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Siempre quise ir a Detroit

La premisa es la siguiente: pase lo que pase a partir de ahora, cuando Detroit es oficialmente la primera ciudad estadounidense en declararse en quiebra (leer con entonación apocalíptica para enfatizar el desasosiego), ninguna deuda millonaria, ni el desfalco de su patrimonio cultural, ni nada de lo que vaya a acontecer allí próximamente podrá cargarse 60 años de historia.

Dicen que durante estos días, en los que Detroit parece ser poco más que una ciudad fantasma, cientos de perros abandonados merodean por las calles ocupando viviendas vacías que otrora fueron los felices hogares de quien ha acabado huyendo al extrarradio, a los suburbios de la ciudad. Según un oficial de la división de control animal del Departamento de Policía, una jauría de ellos se bañaba hace poco en el sótano inundado de una casa sin cañerías de agua. La ciudad sobre ruedas, cuna de la potente industria automovilística norteamericana desde los 50, cuando las oportunidades sobraban. Vinieras de donde vinieras, incluso desde el poblacho de la América más profunda, podías sacudir el polvo de tus zapatos cuando llegabas a Detroit y darte por satisfecho. Si además no te costaba moverte al ritmo de soul, ya tenías algo que hacer a la salida de General Motors, cuando las radios de los blancos estallaban con el sonido Motown de The Temptations, The Supremes o Diana Ross. Era la ciudad que hervía de éxito y los perros aullaban a la luna.

httpv://www.youtube.com/watch?v=ltRwmgYEUr8

En 2009, la crisis de la industria del motor dio de pleno en Detroit. Solo entre el 2000 y el 2010 la ciudad perdió 250.000 habitantes. Entre los años cincuenta y la actualidad, ha pasado de tener 1,8 millones de ciudadanos a las cerca de 700.000 personas que viven allí ahora. Se cree que el déficit presupuestario de Detroit supera los 380 millones de dólares y su deuda suma los 18.500 millones. Son solo cifras y se quedan en la memoria como un estribillo pegadizo, pero tienen consecuencias reales y próximas.

Con el propósito de afrontarlas, las autoridades han acudido a Christie’s para que, previo pago de 200.000 dólares, la agencia de subastas evalúe la colección de arte del DIA (el Instituto de las Artes de Detroit), considerada como una de las cinco mejores del país y que cuenta entre sus obras de arte europeo con cuadros de Vincent van Gogh, Henri Matisse, Pieter Brueghel y Rembrand van Rijn, además de joyas pictóricas como los cuatro murales que conforman Detroit Industry, pintados entre 1932 y 1933 por el artista mexicano Diego Rivera. Se estudiarán hasta 3.500 obras para la posible venta de aquellas que pertenezcan a la ciudad y no a manos privadas. La mayor parte fue adquirida durante la década de 1920, cuando la ciudad gozaba de una liquidez monetaria constante y, según el Detroit Free Press, con 40 de ellas podrían alcanzarse los 2.500 millones de dólares.

Iglesia Calvary Presbyterian, dañada por un incendio en 2009 y en la actualidad totalmente abandonada. Foto: Detroiturbex.com

Hoy Detroit está pagando el precio más alto con el que podía saldarse su deuda, el de sus raíces culturales. No solo el de las obras que podrían desaparecer de sus museos, sino el de ver caer los símbolos que una vez la convirtieron en una urbe mágica. Afortunadamente, la historia no se borra tan fácilmente como se vende un cuadro de Matisse; aunque tengamos que asistir al penoso desmantelamiento material de Detroit Rock City  desconociendo si algún día conseguirá reconstruirse del todo, nos queda el consuelo de saber que el legado cultural de la ciudad no permanecerá bajo sus ruinas.

Para quien quiera conocer mejor y de primera mano cómo Detroit ha llegado a su situación actual, os recomendamos que visitéis Detroiturbex.com, la web de la que hemos sacado la foto (cc) del antes y el después del templo presbiteriano.

Foto cabecera (cc): Don Harder

Nerea Basterra González

En el periodismo de baldosas amarillas he conocido al hombre de hojalata, al espantapájaros, al león cobarde y al Mago de Oz. Al final del camino estaba Nokton Magazine: ya estoy en casa. *Socia, fundadora y, durante seis años, codirectora feliz. Ahora, escribo.*

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Nerea Basterra González
Etiquetas: reflexiones

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