¿Qué más da si es Cervantes?

Letras que recuerdan a Cervantes en el madrileño Barrio de las Letras.
Placa en la fachada del convento de las Trinitarias de Madrid.

Placa en la fachada del convento de las Trinitarias de Madrid.

Importa bastante poco si esos restos que han sacado del centro de Madrid son de Miguel de Cervantes Saavedra. Importa bastante poco porque ya se sabía que el autor de La Galatea descansaba en el suelo de la iglesia del convento de las Trinitarias de la capital. Una bella placa de mármol en la fachada del edificio lo indicaba. La broma, nada graciosa, se hacía en las facultades de filología: “Cervantes está enterrado en calle Lope de Vega y la casa de Lope de Vega está en calle Cervantes… ¡Con lo mal que se llevaban!”. Importa poco, y no solamente por el dinero que ha destinado el consistorio de la Villa para este fin, que al menos ha conseguido que mucha gente recuerde la figura del escritor, aunque quizás estaría mejor empleado en otras áreas de necesidades ciudadanas. Y eso que hay quien observa esperanzado la vertiente económica local que resaltan los medios también puede ser positiva, pero la repercusión real está por ver en una ciudad que prefiere promocionar antes el turismo de compras que el cultural, a pesar de tener algunas de las pinacotecas más importantes del mundo y una inquietud social y cultural que sobrevive a pesar de sus gobernantes.

 El académico Francisco Rico, considerado casi tan padre de las andanzas del caballero de la triste figura y su escudero como Cervantes, lo ve como una soberana tontería más cercana a la chequera que a los motivos históricos. Todo un revuelo, con despliegue de medios incluido, por unos restos que ya se sabían dónde estaban, sólo que ahora podemos decir que los tenemos más localizados. Pero poco cambia la cosa aunque el bombo que le dan también la autoridades, en plena pre-carrera electoral, parezca apuntar a otra cosa. El barrio de las Letras nunca será Stratford-upon-Avon, núcleo shakesperiano por excelencia y un auténtico homenaje físico a la figura del Bardo, y eso que en este entramado de calles madrileñas se concentran muchas de las localizaciones claves de la historia de la literatura española vinculadas con Lope, Quevedo, Góngora, Calderón, Moratín, etc. Y de conseguirlo, tampoco valdría solamente con esto, con peregrinar al solar donde estuvo la imprenta de Juan de la Cuesta, de cuyos tornos salió la primera edición de El Quijote, o cotillear en la cocina de la casa de Lope, aunque sea importante reconocer los nombres y los símbolos de nuestra historia. Cervantes y lo que su mente creó no está en los huesos que se han encontrado, está en sus libros, en lo que nos transmiten y nos hacen viajar. Lo ideal sería que gracias a la identificación de algunos de sus restos, no nos quedáramos sólo con las repercusiones turísticas de una cultura muerta, sino que sirviera como motor de una cultura viva que atraiga lectores y que cambie algo en la vida de aquellos que se acerquen.

España siempre ha sido un país que ha obviado su importancia cultural. La cultura se ha politizado, pisoteado, usado como arma arrojadiza, ridiculizado y menospreciado. Nuestro país no ha cuidado sus frutos culturales. Como indica letras_sueloAndrés Trapiello, nunca nos hemos preocupado realmente por la figura de Cervantes más allá de las universidades y de esas carreras de letras que, según dice, no son lo que el mercado y la sociedad necesitan. Somos exportadores de talento y genio, pero mejor fuera que dentro, que estorba menos. Es difícil prever un efecto “Cervantes” porque en este país no se cuida la cultura. La cultura sólo interesa cuando rema a nuestro favor, cuando baila el agua de aquellos que manejan el dinero y el poder. Si es crítica, no interesa. Si nos enfrenta a la realidad dura y descarnada, son unos alarmistas. Si se movilizan y manifiestan contra la situación, una panda de pancarteros. Si luchan por no ahogarse en el 21% de IVA, algunos les recomiendan que mejor cojan un pico y una pala. Por eso parece que es mejor rescatar símbolos muertos, porque ellos no pueden ser reflejos de la miseria de aquellos que los ensalzan. Quizás esos que se ponen ahora las medallas hayan olvidado que esos escritores que recuperamos de un supuesto olvido en el sepulcro también fueron política y artísticamente incómodos en su época. Porque la cultura no se conforma y los que pasan a la historia son aquellos que rompen con las normas.

Fotos: Alberto Valera (cc) / Pablo Sanchez (cc) / Paula Ortiz López (cc)

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