El ritual chamánico de ADG7 desata el trance folk-pop en Madrid

Retrato de los integrantes en gira del grupo ADG7
Retrato de los integrantes en gira del grupo ADG7

El Auditorio del Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque no respondió a etiquetas cuando los integrantes de Ak Dan Gwang Chil (ADG7) saltaron al escenario el pasado domingo 4 de octubre en una parada clave dentro de su gira europea, organizada en el caso de Madrid en colaboración con el Centro Cultural Coreano en España.

Quien en su despiste acudiese a la espera de un concierto de folclore coreano ni siquiera tuvo margen de despertar aturdido, sino que directamente saltó sobre sus pies sin abandonar la butaca cuando HeeHee aulló para arrancar el festejo. Una rave chamánica de pop-folk-funk sacudió de inmediato el recinto con sus gritos festivos y la percusión como llamada.

Nacido en 2015 para conmemorar el 70º aniversario de la liberación de Corea e inspirado por el deseo de reunificación con la música como embajadora, el grupo trajo a Madrid un repertorio que congregaba desde la música sacra y sagrada hasta el minyo —la canción popular de la región de Hwanghae-do, en la actual Corea del Norte—, reinterpretado con una frescura descarada y guiños cómicos que dejaron obsoletos cualquier ratio de solemnidad.

Sin preámbulos, solo la explicación de contexto en el idioma más internacional (inglés), el duplo vocal interpretó Nanbongga (Nanbong-ga), célebre pieza del folclore de Hwanghae sobre amores no correspondidos que tarareaban las matriarcas, sus estimadas abuelas. Pero venga aquí una aclaración: Quien viniera con la lección aprendida de Spotify echaría en falta a la tercera cantante del grupo, Hong Ok. Por cuestiones de logística transcontinental, ADG7 acudió con ocho integrantes al asalto a Europa —esta vez con un vestuario más sobrio que sus habituales y chillones hanboks de neón—, pero sus compañeras Myeong Wol (Hee Rim Wang) y Yoo Wol (Minyoung An) guardaron el fuerte y se adueñaron del proscenio con su cómplice despliegue bicéfalo.  

Con The Luck Giver (Bokdaegam) y su adictivo estribillo llegaron los espíritus protectores y el rezo se alzó entre los focos para atraer la buena suerte y espantar los malos auspicios. En torno a las vocalistas, los seis músicos aseguraron que el cruce entre los vientos del daegeum y las percusiones ancestrales mantuvieran un halo hipnótico, a lo que se sumó el gran abanico de colores de Yoo Wol.

El ánimo pedagógico vino con gracia de la mano de Man-wol (Hyang Hee Lee), artífice del piri (instrumento de doble lengüeta primo del oboe) y el saenghwang (icónico órgano de boca construido con tubos de bambú), quien gracias al apoyo de la tablet y su perenne sonrisa, se dirigió en castellano al público presentándose como “Manoli”: “No hablo español, pero he preparado este momento porque quería saludaros en su idioma”. A continuación, la multiinstrumentista impartió con destreza una rápida lección de saludos en hangul para “hacer muchos amigos coreanos” y encontrar un final feliz. La clase incluía un “servicio postventa” mediante llamada a la oficina del grupo si el método fallaba. Las risas se extendieron entre los asistentes.

Si el canto del público había acompañado Yeongjeong Geori, un tema basado en los ritos gut con el punzante gorgeo de la chirimía de bambú (taepyeongso), el grupo respondía con dos lanzamientos recientes: TA y Zombie (Geunyang Zombie). Esta última, presentada con ironía por el líder de la banda, Hyun Soo (Kim Yak Dae) — “a little bit zombie” —, enlazó ritmos pegadizos con pasos de baile y muecas irreverentes.

Jinyoung (Sunwoo Barabarabarabam), ama de los matices del tambor janggu y de los gongs metálicos junto a Hyunjun (Chun Gung Dal) al retumbar del tambor buk, presentó Sword Dance (Kalchum). Tras su fuerza instrumental, llegó el turno de la épica No Limit, No End (Mujin), de contundencia vibrante y con las cítaras tradicionales de Weon Meondongmaru (Won Seon-hee) al gayageum y Kim Choi (Kim Choi Jong-byeonggihwa) al ajaeng sosteniendo el peso melódico y rítmico. Entre medias, el público había aplaudido la presentación por parte de las vocalistas de sus compañeros músicos.  

Dedicada con cariño a cualquiera que se sintiera solo, Hello, Lonely (Majireul Gayo) brindó un refugio reconfortante para el patio de butacas y, sin pausa, derivó en Moon Good (Moon Gut), una invocación a la luna donde el galope de los tambores aceleró pulsaciones. La catarsis colectiva estalló cuando ADG7 anunció un último regalo. Su festivo Let’s Dance! (Maeu Chwora), puso al público en pie y convirtió Conde Duque en una fiesta de pueblo. Para entonces, la ovación final confirmaba cómo en manos de la banda surcoreana la tradición y la contemporaneidad responden a un mismo idioma: La celebración de la vida.

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