Nokton Magazine - Revista cultural

The diary of a teenager girl: “Quiero que me follen”

Phoebe Gloeckner se dibujó perdiendo la virginidad a los quince años con su padastro. Se dibujó haciéndole una mamada sin ningún tipo de pudor o censura a un señor que le triplicaba la edad. En nuestro mundo, una adolescente con una madurez sexual intensa y prematura debe esconderse en su habitación sobrecargada de todo tipo de curiosos adornos y dibujarse para expiar sus demonios internos durante más de 10 años reunidos en su cómic íntimo e inconfensable: The Diary of a Teenage Girl. Pero Phoebe, que no era una adolescente normal, gritó a través del lápiz para que otros escucharan la verdad escondida, que incluía pollas, coños, mamadas y otra clase de palabras que nadie quiere relacionar con la pubescencia, pero que tan relacionadas están. Y la verdad llegó a Marielle Heller, que utilizó el cine indie para llegar hasta mí.

¿Pues sabéis qué? Que yo también he tomado ejemplo:

La primera vez que me masturbé fue un poco sin querer. Estaba en mi habitación a la hora de la siesta y todo el mundo estaba durmiendo. Era aquella época tan entrañable en la que cuando llegaba la hora de la siesta, allí se acostaba hasta el canario. Pero claro, yo no tenía sueño y ya había terminado de leer Harry Potter y la cámara secreta, así que me aburría tanto que decidí tocarme. No fue premeditado, no intentaba nada, no había razón, pero no paré de tocarme hasta correrme.

La primera vez que vi un cuerpo desnudo fue a los dieciséis, en una fiesta en la piscina de un colega. Nos encerramos ella y yo dentro de la casa y atascamos la puerta sin saber cómo. Era guapa, sexy, deseada y deseable… nos chupamos desde la cabeza a los pies en silencio, un rato, hasta que los de fuera se dieron cuenta de lo que estaba pasando dentro, momento en el que los porrazos en la puerta, los espías fallidos en la opacidad de la ventana, y los gritos que denotaban una mezcla agradable de alegría y envidia, comenzaron a resonar con fuerza. Nada pudo pararnos hasta corrernos.

Descubrí el porno muy prematuramente. Cuando cumplí los dieciocho años ya estaba familiarizado con decenas de categorías distintas y ninguna era la normal. A mí eso de una actriz y un actor porno no me iba, me iba lo raro o lo voyeur, lo casero y lo enfermizo. Eso cuando era un adolescente, ahora directamente me da igual si roza la ilegalidad. O incluso me pone más. Recuerdo que, a los quince o así, estaba navegando por la red en busca de virus chungos, cuando de repente encontré una página porno donde había fotos de caballos empalmados. Fue en ese momento cuando me planteé que existían límites. Mentira, la zoofilia no era un límite, simplemente no me gustaba, porque como una semana después me topé con otro vídeo donde una tía con polla se cepillaba a un tío con vagina, y resultaba inquietante pero también un tanto excitante. Fuck the limits y todas esas cosas anárquicas y tal.

Puedo seguir contando experiencias, pero ninguna logrará superar en fuerza a estas, a las primeras, a las que me abrieron las puertas del sexo. Y hasta ahora, no había visto una película que defendiera lo guarro, lo pervertido y lo excitantemente incorrecto que es el proceso de la madurez sexual. La adolescencia en el cine, tratada desde miles de perspectivas, siempre decidió controlarse por la sencilla razón de que la moralidad pesa demasiado en según qué temas. No me extraña para nada, porque creo que ni yo mismo me habría atrevido a ser tan sincero como Marielle Heller en su primera película.

The diary of a teenage girl es tan valiente que a veces desagrada para bien. Me viene a la cabeza Lolita de Kubrick y cómo la sexualidad prohibida va quitando el pie del freno poquito a poco, con sutileza, con estilo, con cuidado. Casi no parece un delito. Pero Heller introduce a su personaje con un “me llamo Minie y hoy he practicado sexo por primera vez”. La sutileza de la frase no se percata hasta que, pasado poco tiempo, Minie dice a su grabadora “quiero que me follen una y otra vez”.

Y mi acompañante, que lleva unas bragas de lunares blancos, se gira bruscamente y me mira sorprendida como diciendo “¡Madre mía, lo que ha dicho!”. Me sorprende cómo le sorprende, fundamentalmente porque ella es una mujer sexual, pasional, una de las más intensas que he conocido. Se sorprende pero le gusta, lo sé, lo siento porque se le eriza la piel un poco. Siento la corriente. Sé que quiere que nos toquemos. O tal vez sea yo el que quiere. Nos tocamos.

¿Por qué impacta Diary of a teenage girl? ¿Tal vez porque dice “quiero que me follen? ¿Puede ser porque la que lo dice resulta tener 15 años? ¿O es porque estamos muy poco acostumbrados, desgraciadamente, a que una chica tan joven (y el resto un poco también) diga que quiere que se la follen? ¿Es por todo al mismo tiempo? ¿Soy yo o mi compañera y yo nos estamos poniendo burros?

Cualquier sí que responda a cualquiera de las preguntas denota un problema obvio que esta película precisamente pretende evidenciar: la falta de naturalidad en la sexualidad adolescente. Excepto a la última pregunta, que más bien denota un polvo antológico. Y eso podemos verlo claramente en miles de ejemplos. Otra vez vamos a Lolita, a “lo prohibido”. Pero las chicas de quince años quieren follar, no mecerse sutilmente en la mecedora y restregar el culo contra el pene. Las de trece, también quieren follar. Las de doce puede que también, no lo sé. Y lo raro es que nos parezca raro todo esto.

El cine indie independiente es y debe ser esto que The Diary of a Teenage Girl nos da: algo distinto, compuesto por una persona, con su marca, su firma, su mente y su pincel. Este cuadro de Heller es un grito desgarrado a la libertad sexual de la mujer, el más honesto y el más sincero que he visto en mi vida. No hay ni rastro de pedantería, de grandilocuencia o de presunción, de intención denostada pero tampoco de miedo a denostar. No hay más que descarno y sexo: sucio, ilegal, fugaz, intenso. Hay brillantez, en fondo y forma. Un cuadro desnudo con la modelo revelación perfecta, una Bel Powley desatada.

Tenemos a una protagonista que hace una mamada por cinco dólares porque le sale del coño.

Y en la cama, de costado, ambos estamos deseando que salgan los títulos de crédito para llegar a un trato justo: “yo te chupo a ti, pero si te corres, tú me chupas a mí”. Hecho.

Benditos lunares.

The diary of a teenage girl se puede ver en WuakiTV y en AtresPlayer.
Ángel Abellán

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