Y tú, ¿qué quieres recordar?

Foto de Jonathan Chie (cc)

Y piensas “ahora me hago un selfie y lo subo a Facebook”. Sonriendo, gritando, sacando la lengua o con cara de emo-misticismo si el momento lo requiere. Tu cara en un primer plano aunque lo que realmente valga la pena sea el paisaje de detrás. Una recopilación de autorretratos en diferentes sitios coloreados por la “luz” Moon, Juno, Valencia, Walden, Mayfair… A veces nos puede más el egocentrismo del “yo estuve allí” que el recuerdo del momento vivido en si.

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Hace unos meses se publicaba un estudio de esos que nos cambian la vida. Benditos estudios de universidades que nadie conoce situadas en la última esquina de la América profunda que nos sacan del tedio de las últimas semanas del año (ojo, también suelen salir en verano) para darnos información y datos que llenen de temas banales las tertulias de sobremesa de comidas con compañeros del gimnasio. O los desayunos de encefalograma plano en las mañanas de resaca que son fruto de la ingesta de alcohol en dichas comidas/cenas. Dicho estudio, sesudo dónde los haya, señalaba que el barcelonés Parque Güell es el sitio más fotografiado y compartido en Instagram. Lógicamente, y que no falle, filtrado por los innumerables filtros de turno, aunque la variedad cromática de las teselas del colorido lugar no los necesiten.

La pregunta para aquellos que usaron la red social de fotografía para subir la instantánea hecha en su visita al parque diseñado por Gaudí sería que qué recuerdan más: las vistas, la magia de sus curvas o la cantidad de comentarios y corazoncitos rojos que cosechó su foto, debidamente acompañada de su # con la coletilla de Barcelona y Parque Güell. El ansia de notoriedad y reafirmación social en nuestra captura de recuerdos nos lleva a mirar más la vertiente de las capacidades de la cámara de nuestro teléfono móvil y el cómo quedará esa imagen en nuestro perfil que al paseo desestresante que estemos dando en el momento. Y hasta hay quien se juega la vida por esa foto.selfie-roma-noktonmagazine

¿Cuántas veces no hemos visto a gente en un restaurante sacando su dispositivo y disparando antes de darle la primera pinchada a la comida? En realidad no importa demasiado la calidad de presentación de los platos, aunque si el sitio donde nos encontramos es una pastelería de esas “tan monas” el uso de la cámara se extiende más allá de nuestras mesas llegando al mostrador, incluso a las mesas que nos circundan. Si la magdalena estaba dura o no, o si nos cobraron un precio excesivo por la copa de vino, es un asunto menor si la foto quedó bonita para envidia de nuestros “amigos” y “seguidores” en la redes sociales.

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El exhibicionismo, o el puro y simple enganche al móvil, nos lleva a estar pendientes del porcentaje de batería restante o de la capacidad de fotografiar aquello que vemos, en vez de disfrutarlo como tal. Si antes gastábamos carretes y dinero en transformarlos en fotografía o diapositivas para martirizar a nuestros amigos y familiares con las imágenes de las últimas vacaciones, ahora saturamos de piernas morenas, cócteles bien servidos y paisajes observados y retenidos a través del visor de nuestra cámara de equis número de megapíxeles. Igual que el papel fotográfico tienen una vida limitada, aunque las hemerotecas y bibliotecas parezcan contradecir al tiempo, la vida de la foto digital tampoco apunta ser infinita. En ambos casos nos tomamos el tiempo necesario en sacar la instantánea, la diferencia reside en el uso que le damos después y en el afán de cosechar alcance en nuestras redes sociales. ¿Qué tal si levantamos la cabeza del móvil y buscamos fijar ese recuerdo en nuestra memoria y no en la de Instagram?

Fotos de Jonathan Chie (cc) / Patrik Nygren (cc) / UlyssesThirtyOne (cc) / Joshua Morley (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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