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Otras rarezas sexuales a propósito de ‘Kiki’

Parece que a Kiki. El amor se hace, el nuevo largometraje de Paco León, le está yendo bastante bien en taquilla. Mejor, sin duda, que a Batman vs. Superman, a la que el pasado fin de semana superó en recaudación. Y lo más probable es que no solo se deba a la incertidumbre que muchos –incluido su protagonista, Ben Affleck– han mostrado ante esta nueva entrega de superhéroes. Algo tendrá que ver, también, con algunos de los temas tan interesantes que León propone en su comedia erótica-festiva: dacrifilia (excitarse con las lágrimas), elifilia (la obsesión por determinados tejidos), somnofilia (atracción sexual por las personas dormidas) y harpaxofilia (placer al sufrir un robo).

Las rarezas sexuales son siempre objeto de controversia. Porque, para empezar, ¿qué es una rareza sexual y quién decide que lo sea? La parafilia ha sido definida como todo aquel comportamiento en el que la fuente de excitación o placer se encuentra fuera de la cópula. Y aquí es donde viene la pregunta: si para empezar a copular hay que excitarse antes, tendremos que excitarnos sin copular, lo cual nos lleva a que habrá que buscar la excitación fuera de la cópula, ¿no? En cualquier caso, las rarezas sexuales han dado para mucho -a veces comedia, a veces morbo, otras drama- a lo largo de la historia del cine, y seguro que lo seguirán haciendo. En Nokton Magazine recordamos hoy otros ejemplos de películas de parafilias antes de Kiki.

Natalia de Molina en un fotograma de ‘Kiki’.

Crash (David Cronenberg, 1996)

Sinforofilia. O, lo que es lo mismo, excitación sexual en los accidentes de tráfico. La polémica estuvo servida en el estreno de esta película de Cronenberg (Promesas del Este, Una historia de violencia). Sus espectadores están más que acostumbrados a sexo sin tapujos, pero en esta ocasión se saltó varios semáforos en rojo. En una de las primeras escenas, el personaje interpretado por Holly Hunter muestra un pecho desde el coche al conductor que acaba de matar a su marido en una colisión. Una parafilia peligrosa, que obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes. No debemos confundirla con la película homónima de Paul Haggis, ganadora de tres Óscar.

Tamaño natural (Luis García Berlanga, 1973)

En este mano a mano de Berlanga y Azcona, el dentista parisino Michel encadena infidelidades ante la indiferencia de su mujer hasta que se enamora de una maniquí, que, desde su inanimación, será la única capaz de hacerle firmar el divorcio. El idilio de Michel no es lo único hilarante de la historia, también lo son las variopintas reacciones que éste genera en su entorno cercano. El ojo clínico de Berlanga tampoco falló en esta ocasión; no hay más que echar un vistazo a las empresas que, como Real Doll, se continúan lucrando hoy con realistas y carísimas muñecas hinchables.

La pianista (Michael Haneke, 2001)

Basada en la novela del mismo título de la escritora austríaca Elfriede Jelinek, esta película de Haneke puede herir la sensibilidad de quienes solo buscan el morbo. Premiada en Cannes por su trabajo aquí, Isabelle Huppert interpreta a una profesora de piano atormentada por su madre que se cuela en los ambientes más sórdidos de su ciudad para dar salida a un voyeurismo que termina por ser la más inocua de sus aficiones.

La rodilla de Clara (Éric Rohmer, 1970)

Aunque pasada por el fino y elegante tamiz de Rohmer, la filia de esta película queda clara en el título. Durante unas idílicas vacaciones, el diplomático Jerôme se prenda de Clara, la hija de una vieja amiga con la que se reencuentra. De Clara o, más bien, de su rodilla, con la que mantiene una intensa relación de fascinación que se traduce en metonimia de lo erótico a lo largo del filme. ¿No dicen siempre que hay que expandir las zonas erógenas más allá de los genitales?

Sexo, mentiras y cintas de vídeo (Steven Soderbergh, 1989)

En Cannes gustan las parafilias. Este largo, que tanto hizo en su momento por impulsar el cine independiente, se llevó la Palma de Oro. Un galardón que sorprendió, dados los modestos medios de producción de la película, que fue escrita en poco más de una semana, rodada en un mes y montada en otro con apenas 1,2 millones de dólares de presupuesto. La neurosis y la sexualidad protagonizan esta historia en la que un abogado encuentra el placer que no obtiene de su esposa en grabar a otras mujeres hablando de sexo.

Secretary (Steven Shainberg, 2001)

James Spader (no podía ser otro; también lo hemos visto en Sexo, mentiras y cintas de vídeo y en Crash) interpreta al abogado que dará a Lee (Maggie Gyllenhaal) el trabajo que le cambiará la vida. No tanto por un prometedor panorama de oportunidades profesionales como por la relación sadomasoquista que, paradójicamente, salvará a la joven secretaria del tormento al que, hasta entonces, parecía vivir sometida.

Viridiana (Luis Buñuel, 1961)

La lista no puede concluir sin hablar de Buñuel, uno, junto a Alfred Hitchcock, de los grandes fetichistas del cine (quizá su fascinación mutua tuviera algo que ver con eso). Aunque ese rasgo es visible a lo largo de buena parte de su cine, Viridiana se corona como recopilación de todo tipo de filias por símbolos y objetos, encarnados a la perfección, en este caso, por Fernando Rey. Mención especial merece la navaja crucifijo que tanto caldeó los ánimos entre las fuerzas vivas de la España del momento. Cómo no, este filme también se llevó la Palma de Oro en Cannes.

Foto: Craig Duffy (cc)

Manuela Astasio

El periodismo cultural es ese novio que, aunque no tiene un duro, es tremendamente divertido. Yo tampoco tengo un duro, pero espero contribuir a vuestra diversión.

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