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Cuando una tarjeta lo dice todo

Es común escuchar que abriendo el bolso de una mujer lo sabes todo de ella. No hay ninguna investigación al respecto publicada en revistas científicas. Pero una tarjeta puede decir mucho de alguien. No se trata de la de crédito o las de fidelización, que también, sino de las de visita.

Es bastante común, no por ello menos obligado, hacer referencia a la escena de American Psycho en la que una tarjeta de visita puede despertar los instintos más salvajes. En ella los tarjeteros se convierten en las más crueles armas y el tránsito del color hueso al cáscara de huevo se hace eterno. La identificación con una tarjeta de visita es el objetivo y, por ello, actualmente pueden crearse idénticas a las de Patrick Bateman, su protagonista.

“Llámame” dicen en la escena al entregar su tarjeta, la alquimia que transforma la entrega en una llamada no está descubierta, pero hoy en día sabemos que el diseño juega un importante papel. Lo sabemos porque nunca en la historia, que se remonta al siglo XVII en Europa (cuando llegaron de China), sus 85x55mm dieron para tanta creatividad. Existen con forma de recortable, con marcas de plegado para hacerlas tridimensionales, transparentes y, por supuesto, temáticas según el sector de quien la da nombre. Entre estas pueden encontrarse desde transformables en ralladores de queso o en llave para arreglar bicicletas, a peines y cuchillas. Por ello hay quienes las colecciona, considerando coleccionista a todo aquel que las coge en las ferias y eventos exclusivamente por su diseño sin ninguna intención de realizar el contacto, en resumen, por puro disfrute visual. Porque estos trocitos de papel con tan valiosa información han evolucionado a objeto de coleccionista.

Volvemos a la escena para analizar los puntos clave (de las tarjetas); tipografía y color, para algunos también el relieve. Han pasado 15 años desde que se rodase y las tipografías y colores que se dejaban caer sutilmente sobre una larga mesa de roble han mutado en líneas menos sobrias y más personalizadas que ahora van de mano en mano o se posan sobre una estantería a la entrada. Ya no hay que visitar a la imprenta, los pedidos digitales totalmente personalizables facilitan el proceso. Existen páginas como MOO que permiten crearlas en diferentes formatos que se adaptan a la necesidad, desde los más clásicos a los más novedosos como las MiniCards, e incluso se adaptan a la concienciación social con tarjetas ecológicas; en ella también es posible crear tarjetas de regalo o postales personalizadas.

También suele escucharse que la primera impresión es la que cuenta, y aquí la frase hecha toma un doble significado.

Contenido patrocinado por MOO.

Peggy Olson

Foto (cc): Donovan Beeson

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