Lucia Berlin: las mujeres de la limpieza escriben

Imagen de Lucia Berlin en su juventud.
Imagen de Lucia Berlin en su juventud.

Un concejal de la localidad canaria de Santa Cruz de La Palma aseguraba recientemente que no existían mujeres lo bastante prominentes como para incluirlas en el callejero municipal. Lo hizo en respuesta a la moción de otra edil del mismo ayuntamiento, quien defendía que había que poner el nombre de palmeras ilustres a más calles y plazas. Lo que falla en la respuesta del primero es que la prominencia es muchas veces más fabricada que meritoria. ¿Cómo se entiende, si no, que los relatos que Lucia Berlin escribió apenas vendieran ejemplares antes de la muerte de su autora y, de repente, en solo dos años, se hayan convertido en un fenómeno de crítica y público?

Hay algunas formas de explicarlo. Sabiendo, por ejemplo, que en 2015 una de las editoriales norteamericanas más poderosas, Farrar, Straus & Giroux, apostó por reunir los 77 cuentos de Berlin en Manual for Cleaning Ladies. Esas historias, que la escritora a duras penas logró colocar en vida en un puñado de pequeñas editoriales, solo necesitaron, décadas después, unas semanas para colocarse en la lista de los libros más vendidos, trayectoria que han ido siguiendo sus traducciones a otras lenguas, como la edición española de Alfaguara, Manual para las mujeres de la limpieza.

El respaldo de una gran editorial es un factor decisivo en la prominencia de un escritor o escritora, claro. Pero no suele llover del cielo, ni siquiera de la calidad de la obra. En el caso de Berlin, ha tenido mucho que ver con la defensa enconada que de ella ha hecho Lydia Davis, otra autora de cuentos que se propuso rescatarla del olvido en el que injustamente -pensaba- había permanecido tanto tiempo. A Davis pronto se sumaron otros que sí han conocido el reconocimiento en vida, como August Kleinzahler y Stephen Emerson. Et voilà, aquella mujer que en 2004 falleció enferma y refugiada en el garaje de uno de sus hijos se ha convertido, más de diez años después, en una escritora famosa.

Retrato de Lucia Berlin en Alburquerque, Nuevo México.

Retrato de Lucia Berlin en Alburquerque, Nuevo México.

De Lucia Berlin sorprende hasta el nombre, que a muy pocos resultaba familiar cuando comenzó a aparecer en los escaparates y estantes de librerías españolas. Parece un pseudónimo, el alias escogido por una tuitera o bloguera, por una feminista millennial que cultiva su activismo en las redes sociales, la firma de una periodista especializada en cultura digital. Pero son el nombre de pila y el segundo apellido de una mujer, Lucia Brown Berlin, que en 1955 ya estaba criando a sus dos primeros hijos.

Sorprende también su prosa: una forma de escribir descarnada, socarrona, muy actual, que se ríe de la tragedia y practica con desenvoltura esa cosa que tanto gusta ahora de la autoficción. Un verbo que salta con la misma habilidad del inglés al español (pasó su adolescencia en Santiago de Chile) que de la biografía a la invención.

Pero puede que lo que más sorprenda de Berlin, precisamente porque de ella extrae buena parte de su material narrativo, sea su vida. La de una escritora maldita, tan maldita como los que construyeron ese estereotipo. Una infancia nómada, desde Alaska hasta Chile pasando por Nuevo México. Una madre que deja en herencia alcoholismo y carencias afectivas y que termina suicidándose. Tres divorcios, cuatro hijos, y un periplo de pluriempleos para mantenerlos.

Lucia Berlin durante su infancia.

Lucia Berlin durante su infancia.

De todos esos turnos como limpiadora, enfermera y recepcionista, entre otros trabajos, es de donde nacen tantos de los relatos de Manual para mujeres de la limpieza. Historias protagonizadas, en su mayoría, por mujeres. Las mismas que limpiaban las casas y cuidaban a las esposas de los que se convertirían en protagonistas de estatuas, nombres de avenidas y artículos de Wikipedia. Después de que en 1994 llegara, por fin, el primer reconocimiento profesional a su capacidad intelectual y Berlin empezase a dar clases en la Universidad de Colorado, un cáncer de pulmón la forzó a retirarse y, tras pasar un tiempo en una caravana, falleció en el garaje de uno de sus hijos. La pregunta no es por qué hemos tardado tanto en descubrirla -porque permanecía oculta en las dificultades de su propia vida- sino cuántas más habrá como ella y si algún día las conoceremos a todas.

Fotos: luciaberlin.com

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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