Por qué Manuel ha dejado el gimnasio

(Aviso: esta historia no termina bien)

Esta mañana Manuel se ha dado de baja en el gimnasio. Me lo ha dicho mientras nos tomábamos una cerveza en el bar más cercano al mismo centro deportivo, donde hemos quedado de manera improvisada (para variar). Entre tercio y tercio me ha contado las razones que lo han llevado a tomar la decisión de no volver jamás a un gimnasio ni hacer dieta.

La relación de Manuel con el deporte se remonta a principios del 2000, cuando abandona voluntariamente una actividad deportiva. Desde entonces el cuerpo de Manuel se convierte, a base de simple dejadez, en la tercera fila del ticket que sale de la báscula de una farmacia: obeso en potencia (como la mayoría de los españoles, supongo). No es grave, claro. Pero debería estar mejor.

Pero Manuel eso no lo sabe hasta que, un buen día, decide que ya ha tenido bastante. También ayuda que en la televisión estén echando American Beauty. Manuel se da cuenta de que, mejorando su autoestima a base de pesas, Kevin Spacey está a punto de acostarse con Mena Suvari. Christian Bale vuelve a ser Batman en El caballero oscuro: la leyenda renace mediante una sesión de flexiones. Los vídeos de motivación que ve por Internet de NBA y Nike le reafirman en su idea: la felicidad hacia uno mismo puede ser medida en torno al ejercicio. Estaré bien, comprende Manuel, si estoy bien.

Así que Manuel traza un plan que pasa por Internet. De repente, para su sorpresa (positiva), Manuel comprende que los gimnasios modernos de los últimos años han adoptado este mensaje karmático como guía espiritual low-cost. Ya no se trata de tíos cachas con esteroides, se trata de gente queriendo cuidarse, comer sano, correr sonriendo por el paseo mientras aplicaciones de móvil gratuitas como Nike + Running le marcan tiempo, calorías y distancia y nivel de agua perdido por actividad.

Ante tal despliegue de tecnología 2.0, Manuel empieza a ir al gimnasio; toma té rojo, reconocido por todos los nutricionistas como perfecto quema grasas y diurético. Consulta dietistas que le recomiendan semillas goji, de un alto valor dietético, y toma dos pastillas que quitan el apetito, basadas en un extracto de la hierba japonesa de… es igual, Todo es natural, por supuesto. Y barato. Nada de esas porquerías batidos de gimnasio de siglo XX. Esto es la era del Ipod, de las luces y colores brillantes y dinámicos. Es el tiempo de compartir tus hazañas y récords por Facebook y Twitter.  Compartir que, en definitiva, estás bien. Y vas a estar mejor.

Y lo cierto es que funciona. En los siguientes años, Manuel baja bastante de peso, conoce nuevos amigos y se echa una novia deportista como él. La rutina se vuelve su forma de vida. El control y los horarios una constancia: lunes y miércoles, ciclo indoor, martes y jueves,  natación y body pump.

Pero no todo son ventajas. Tras meses yendo al gimnasio, el cuerpo de Manuel se acostumbra al ejercicio y cada vez le pide más. Más tiempo. Más intensidad. Así, de repente, Manuel se encuentra en la situación de que tiene que tener cuidado con las comidas, seguir un orden estricto y, a veces, cumplir dietas de choque para ese miércoles en el que se tomó un par de pizzas con sus amigos. De noche. Mierda. Tocan entonces días de depuración para compensar.

La constancia es el pilar fundamental de todo. Volver a lo que había sido (tercera fila del ticket de la farmacia de al lado) se convierte en su mayor motivación. Aparte, el ejercicio está más de moda que nunca: gimnasios y parques llenos de gente corriendo y dando vueltas como autómatas, deseosos de que la transferencia de datos de su móvil le diga cuántas calorías está perdiendo por hora. ¿500 calorías? ¿550 tal vez? Manuel se conformaría sólo con eso.

Manuel llega a casa a las diez de la noche. Le gustaría quedar con su novia pero está en la sesión fitness. Otro amigo se ha ido a un pabellón para hacer judo y después pelea africana. Judo con pelea africana, piensa Manuel. Según lo que le ha dicho, pierdes “un huevo” haciéndolo y te lo pasas “de cojones”. Pierdes, piensa Manuel mientras se acuesta en el sofá para ver la tele antes de acostarse.. Mira esa tripa que necesita ser más triturada con abdominales.  Mañana tiene una hora antes de ir a la universidad para correr por el parque; ya se ha puesto la alarma.

Entonces Manuel me dice que fue en ese momento cuando se dio cuenta de que lo odiaba. Odiaba caminar hacia la máquina de cardio cada mañana como un esclavo y limpiar el sudor ajeno de las toallas. Odiaba los anuncios de motivación de zapatillas de deporte que jamás podría pagarse. Odiaba los montajes de música inspiradora que se ponía para correr y convencerse de que corría hacia una felicidad cuando lo que hacía era huir de un pasado de “casi obesidad”.  Odiaba pensar que, si todos los que le querían ahora (incluso él a sí mismo), podría ser sólo por eso. Odiaba ese mundo 2.0 donde todos llevan altavoces en las orejas y van escuchando sintonías prefabricadas en sus aplicaciones de diseño para auto flagelarse. Para sentirse mejor aunque estén solos.

Manuel dejó el gimnasio aquella mañana y después me contó todo esto. Me dijo que aquella mañana había leído un libro, y que luego había permanecido media hora sin hacer nada, tumbado en la cama. En silencio, disfrutando del arte de perder el tiempo, como diría Oscar Wilde. Y luego me dijo de una forma muy vehemente que había comprendido que el sistema y la tecnología se ha adueñado de nuestros cuerpos, que quieren manteneros sanos y ocupados y sin pensar, como una distopía propia de J.G. Ballard.

Mataban lo que sentíamos, y lo que sentimos, según Manuel, es mucho más que la química reaccionado al ejercicio. La motivación debería  ser más que un anuncio  patrocinado por Nike. La libertad y la felicidad deberían, en definitiva, ser algo más.

Al día siguiente encontré a Manuel en el gimnasio, en su máquina de cardio. Le he saludado pero llevaba los cascos y no me ha oído. Tampoco he querido interrumpirle (a mí tampoco me gustaría que lo hicieran). Antes de encender la pantalla del reproductor y seleccionar mi pista favorita le he mirado a los ojos.

Parecía agobiado pero dispuesto a darlo todo en la cinta, corriendo sin parar hacia el infinito pero inmóvil, allí, en el mismo punto, incapaz de avanzar.

Como todos.

 Fotos: Channel 4(cc), NaturHouse (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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