La noche, la lluvia y el extranjero

“La Lluvia, la lluvia…”. La lluvia moja, empapa. Hay veces en las que cala tanto que llega a traspasar los huesos, penetrando en el interior de uno y dejando su poso de humedad en el alma. Si tienes un refugio en el que guarecerte casi ni te percatas de sus efectos, pero cuando deambulas bajo sus incesantes gotas ésta se convierte en un peso que te acompaña siempre. El protagonista de La noche justo antes de los bosques conoce esta sensación, la padece. Es un solitario, un extranjero sin nombre, víctima del desarraigo, que callejea en busca de un lugar en el que pernoctar. La compañía AlmaViva Teatro ha invitado a los componentes de Nokton Magazine a seguir los pasos noctámbulos de este personaje haciéndonos partícipes de sus confesiones.

Échándole un vistazo al trabajo de César Barló, director de AlmaViva Teatro, podemos decir que parecen motivarle los retos. Tras su revisión, y peculiar montaje, de clásicos como Fuente Ovejuna o Don Juan Tenorio, nos sorprende gratamente enfrentándose por primera vez a un monólogo, ¡y que monólogo! Ni más ni menos que un extenso parlamento, escrito sin acotación alguna, del dramaturgo francés Bernard-Marie Koltés, publicado en el 77. Una obra que descubrió durante un curso en Santander impartido por Patrice Chéreau – uno de los primeros en llevar a escena la obra de Koltés-, y de la que destaca “su enorme carga poética” y, sobre todo, su vigencia con la situación política y social actual. En palabras de Barló, elegir este texto ha sido una decisión muy acorde con su manera de entender el teatro ya que, según él, “el teatro no puede ser sino político puesto que nos dirigimos a la polis, y en AlmaViva ese componente está en todos los montajes”. No hace falta más que asistir a los primeros minutos de la obra para darse cuenta de que La noche justo antes de los bosques constituye este tipo de teatro comprometido y necesario que persigue el director madrileño.

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José Gonçalo Pais en un momento de la representación.

La obra nos habla de un hombre que se siente extranjero, ya no sólo por su condición de foráneo si no por el hecho de no pertenecer a nada – un extranjero del mundo-, un paria marginado por un sistema gobernado y controlado por “el clan de los estafadores…tecnócratas con la última palabra” – ¿les suena el cuento?-. Con este montaje, al hablar de extranjero nos estamos refiriendo a “la no pertenencia a un sistema, a la exclusión social que cada vez más individuos sufren –sufrimos- a causa de una sociedad basada en la diferencia de clases y la segmentación del pueblo, la confrontación y la alienación del mismo. Es ese mundo en el que nos indican cómo tenemos que movernos de lunes a viernes. El viernes nos permiten salir a desfogar, creando una fantasía de libertad, pero en realidad está todo planeado para mantenernos en el laberinto de ratones en el que nos tienen encerrados”, añade Barló.

Para dotar al proyecto escénico de mayor universalidad Barló, junto a José Gonçalo Pais – intérprete portugués que da vida al protagonista- ha optado por obviar las poquísimas referencias textuales que situaban la acción en los barrios marginales de una ciudad francesa. De esta manera, el protagonista -este desesperado, este loco lúcido- vagabundea por las calles de una urbe cualquiera –que podría ser perfectamente Madrid– intentando convencer a todo aquel viandante que se cruza en su camino -representados simbólicamente de diferentes maneras a través del uso de las luces o de los movimientos físicos del propio actor-, de su teoría: existen los bosques, él sabe llegar, hay esperanza.

Al acabar la función, nos invitan a un coloquio impregnado del mágico encanto de la sala que acoge la obra, La Puerta Estrecha. Rodeados de máscaras africanas, de pintorescas marionetas y de artesanal atrezo, compartimos impresiones con alumnos de la Escuela de Arte Dramático del Ayuntamiento de Madrid (EMAD) y estudiantes de doctorado de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). De la mano de Barló y de Pais, descubrimos como transcurrió el proceso creativo. Una inicial tormenta de ideas dio paso a una impactante, pero sencilla, puesta en escena que, junto al potente texto, consigue, en cada pase, darle al espectador “una bofetada con guante blanco”, como le gusta decir a José. Una línea amarilla pintada en el suelo que simula una calle, el juego de luces y sombras, el gran espejo rectangular en el que se refleja deformado el público, así como, el acertadísimo uso de una videocámara con la que el intérprete se graba y se proyecta en la pared, son los elementos que aportan una sensación de irrealidad que nos acompaña hasta el final de la función y, que según el imaginario de los presentes en la charla, consiguen que se vean referencias a Lorca o Valle-Inclán e, incluso, -y esto ya es conjetura nuestra- a películas de Leos Carax -como Mala sangre– y del expresionismo alemán.

Durante la charla los elogios a Gonçalo -con el que Barló ya había trabajado en pasadas ocasiones- son constantes. El intérprete vive con intensidad cada momento sobre el escenario. Lo da todo, baila, adquiere movimientos felinos etc. Su control corporal nos ayuda a trasladarnos con él por distintos espacios, desde unos baños públicos hasta el vagón de un metro.

La velada llega a su fin. Nos despedimos de los presentes y al salir por la puerta de ese mágico rincón teatral volvemos a incorporarnos como autómatas al sistema. Pero algo ha cambiado, las palabras de este extranjero nos han calado más que la lluvia, ahora sabemos que los bosques no están tan lejos y que, por suerte, nunca llueve eternamente.

Podéis ir a ver La noche justo antes de los bosques los viernes,  a las 20.30h. y los sábados, a las 22.30h. , en La Puerta Estrecha. Hasta el 20 de diciembre y a partir de 10€.

Fotos: Noemí Sánchez.

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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