Por qué nos caen tan bien esos hijos de puta

Bajando por Tribulete, Santos Trinidad nos mira como te mira Santos Trinidad. Llevamos toda la noche pegados a su sombra, buscando ‘La Penúltima’, una localización que sólo existe en la película No habrá paz para los malvados (en otras palabras, un típico bar de Lavapiés que sin embargo sólo existe en un Madrid de ficción cinematográfica). Pero a Santos Trinidad eso no parece importarle.

No. Santos Trinidad detiene sus pasos, conteniendo un gesto entre hastiado y vencido, y nos hace un gesto para que crucemos la calle. La búsqueda ha terminado; descubrimos una luz que ilumina unos letreros negros sobre porcelana donde se lee ‘La Tabernatina’.  Son las doce de la noche pero al parecer aún aceptan clientes.

grupo-7-casas-de-la-torreMientras nos sentamos en los taburetes nos hacemos una o dos preguntas. Nos preguntamos si Santos Trinidad sabe que ‘La Tabernatina’ es en realidad ‘La Penúltima’, es decir, si sabe que sus pasos le han llevado al lugar de rodaje de un bar de ficción envuelto en un bar real. Nos preguntamos si ha sido fruto de la suerte. Aventuramos que quizás ha sido algo más: el resultado de un instinto policial, casi sobrenatural, capaz de abrir brechas entre la realidad y la ficción.

Seguimos mirando a Santos Trinidad, anclado en la máquina de juego.  Pero qué curioso, de repente recordamos haber visto esa misma mirada en un pequeño bar de Sevilla hace dos décadas, semanas antes de la Exposición Universal del 1992. Era de un hombre que perteneció a un grupo de policías encargados de limpiar una ciudad ante su presentación al mundo (Grupo 7). Se parecía al actor Antonio de la Torre.  Callado, solitario. Parco en palabras.

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Si avanzamos hacia atrás(o hacia adelante) seguimos encontrando miradas. Los protagonistas de La Isla Mínima, por ejemplo. Pero hay más, muchos más. Algunos de ellos son funcionarios, fuman, están gordos, pero les da igual. La mayoría (queremos creer, sospechamos) son del Atlético de Madrid.

En los últimos años el cine negro español se ha convertido en una red de personajes, sombras anónimas que reflejan (bien o mal) estereotipos y causas perdidas. Su estirpe salta de película en película, de generación en generación como una enfermedad hereditaria. Las preguntas son inevitables: ¿son acertados estos retratos? ¿Existen estos sujetos en realidad? Y quizás la última, la más pertinente. ¿Por qué nos caen tan bien esos hijos de puta?

Seguimos mirando a Santos Trinidad y entonces descubrimos otra cosa: su monstruosa mirada no sólo asusta: también conmueve. Sus ojos son los de un toro que aún herido de muerte se empeña en embestir contra alguien, contra su propia naturaleza si por él fuera.  Mirando a Santos Trinidad recordamos el poema de Los Justos de Borges, y entonces lo entendemos.

De alguna manera necesitamos a esos tipos en los bares de la ficción, en sus albercas y piaras privadas, rumiando pensamientos para ellos solos.  Necesitamos estos personajes que te miran como sólo ellos te pueden mirar, que navegan en el fango, que por creer no creen en sí mismos. Necesitamos su instinto animal, casi sobrenatural, porque estos hijos de puta lo consiguen.

Estas sombras rotas y violentas, que no se conocen entre sí, están salvando al mundo.

Fotos: Lazona Films/ Atresmedia cine

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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