Un brindis por la herida de la señorita Holiday

El alma de Billie Holiday. Foto de Janice Marie Foote

Cuando Billie Holiday llegaba al local donde debía actuar esa noche tenía que entrar por una puerta distinta a la principal. Una gran estrella de la canción, una de las voces que más pelos como escarpias conseguía, y sigue consiguiendo, estaba obligada por la absurda ley de su país a no tener los mismos derechos, como usar el baño normal de la sala que su audiencia sólo por su color de piel. “Puedes ir vestida de raso, con gardenias en el pelo y no ver una sola caña de azúcar en varios kilómetros a la redonda y, aun así, seguir trabajando en una plantación”. La señorita Holiday es más que un solo disco, su sentimiento, voz y cadencia, mito y realidad, incluso por su lucha callada por los derechos civiles de los negros, es un paso clave en la historia de nuestros discos de la Roca Madre.

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Se educó musicalmente cuando trabajaba en un burdel escuchando a Louis Armstrong, Bessie Smith o Ethel Waters, músicos con infancias terribles como la suya. Hija de un músico de jazz que las abandonó a ella y a su madre, tuvo relación con orfanatos católicos. Allí aprendió a cantar con ese fraseo nítido y con esa dicción cristalina tan característicos suyos. Cuando la descubrieron, si es que se puede adjudicar a alguien el descubrimiento de una voz como la de ella, pesaba más de 100 kilos y su piel resplandecía cuando cantaba, porque era su válvula de escape ante una situación que pone un ingrediente más en su historia que se convirtió en mito. Algún desalmado la violó cuando ella sólo tenía 10 años y eso sólo puede hacer que una persona pase de la infancia directamente a la madurez, pero con un toque agrio que marca cualquier vida. El único sitio donde consiguió encontrar cierto remanso de paz fue en el jazz, aunque en ese mundo tampoco se lo pusieron fácil.

Se drogaba con fruición en determinados momentos “festivos”, castigando su cuerpo siguiendo las leyes de la calle y los chulos según las cuales sólo se puede sufrir, pero luego era capaz de reposar y sentirse libre durante largos periodos de abstinencia. Hay quien dice que crear desde el dolor es más brillante y fructífero y en eso Eleanora Fagan sólo podía ser la mejor, porque su herida sentimental nunca logró cicatrizar. Ella permitió que supurara talento y fuerza sin conseguir huir de su rol de juguete roto porque no lo era, sus malas decisiones y un contexto social no le dieron más opciones. Era una mujer única que sólo supo vivir la vida así.

Pero sería un error centrarse únicamente en las idas y venidas de la vida en desgracia de la Holiday aunque su carrera musical y personal tuvieran ese estrecho vínculo. Las sensaciones a flor de piel que transmite la voz de Lady Day, apodo que le puso Lester Young, el amor castigado y castigante de su vida, es fruto de las filtraciones de su vida en las letras cantadas, sumado al valor artístico de su capacidad de interpretación dominando el swing de las notas que se escapaban de sus músicos y la adecuación de los matices de su voz al contenido significante de la canción. También se le podría atribuir ser una de las primeras cantantes negras que alzaron la voz denunciando la carencia de derechos civiles de los suyos en ‘Strange fruit’, elegida como una de las mejores canciones del siglo XX por la revista Time, con una letra que no deja margen de error: “Southern trees bear strange fruit / blood on the leaves and blood at the root / black bodies swinging in the southern breeze / strange fruit hanging from the poplar trees.” (“De los árboles del sur cuelga una fruta extraña / sangre en las hojas y sangre en la raíz / cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña / extraña fruta colgando de los álamos.” )

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La luz llenaba a la cantante sobre el escenario y ella se convertía en el centro de todas las miradas, pero su vida volvía a esa cierta penumbra de drogas, decadencia y malos tratos cuando bajaba del escenario. La adicción a la heroína le trajo numerosos problemas de salud y encontronazos con la policía, porque el drama de las adicciones no distingue entre estrellas de la música y ciudadanos de a pie. También quizás esto llevó a que pasara su vida dando tumbos de unos brazos a otros, de maltratadores, mafiosos y personajes de toda calaña. Cuenta la leyenda que murió en una cama de hospital consumida en los huesos, con una denuncia entre las manos y un billete de 50 dólares escondido en la ropa interior que le dio un periodista carroñero para poder sacarle sus últimas palabras. Pero las palabras en Billie Holiday no podían decir más que lo que había contado ya su voz.

 

Fotos: Janice Marie Foote (cc) / Fertile Ground (cc) / Call me Base (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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