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‘Las ovejas no pierden el tren’ o cómo aprender a quedarse en tierra

Hace algunos años escribí un reportaje sobre las historias que se cruzan entre los vagones del Metro de Madrid. En demasiados andenes se apean vidas que desde fuera denominaríamos anodinas, pero que vistas en la inmediación serían un diamante en bruto. Aquel texto giraba gracias a las imágenes de un cortometraje: El columpio y con él se iniciaba la carrera de un joven Álvaro Fernández Armero que ya teorizaba desde la comedia dramática sobre las relaciones de pareja, las inseguridades de la edad y la pérdida de trenes.

httpv://www.youtube.com/watch?v=pgFdYn7c4qA

Más de veinte años después nos responde a la angustiosa pregunta con la que Coque Malla y Ariadna Gil se martilleaban en silencio. Fernández Armero da por finiquitada en Las ovejas no pierden el tren su tesis sobre jóvenes primerizos y se adentra en las generaciones crecidas que ya están criando fieras de seis años, queriendo asesinar el exhausto reloj biológico o sobreviviendo a la vieja usanza a la infamia del espejo: por la vía rápida. No hay ligue veinteañero que no rejuvenezca y dé aires de maduro interesante a quien ya peina canas.

Poniéndole énfasis, chispa y si hace falta alguna dosis de mala leche, destaca un reparto bien avenido encabezado por Inma Cuesta y Raúl Arévalo, una pareja en su punto… de eclosión. Candela Peña se lleva los hits de la cinta con un humor frívolo al cuadrado que pinta sobre los descorches de su personaje, una cuarentona ansiosa por abandonar la soltería. En honor a la verdad su intención de llevarlo al extremo le resta a veces naturalidad interpretativa, pero cuadra por su fondo dramático y en contraste con los gestos de poema del periodista al que da vida Jorge Bosch. Alberto San Juan repite por sus derroteros cómicos como reportero cincuentón recién divorciado, cuya historia de amor de idas y vueltas con su joven novia se repite demasiado a sí misma. Esto permite tropezarse con la frescura de Irene Escolar, quien zurce a su medida todo personaje sobre el que dispara. Su versión “loca descarnada” da buena cuenta de planos que de otra manera pasarían inadvertidos. Para robacámaras, la veteranía de Kiti Manver, un torbellino que debiera repetirse en decenas de elencos, al igual que ese distinguido Miguel Rellán, entrañable en su aparición como anciano enfermo de alzhéimer. Por medio, nace una carrera interpretativa, la de Hugo Fuertes Marciel, hijo en la vida real de la actriz Eva Marciel (presente con un pequeño cameo) y de Cuesta y Arévalo en la ficción.

Bajo esa capa de comedia centrada en enredos de familia y romances de andar por casa se respiran las realidades cotidianas que nos rodean o nos tocan a la puerta: las crisis de pareja acentuadas por la falta de recursos económicos, la obsesión por la maternidad, el temor a quedarse solo, la incomunicación reafirmada, la negación de las rupturas y la aceptación disconforme a los fracasos, el egoísmo de armadura contra los contratiempos externos, las expectativas incumplidas y los sueños arrumbados por derribo. La película se despliega sin prejuicios sobre cada una de las andanzas, pero no termina de funcionar como comedia (sin desmerecer su manita de gags) ni consuma su otro anverso, el dramático. El quid de la cuestión radica en que con tantas vías abiertas, no todas las historias funcionan con la misma cadencia y se abarcan situaciones, como la enfermedad del padre, que se esfuman tal cual aparecieron, dejando una sensación de estructura al aire.

Las ovejas no pierden el tren suena a fórmula de hace más de una década, pero actualizada con cuestiones coetáneas al WhatsApp, las redes sociales y los contrastes entre la ciudad y el campo. La cinta se ve con simpatía, se digiere a gusto y nos despierta una sonrisa amable. ¿Quién sabe lo que le espera al que se queda en tierra? Quizás probar la suerte de conocerse a sí mismo o experimentar de otra manera el sentido íntegro del viaje.

Fotos: eOne Films

 

Mariasun Miquel

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