Nokton Magazine - Revista cultural
Foto: Teatro Fernán Gómez.
Aunque no se conoce teoría que lo ratifique, la celebérrima obra de Miguel Mihura podría venir a disfrazar de amor un claro caso de síndrome de Estocolmo. Para el asaltado la flecha escuece lo que alimenta una migaja y para el espectador es sinónimo de diversión sainetesca. De mutuo consenso se hace propósito de enmienda y en escena se ve poner un pie en París al españolito de provincias cegado por probar las mieles de la capital francesa y su afamado rubor libertino. Y las prueba al primer tropiezo en su alojamiento, pero como donde las dan las toman y la tentación vive en casa y su parisina no tiene ojos de mujer fatal, el ingenuo Andrés cumple por gavilán con el énfasis de una paloma. El cazador es cazado y estará por ver si la primera y última vez que ve la ciudad de las luces se enmarca en el recuerdo del cristal de un taxi. El ángel exterminador se llama Ninette y hace más de sesenta años que provoca anhelos de bateau–mouche a un señor de Murcia.
La encantadora aventura que tuvo su versión más reciente en el cine, con Elsa Pataky y Carlos Hipólito acaramelados frente a la cámara de Garci, recobra su escenario conocido ceñida al texto original y con un reparto risueño: desde la espontánea fluidez de Natalia Sánchez y el viñetesco pagafantismo de Jorge Basanta hasta el soporte gentil de los queridos Miguel Rellán y Julieta Serrano y el marcado intrusismo del amigo escudero, Javier Mora. César Oliva dirige un montaje evolucionado en género que se convirtió en hito en pleno franquismo con el talante de comedia y costumbrismo desinhibido.
Ninette y un señor de Murcia no calzaba el ademán de la tragicomedia, pero cosido al dobladillo de sus resoluciones se intuye, en mayor o menor medida como en las obras de su autor, el testimonio franco de la crítica. El brillo de los imaginados cabarets de París con los que sueña el pueblerino protagonista contrasta con la España gris y pueblerina, de misa y candelaria, del otro lado de los Pirineos. Las dos patrias, el hambre de posguerra, el estancamiento y los tópicos se disfrazan de ocurrencia y añoranza en madame Bernarda (Serrano) y monsieur Pierre (Rellán). El humor que les auxilia nos socorre también a nosotros. Sí, es verdad, queremos tanto a los entrañables personajes de Mihura, así pasen las décadas, que cabría preguntarse si los españoles hemos cambiado tanto. Eso creemos.
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