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¿Qué nos queda del Grand Tour?

Consumimos más viajes que nunca. En 2019 -es difícil valorar el último año por la influencia del Covid en este sector- la OMT (Organización Mundial del Turismo) registró 1.400 millones de llegadas de turistas internacionales en todo el mundo. Lo que equivale a prácticamente la quinta parte de la población mundial. Pero el turismo se ha ido transformando en las últimas décadas en algo muy alejado del concepto primigenio que le impartieron en el s. XVIII a través del Grand Tour. Hoy percibimos el turismo a través de la irrealidad que nos propone Instagram o nos vemos abocados a no poder visitar lugares mágicos porque el propio turismo ha arrasado con ellos. ¿Nos queda algo de esa esencia del viaje cómo descubrimiento personal y cultural?

Han pasado varios siglos para que el turismo se democratice y, en mayor o menor medida, la población se lance a coger un vuelo barato de fin de semana, a dedicar unos días al turismo nacional, o a invertir en un gran viaje. Pero antes hubo unos precursores con unos objetivos bien distintos y cuyos souvenirs no consistían en tote bags, tazas, o en las horteradas que se venden en cada paseo marítimo. Sino en retratos de grandes artistas, sedas, o vinos –vale, esto quizás si lo seguimos trayendo de nuestros viajes-. Unos turistas que además de dar a conocer el viaje revolucionaron el arte.

Por supuesto no fueron los primeros en escribir sobre lo que aprendían de sus viajes. Ya en la Grecia Clásica Heródoto o Plutarco, entre otros, pusieron negro sobre blanco sus viajes desde una perspectiva historicista. Después llegarían cronistas como Pigafetta (partícipe de la primera vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano), o filósofos como Michel de Montaigne. Este último plasma su recorrido por Alemania, Suiza e Italia en Diario del viaje a Italia (recientemente publicado en una edición excelente de Acantilado) adelantándose en 200 años al Grand Tour. Al menos al de Goethe, uno de los primeros en publicar sus diarios de este recorrido que, por entonces, tenía como destino Roma. Lo hizo en Viaje a Italia (publicado en 1817 aunque su Grand Tour tuvo lugar en 1786).

Roma era el destino del Grand Tour.

Es por tanto durante la Ilustración cuando el placer de viajar comenzó a asentarse. El Grand Tour requería mucho tiempo de preparación buscando las mejores rutas, y el trayecto podía durar meses o años. Partían a la búsqueda de conocimientos, de descubrir la antigüedad clásica, de asentar nuevos pensamientos y de transmitirlos. Normalmente los transmitían a través de novelas, poemas y diarios en los que presentaban todo lo que se encontraban, desde aspectos meteorológicos o geográficos a otros más populares como las fiestas, las posadas o las calles. Poniendo por supuesto especial énfasis en las descripciones culturales (a veces acompañadas de dibujos) en las que escriben sobre universidades, arqueología, arquitectura, pintura, bibliotecas… Lo que, salvando las distancias estilísticas, evolucionaría en guías de viajes, blogs, e incluso comentarios de TripAdvisor.

Sin embargo uno de los aspectos que más debemos agradecer a ese auge del Grand Tour es la expansión artística que supuso. Los souvenirs con los que regresaban comenzaron a formar parte de un nuevo coleccionismo privado en forma de antigüedades, muebles, obras de arte o libros, y acercaron estilos por toda Europa. Por ejemplo los retratos de la Inglaterra del XVIII no serían los que conocemos si no hubiesen llegado algunos ejemplos de lo que se hacía en Italia. Incluso crearon nuevos formatos como las vedutes -pinturas de vistas urbanas- en los que vieron una oportunidad única artistas como Wittel, Canaletto o Bellotto. Un concepto que, de nuevo salvando las distancias artísticas, ha evolucionado primero en postales y ahora en el carrete que ocupa cualquier móvil.

El Grand Tour se convirtió así en una práctica habitual para los nobles europeos aunque no todos veían su aspecto positivo. El economista Adam Smith no dejó de criticarlo como muestra en su texto dentro de La riqueza de las naciones por considerarlo un sustitutivo de la universidad en el que quien lo realiza “normalmente vuelve a casa más engreído, menos escrupuloso, más libertino y menos capaz de dedicarse seriamente al estudio o al trabajo que lo que estaría si hubiese pasado ese periodo breve en su propio país”. Hoy su teoría de la mano invisible tendría que tener muy en cuenta un sector como el turismo.

Veduta de Roma de Gaspar Van Wittel.

Esos primeros pasos del turismo, entendiendo como tal el viaje por placer y de descubrimiento perviven, de una forma muy laxa y cada vez menos popular, en ese concepto del viaje iniciático que nos llega a través de las películas norteamericanas en los que los jóvenes, normalmente ricos y ociosos, dedican unos meses a viajar por el viejo continente como un símbolo de adquisición de conocimientos y de asentamiento de una correcta perspectiva de la vida antes de la adultez. Aunque obviamente esto está muy corrompido del concepto original. Y ya no es tan común.

De todas formas el viaje a Italia –destino principal en el s. XVIII pero que permitía al viajero recorrer también países como Francia, Alemania, Países Bajos, Bélgica o Suiza- no era algo nuevo. Desde la Edad Media los peregrinos acudían a Roma durante los jubileos. Pero el viaje religioso distaba notablemente de los objetivos del viaje de descubrimiento. Y es este el que nos acerca al concepto actual de viaje de ocio.

La sociedad nos ha llevado a tener unos escasos 25 días de vacaciones al año que, dan para lo que dan. Ir a visitar a amigos o familiares al pueblo, unos días de playa y, con mucha suerte, una semana en el extranjero conociendo nuevas culturas y creciendo interiormente. Cuanto menos en conocimientos históricos, geográficos y gastronómicos. Una semana está muy lejos de los dos años que se podían tirar en el Siglo de las Luces para su Grand Tour, pero la esencia quiero creer que pervive.

Fecha de publicación original: 17 de agosto de 2021

Rocío A. Gómez Sustacha

Rocío A. Gómez Sustacha es especialista en comunicación digital y periodismo cultural, así como cofundadora de Nokton Magazine.

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