Nokton Magazine - Revista cultural
Léa Drucker y Mélanie Thierry en una escena de 'La vida de una mujer'
A cierta edad, los relatos sobre la madurez femenina parecen reincidir en la pérdida, la renuncia o la hipocondría. Una mala costumbre que la directora y guionista Charline Bourgeois-Tacquet (Royan, Francia, 1986) dinamita en su segundo largometraje desde la plenitud y la desobediencia a los mandatos del tiempo. La vida de una mujer nace de un impulso íntimo –la toma de conciencia sobre la brevedad de la vida tras la muerte prematura de una madre- y convierte el vértigo personal en una radiografía clínica de una cirujana (Gabrielle) que administra la presión del quirófano, asume el desgaste de los cuidados y se descoloca cuando el deseo no pide explicaciones. Un ejercicio que la actriz Léa Drucker (Caen, Francia, 1972) blinda a base de contención, negándose a reconciliar el dilema con la moraleja. Conversamos con ambas sobre los contornos de la adultez y la conquista de la soberanía personal.
Nokton Magazine: Charline, si en tu primer largometraje tratabas el deseo impulsivo y el desborde de la juventud, en La vida de una mujer entras de pleno en su etapa de madurez. ¿Sientes que es una continuación natural a tu retrato sobre la libertad afectiva de las mujeres?
Charline Bourgeois-Tacquet: ¿Cómo decirlo? No era necesariamente la intención o el punto de entrada de la película. Sí que sentí que yo misma me autorizaba a dejar de lado la comedia de segundo grado e ir a algo más existencial, más natural en cuanto a la exploración de una vida humana. Quería retratar a una mujer madura que es bastante libre, que ha escogido su vida y está en plena posesión de sus medios; explorarla de una forma distinta, como un personaje contradictorio y complejo que, aunque se enfrenta a muchas adversidades, es una persona muy fuerte.
NM: ¿Nos cuesta imaginar la madurez como un territorio de plenitud en lugar de como una etapa de renuncia?
CBT: Así es. Si también tenía ganas de hacer esta película era porque tengo muchas amigas que son más mayores que yo y que tienen vidas súper ricas. Vidas que me causan casi celos. Me inspiré en esas realidades para escribir sobre una mujer que ha cumplido sus propósitos. Hay varias que no tienen hijos y que me parece que han llevado una vida más libre que las otras mujeres.
NM: Hasta la llegada de Frida (Mélanie Thierry), la novelista que al entrar en su órbita provoca un cambio de trayectoria.
CBT: Era interesante saber qué pasaría si la zarandeábamos y la desplazábamos un poco cuando se encontrara en una situación de fragilidad, ya que para Gabrielle lo normal es controlarlo todo. Frida representa algo muy novedoso para ella, un deseo nuevo. Estaba convencida de que sería bonito asistir a cómo esa mujer pronto estaría en una situación de torpeza, de timidez… Tenía ganas de verla permitiéndose esa posibilidad. Me interesa cuando hablamos de la libertad en el amor y en el deseo y es algo que yo recomiendo en cualquier caso.
NM: En el arranque de la película, la protagonista es presentada a través de fragmentos, de la piel, del contacto físico… Léa, cuando ves el resultado, ¿te sorprende cómo te ha traducido Charline?
Léa Drucker: Tenía muchísima confianza en la exigencia estética de Charline, la exigencia de querer darle valor a la vida de esa mujer y contar también el aspecto carnal. Rendir cuentas de forma cinematográfica, pero haciendo que fuese muy humano, sensorial y real. Las secuencias de intimidad, muy difíciles de hacer por motivos técnicos y también para las actrices, estaban extremadamente pensadas y coreografiadas. Como intérpretes, siempre querríamos salir corriendo (ríe), pero somos adultos y reconocemos que hay una necesidad. Mélanie y yo trabajamos la puesta en escena desde la idea de lo que aporta la situación a nivel emocional y les encontramos un sentido. Conmueve ver a una mujer de cincuenta y pico años que está viviendo algo como si fuera la primera vez. Todo es bastante puro. Da vértigo porque nunca sabes cuál va a ser el resultado, pero viendo la película pensé que lo habíamos conseguido. No hay gratuidad ni provocación. Charline me ha mostrado con valor y no me ha sublimado como alguien que no existe.
NM: La historia nos revela las diferentes parcelas emocionales de tu personaje: La relación maternofilial, en pareja o con el mejor amigo, colega de hospital. ¿Crees que, entre todos los afectos, el amor propio es el más complejo de conquistar?
LD: Gabrielle no se dedica demasiado tiempo a sí misma. La mirada de Frida sobre ella hace que su ritmo se ralentice y de pronto se pause. Es una rareza en su vida verse totalmente desarmada. El personaje se hace pequeño en el plano en el que está frente a la montaña. Un momento simbólico que habla de un encuentro excepcional. Entiendo esa idea de en qué momento nos tomamos el tiempo para mirarnos a nosotros mismos, comprender quiénes somos y poder recibir también algo imprevisto que nos atraviesa. Lo he sentido en la historia que cuenta Charline. Después de escenas de hospital con un ritmo desenfrenado, con tres conversaciones en un móvil, reuniones con los internos, una operación… esta mujer se convierte en alguien distinto. Hay algo en ella que empieza a expresarse gracias al encuentro con Frida.
NM: ¿Se le puede atribuir en parte al componente intergeneracional, como en la relación entre Anaïs (Anaïs Demoustier) y Émilie Ducret (Valeria Bruni Tedeschi)?
CBT: Es verdad que sí era uno de los temas principales que quería contar en Los amores de Anaïs. Aquí no tanto. Podía haber sido una actriz con la misma edad de Léa. He escogido a Mélanie Thierry, que es un poco más joven, pero solo con diez años de diferencia.
LD: Había algo que me interesaba mucho de la película: El hecho de que Frida es otra forma de independencia. Porque Gabrielle es una mujer madura que controla su vida, pero a la vez Frida tiene una autonomía más solitaria. Son dos mujeres que no se parecen, que se encuentran y se fascinan. Representan dos maneras distintas de adueñarse de la libertad.
NM: Hoy en día, elegir no tener hijos sigue chocando con ciertos mandatos sociales. Al abordarlo, ¿pensabas en el peso de esos prejuicios o en la realidad de una generación que ya ha cambiado de pantalla?
CBT: Es curioso porque le decía a Léa antes que si hubiera hecho esta película hace treinta años, con una mujer que no tiene hijos y está feliz de su decisión, no hubiera sentido ya entonces que me salía de la norma y era una pionera. A día de hoy me da la sensación de que en las nuevas generaciones hay un montón de gente que van a decidir que no quiere tenerlos por el estado en el que está el mundo. Cuando me plantean esa pregunta ahora mismo me parece que estoy llegando un poco tarde. Creo que es casi un cambio de civilización que se está dando y no es algo que los jóvenes no consideren realmente una opción. No puedo predecir cuántos decidirán no ser padres, pero en el futuro veremos el número crecer.
NM: La película expone la tensión entre el éxito profesional, las obligaciones familiares y el espacio individual. ¿Cómo trabajasteis el tono para no caer en el drama convencional y mantener el pulso sutil de sus capítulos?
CBT: No me apetecía que estuviera demasiado guionizada, con una dramaturgia artificial y eventos espectaculares. Tenía la intuición de que había que ver vivir a esa mujer durante un año aproximadamente en todas las esferas de su vida. Es cierto que era una apuesta algo arriesgada. Mi productor estaba un poco inquieto por la idea de que no hubiera realmente tema y la historia no pudiera resumirse en una sola frase con un principio, una parte central y un final. Buscaba profundidad y era difícil mantener ese equilibrio, por lo que escogí construir la película dividida en once capítulos, con elipsis, para evitar la posible densidad.
NM: Léa, ¿ahondaste dentro de ti para construir a Gabrielle?
LD: Cuando interpretamos un papel siempre hay vínculos, directos o indirectos, resuena con nuestra vida personal. Gabrielle, en su plano profesional, responde a un perfil de autoridad que he visto en mi familia o mi entorno. En cuanto al amor, es algo tan íntimo y profundo que está conectado a nuestras propias vivencias. Pero siempre me apoyo en el guión. Cuando es bueno, una vez ya te lo sabes, puedes vivirlo. No es algo que se prepara, sino que se produce cuando empiezas a rodar y te dejas llevar por la situación. No tengo que buscar los elementos personales necesariamente, pero es una contaminación cruzada. Utilizamos lo que somos como actores. Es misterioso. Acabamos metidos en una sensación de déjà vu, como si ya lo hubiéramos vivido.
NM: Charline, tu nombre salta en los títulos de crédito de El porvenir, junto a Isabelle Huppert, o En un muelle de Normandía, protagonizada por Juliette Binoche. Pequeñas apariciones que te indexan como actriz. ¿Ese paso fugaz ante la cámara responde a un desvío o a una vocación?
CBT: Yo hubiera querido ser actriz, pero no lo soy en absoluto. Me ayuda a escribir porque actúo los personajes y me planteo preguntas poniéndome en la piel de los actores. Cuestiones que tal vez no todos los directores se plantean. Para mí la escritura es muy física. Es verdad que así llegué a hacer películas. Tengo una gran pasión por los actores y más aún por las actrices y para mí el rodaje es una fiesta.
NM: ¿Hacer cine para ti implica, de algún modo, una toma de postura?
CBT: Escribiendo este guion, sentí por primera vez que había algo un poco político, si se puede decir. Había compromiso en el reflejo de la existencia de esta mujer. Me preguntan a menudo si el filme es feminista. No quiero ser militante ni afirmar una ideología, pero hacer una película como esta de alguna forma es un gesto un poco político porque ofrece una representación de un tipo de mujer a la que no estamos precisamente acostumbrados en el cine y la literatura.
NM: De todas las inercias de las que la película propone liberarse, ¿cuál diríais que es la que más urge sacudir?
LD: Esa idea de que a partir de los 50 las mujeres ya están en cuesta descendente. El deseo, las ideas, la energía, las ganas de vivir… son infinitas. Han hecho que ese concepto planee sobre nosotras, cosa que no se ha hecho con los hombres. Eso está ligado a que después de cierta edad no puedes tener hijos. Creo que el pensamiento y las preguntas existenciales van evolucionando. O eso espero.
CBT: Estoy de acuerdo con Léa. Todo el proyecto de la película era ir en contra de esa idea preconcebida. Si pudiera tener un efecto más, sería dar al espectador ganas de vivir, de escuchar sus vibraciones y deseos. No frenar el impulso aunque dé un poco de miedo.
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