Nokton Magazine - Revista cultural

Por qué hay que ver ‘Mad Max: Fury Road’ (más de una vez)

En Tres relatos de ciencia ficción el director Nacho Vigalondo fabulaba sobre el fin de la realidad audiovisual con la llegada de unos seres (presumiblemente extraterrestres) que construían todas las películas, series y música de nuestra cultura contemporánea.  El artificio tenía como misión evocar a tiempos mejores (auténticos) pero, según el narrador protagonista (melómano empeñado en recuperar la fe en la ficción) no lograba evitar la sensación de impostado (o insuficiente). En otras palabras: la ficción contemporánea resulta incapaz de estar a la altura de nuestra memoria nostálgica, ese lugar donde las canciones eran canciones, y las películas, películas.

Mad Max: Furia en la Carretera es la película sacada de ese mismo espacio, donde las expectativas no sólo se cumplen sino que son golpeadas y elevadas (y cómo) a la estratosfera. Vivimos tiempos donde nos conformamos con que las películas parezcan buenas, aunque no lo sean, donde el visionado ha dejado de ser una experiencia para convertirse en un consumo (rápido).
Saltamos de un estreno a otro, reafirmando actitudes y gustos en vez de cuestionarlos
. Ya lo decía Thom Yorke, Happier, fitter, safer. Habíamos olvidado qué era eso del estremecimiento. La sorpresa y la belleza.

Los tiempos cambian (y a veces, a mejor). La estética filogay de la primera Mad Max (nunca reconocida del todo) ha acabado mutando, dando paso a una interesante lectura del matriarcado como manual de supervivencia.  Con el estreno de Mad Max han surgido diferentes voces que criticaban ciertos aspectos del feminismo… o algo así.  Las segundas lecturas a la película parecen síntoma de cierta inquietud por intentar analizar cada detalle, por insignificante que sea (síndrome del espectador 2.0 salido de Lost).

Seamos claros: En un mundo marvelita donde las heroínas se abren paso con más pena que gloria, un personaje como Imperator Furiosa (y las novias) parece (como la propia película) una anomalía. Su pureza y honestidad es tal que confunde al espectador más cínico: positiva, frágil y valiente (en definitiva, humana) , el personaje de la Theron acaba casi el reverso positivo representado por ese fantasma que es Thomas Hardy.

Por otra parte, qué curioso que sea precisamente una película apocalíptica la que reúne más momentos íntimos, donde una extraña belleza mutante aflora. El mensaje es claro, y además, valiente: “que sea el fin del mundo no anula el hecho que el ser humano siga empeñado en crear belleza”.  El sentido de la maravilla heredero de la revista y posterior serie Metal Hurlant y las ilustraciones de Frazetta, Corben  Moebius está presente en toda la película, oda a una generación de artistas que propulsaron una época dorada del fantástico,  ése donde las mitologías no abandonaban la condición de ser humano sino que la reafirmaban.

El tiempo dirá si Mad Max: Furia en la Carretera quedará en una anomalía dentro del sistema, el último estertor (actualizado, hiperpropulsado) o el renacer de una manera de entender y hacer cine. De momento, sólo se puede celebrar que Furia en la Carretera haya llegado  y aún está con nosotros para disfrutarla, ajena a debates y controversias. Ahí, en ese rincón de nuestra memoria donde quedan (y perduran) las obras maestras.

José Manuel Sala

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