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Cuando desaparecen los símbolos

Pocas cosas en el mundo se entienden sin el parapeto de la identidad. Las naciones son un himno y sus colores; las marcas, una tipografía y un logotipo; los individuos, un nombre y un apellido; hasta en la cabecera de una serie puedes adivinar la simbología que conforma su esqueleto. Y así sucesivamente. Por supuesto, no cualquiera se siente siempre identificado con lo que la mayoría ha decidido adoptar, pero de algún modo todos, en un momento fugaz, nos hemos acogido a los símbolos que  nos eran cercanos para explicar quiénes somos.

Hasta aquí podríamos dar muchas cosas por sentadas. ¿Pero qué ocurre cuando desaparece un símbolo? Para los neoyorquinos, perder las Torres Gemelas no supuso necesariamente renunciar a un símbolo: ¿quién podría decir, ahora que hace años que no coronan su skyline, que no sigue siendo un fuerte elemento de su imaginario? Construímos y deconstruímos nuestra identidad adaptándonos a los tiempos. Pero lo hacemos colectivamente. Por ello, cuando el símbolo desaparece porque solo una parte del colectivo ha decidido eliminarlo de nuestra identidad, y además sustituirlo por otro con el que no comulgamos, la cara de tontos que se nos queda es significativa.

Los titulares que notifican el derribo de un espacio cultural para sustituirlo por uno comercial son ya un habitual de la actualidad informativa. En general, el sentimiento es de tristeza ante noticias de este calibre; por lo que hablamos: nos arrebatan un símbolo para perpetuar un imperio. En nombre del desarrollo financiero, las grandes empresas han encontrado el chollo padre expandiendo impunemente sus tentáculos por nuestras ciudades, y donde antes había un templo dedicado al arte, al ocio, y a la cultura en general, ahora colapsan los carteles de próxima apertura.

El último disgusto se lo dieron el lunes los madrileños, quienes recibieron la noticia de que el mítico Mercado de Fuencarral, ese al que llevaban a las visitas para presumir de tendencias y modernidad cosmopolita, cerrará sus puertas en el verano de 2015 (sí, no queda ni un año) tras una operación económica por la que un fondo de inversiones X se queda con el edificio. Y hasta luego. Tras 17 años de bullicio underground dando vida a una zona que no siempre la tuvo, unos supuestos 22 millones de euros tienen la culpa de que nos quedemos sin mercado alternativo en el centro de Madrid. Un símbolo menos que muchos vamos a añorar.

Y es que el ‘suma y sigue’ no te hace precisamente inmune a este tipo de realidades. En Madrid ya empieza a parecer una costumbre cerrar un cine para abrir una tienda de ropa: el cine Avenida o el Palacio de la Música son solo un par de ejemplos del cinismo de nuestras autoridades (Gallardón, en su momento, a la cabeza). Muchos aún recordamos que antes del Bershka de la Gran Vía ocupaba ese número 25 un Madrid Rock y ahora cruzamos los dedos temiendo lo que nos pondrán en lugar del Café Central si este cierra cuando se cumplan los 20 años de la Ley de Arrendamientos Urbanos.

Habrá quien no entienda qué resulta tan alarmante en esta situación. Partidarios del cambio a cualquier precio, mercenarios de símbolos que no conocen la nostalgia. Ellos, cuando desaparece un símbolo, lo cambian por otro, y santas pascuas. Es una pena un alivio que no todos compartamos el mismo estómago.

Fotos (cc):  Astro Naut // Street Art / Rubén Vique

Nerea Basterra González

En el periodismo de baldosas amarillas he conocido al hombre de hojalata, al espantapájaros, al león cobarde y al Mago de Oz. Al final del camino estaba Nokton Magazine: ya estoy en casa. *Socia, fundadora y, durante seis años, codirectora feliz. Ahora, escribo.*

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Nerea Basterra González
Etiquetas: reflexiones

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