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‘Janis’: el protocolo del biopic documental

Si en televisión fueron The Jinx (Andrew Jarecki) y Making a murderer (Moira Demos y Laura Ricciardi) los documentales que causaron sensación en 2015, en la gran pantalla fue Amy (la chica detrás del nombre) (Asif Kapadia). El de Kapadia pertenecía a ese espectro de obras que muestra la fulgurante ascensión y atroz caída a los infiernos de los juguetes rotos del mundo del espectáculo –estructura que, al igual que en la ficción, siembra la duda acerca de si existe otra manera de contar estas historias–. El documental de la vida de Amy Winehouse ha cosechado triunfos entre la crítica y el público, por lo que era un secreto a voces que el Oscar al mejor documental de 2015 era suyo. Este viernes día 4 de marzo, menos de una semana después de la ascensión a los altares mediáticos de esta historia sobre la diva del soul, llega a los cines de España otro documental con nombre de mujer, Janis (Amy Berg, 2015), con el que comparte premisa pero difiere en el enfoque aplicado.

Muchos nexos existen entre la cantante inglesa y Janis Joplin. No sólo se convirtieron en estrellas mundiales como solistas, sino que llevaron vidas paralelas –¿las estrellas de la música pueden llevar otro tipo de existencia?– y las terminaron con los mismos años y por los mismos motivos. Ambas pertenecen al fatídico Club de los 27, que reúne a artistas musicales que pusieron el punto final de sus respectivas historias a esa edad. Sin embargo, lo que permite que el cine sea un arte infinito es lo que diferencia a ambos documentales. Si bien lo que se cuenta es similar, la clave está en cómo se muestra la información. Si en Amy había una auténtica explotación del personaje público, con un relato que dedicaba una hora a temas extramusicales –la relación de Amy Winehouse con las drogas y cómo estas acabaron con su vida–, en Janis es la mesura la que rige la visión.

Apoyado en un potente archivo documental para la época, los años 60, la película sigue el convencional hilo en orden cronológico, que comienza a temprana edad. Es en su infancia donde se descubre una de las claves de este personaje: Janis no era lo que se considera una chica guapa, y esto la marcó de por vida. Esbozos de bullying siembran la semilla de la eterna búsqueda de la aceptación social, reflejo de una terrorífica inseguridad que no la abandonó ni cuando llenaba estadios.

La narración guarda las distancias en todo momento. Hay admiración por el personaje y la firme intención de no mancillar su nombre, y este rigor en el tratamiento es el primer paso hacia un gran documental, pero no el único que debe darse para alcanzar la meta. Y es que, al adentrarse en los terrenos de la seriedad, la directora pierde la perspectiva e invade la parcela del convencionalismo, reflejado no ya sólo en esa estructura tan manida, sino en el propio retrato del personaje. Cierto es que no esconde los caprichos y decisiones egoístas que Janis tomó a lo largo de su vida, pero la sensación final que se instala en la audiencia es la de no habérsele ofrecido un acercamiento real a la esencia de esta persona, sino más bien el producto ideal para una masa fanática ávida de la nostalgia del mito.

Fragmentos de grabaciones de estudio y conciertos, cartas escritas por la propia cantante y relatadas en primer persona por la cantautora Cat Power, entrevistas de rigor a los personajes que en algún momento tuvieron contacto directo con la artista, en la narración todo tiende al piloto automático. Llama la atención ese tan poco habitual énfasis acerca de lo mucho que cuesta alcanzar el éxito, como también ocurría en la reciente Joy (David O. Russell, 2015), pero en Janis se respira una amable sensación de intrascendencia. Si bien impecable y en todo momento disfrutable, poco realmente destacable se puede encontrar en la nueva obra de la responsable de Líbranos del mal (2006). La situación es, por tanto, inversa a la que se da en Amy, una obra por momentos radical y que tiende al morbo y al exceso, pero que lleva sus planteamientos hasta el final y apuesta por nuevos moldes para cocinar cine. Y es que siempre es mejor un fallo con personalidad que un acierto superfluo.

Fotos: Avalon

Yago Paris Pérez

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