Nokton Magazine - Revista cultural

‘Muchos pedazos de algo’: de impostura

Entre la adoración del clasicismo y la ruptura de moldes se sitúa la Nouvelle Vague. Esta corriente francesa fue la responsable de reivindicar el talento de ciertos directores del Cine Clásico, cuyo talento los elevaba por encima de la labor del artesano. La primera generación de cineastas cinéfilos fue también la que consolidó el concepto de autor en esta disciplina artística, al destacar el estilo, las constantes y el subconsciente de aquellos con los que crecieron y de los que aprendieron cómo eran las reglas de este juego.

Una hornada de creadores con ideas comunes pero estilos dispares que cambiaron la percepción de este medio y la manera de relacionarse él. Ruptura de los estándares, juego con los géneros, innovación en el lenguaje, todo desde el respeto y el amor hacia los clásicos del Clásico. El cine daba pasos de gigante, pero lo hacía con la mirada puesta en el retrovisor.

Fotograma de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961).

Acercarse a Muchos pedazos de algo (David Yáñez, 2015) desde esta perspectiva es poco menos que inevitable. La influencia de la ola renovadora gala dejó un poso que sigue coleando en nuestros días, y buena parte de la culpa la tiene su estilo desenfadado, rupturista, y más de uno diría que pedante. Razón no nos falta. La Nouvelle Vague es cool y no le importa admitirlo. Su fotograma destila grandilocuencia, chulería o trascendencia, o todo a la vez, en función del autor. La visión de cada cineasta de esta corriente era muy particular y no existía una mentalidad o un decálogo como el de lo que se vino a llamar Cine Dogma 95, pero sí unas inquietudes y unos objetivos comunes.

El estilo de la Nouvelle Vague es resabido, pero porque puede permitírselo. Una mala digestión de sus conceptos, o una plasmación superficial de los mismos, meramente centrada en lo llamativo, condena a la pretenciosidad, como le acaba pasando a la película a analizar.

A falta de trabajo, Saúl Blasco (izq.) y Víctor Vázquez (dcha.) quedan para ver un entrenamiento de rugby femenino.

Tras pasar, a lo largo de 2015, por la Sección Oficial del Festival de Málaga y del Spanisches Filmfest Berlín, y de ganar el premio del público del Festival de Óperas Primas de Extremadura, el debut en el largometraje de David Yáñez llegó a la cartelera española el 23 de octubre. Obra producida por el colectivo audiovisual Outcast Filmmakers, este proyecto de claro corte low cost cuenta con un reparto joven que debuta, o casi, en el cine. Muchos pedazos de algo nace es una película joven que se contagia de la revolución formal que propuso el movimiento rupturista francés entre las décadas de los 50 y los 60. Rodada en una contrastada fotografía en blanco y negro, los pedazos del título son los fragmentos que componen la narración, tan abrupta por momentos como la referencia de la que parte.

La historia se centra en las relaciones que se establecen entre un grupo de jóvenes que no quieren dejar de serlo aunque la vida les diga que ya va siendo hora de hacerlo. Un festival de música como carburador de reencuentros, colisiones y fracturas, todo ello con un tono que no se plantea la vida como un drama intenso, a pesar de estar ambientada en plena crisis española y retratar a la ya conocida como “generación perdida”. El director español, también en funciones de guionista, se interesa por la psicología de los personajes y encuentra los mejores momentos en sus contradicciones, en todo lo que se piensa y lo poco que se dice y en el egoísmo que finalmente es el que mueve las piezas del tablero. Pero hay algo en la narración que no cuaja.

Las intenciones son buenas, pero los planteamientos se conforman rápidamente con los primeros pasos del recorrido. La trama está desaprovechada y hay cierto simplismo en el desarrollo, que, si bien logra momentos atractivos, está dominado por el estereotipo.

Víctor Vázquez (izq.) y Javier Zapater (dcha.) divagan acerca de las relaciones de pareja.

Los mayores problemas llegan al analizar la forma. El film transmite la misma impresión que una película aparentemente opuesta, como es Interstellar (Christopher Nolan, 2014). El director y guionista inglés quería que su obra se pareciera a un referente cultural de gran estima –en su caso, 2001: una odisea del espacio (2001: a space odyssey, Stanley Kubrick, 1968)–, pero demostró no entenderlo, o no querer hacerlo. Yáñez se acerca a las líneas maestras de la corriente francesa, pero lo hace en un plano superficial, transmitiendo más una sensación de imitación de esquemas que un verdadero entendimiento de las ideas que definen a este cine, como sí demuestra Jonás Trueba (Los ilusos, 2013; Los exiliados románticos, 2015).

La conjunción de los recursos formales escogidos transmite arbitrariedad, más de un encuadre es simplemente gratuito y los fragmentos de falso testimonio documental tienen poca explicación dentro de una historia que, sólo a ratos, juega a presentar una película dentro de la película. Todo se deshilacha sin llegar a romperse, pero el grupo de protagonistas contagia su postureo indie al fotograma. Y es que, al igual que esta tribu urbana, Muchos pedazos de algo tiene cierto estilo y buen gusto, pero lo que más le preocupa es demostrarlo.

Javier Zapater (izq.) y Macarena Buera (dcha.) en pleno tira y afloja sentimental.
Yago Paris Pérez

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