo.

El artista Banksy sabe que nunca hemos estado en las estrellas. Quizás él nunca tenía tiempo mirarlas, allá en Bristol, haciéndose un nombre saltando de azotea y azotea. Sus obras han aparecido en las paredes de Nueva York durante este mes octubre, puntuales y distintas, día tras día.

Su mirada es limpia, valiente, ajena a los filtros de Instagram: niños limpiando botas a iconos de comida rápida. Retratos del Ché ridiculizados a base de repetición y desgaste. El elemento de sorpresa es clave: su obra se basa en la interrupción de la monotonía en el paisaje cotidiano. Su figura (sin rostro, pero con un discurso social abierto a todos) entiende que los anuncios de Coca-Cola e Ikea que nos rodean son nuestros, al igual que las calles de las ciudades. Que está en nuestro poder manipular (y alterar) Facebook, y no al revés. Trastocar la monótona realidad que (todos) hemos aceptado como única.

Convertido en una moda a base de camisetas, Banksy argumentó una vez que el capitalismo siempre inventa la manera de asimilar sus enemigos dentro de su propio sistema.  En el fondo, el artista sabe que su poder está limitado, que este mundo no es el mejor que podríamos tener. Que la suerte está echada. Y aún así, en vez de rendirse, el inglés prefiere disparar preguntas sobre hacia dónde nos estamos dirigiendo.

Perdidos en una maraña de información, Banksy es capaz de poner a la venta obras originales a 60 dólares (precio verdaderamente ridículo) y conseguir que apenas nadie las compre. A la mañana siguiente, pese a que el artista aseguró que la oportunidad no se iba a repetir, artistas como Dave Cicirelli pusieron a la venta en el mismo lugar obras falsas con el sello de ‘in-autenticidad’ de Banksy.

Las obras de nuevo estante se agotaron a las pocas horas. Lo original deja de tener relevancia cuando cualquier retrato puede encontrarse en Google. Al parecer, la nube del hype es lo único que importa ¿Existe valor en las cosas que nos rodean o solamente nos limitamos a ponerle un precio?¿Estamos saturados de copias, RTs? ¿Somos capaces de distinguir algo más que un simple ‘me gusta’? 

No hay conclusiones esperanzadoras a menos que las busquemos por nosotros mismos. La imaginación (como herramienta vital para la vida) debe volver a nosotros. Una imaginación activa, incesante, a pie de calle, que nos dé soluciones a los problemas en vez de evadirnos de la realidad. Una imaginación que surja de nuestros ojos, de mirar el mundo de manera diferente, valiente, radicalmente optimista. Una imaginación que nos pertenece y nos comunica con el mundo exterior (la definición fundacional y más completa del arte, supongo). Aún estamos a tiempo de conseguirlo (gracias a Banksy).

Aún estamos a tiempo de aprender a mirar.

Foto: Mar López (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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