La soledad compartida de Pablo Messiez

 

Quien haya podido ver algún montaje de Pablo Messiez lo sabe. Sabe que, este actor y dramaturgo argentino, es dueño de una sensibilidad especial, una marca propia que plasma en cada una de sus obras. Sus puestas en escena, minimalistas en cuanto a decorado, desbordan una poesía inusual que sorprende y emociona.

Tras el éxito alcanzado con Los Ojos , hemos podido disfrutar de la reposición de varios de sus montajes en distintos espacios teatrales de Madrid, ciudad que lo ha adoptado artísticamente desde hace, aproximadamente, unos cuatro años. Este ha sido el caso de la obra que nos ocupa, Muda. En ella, Messiez, hurga en las heridas de los protagonistas,  provocadas por  acontecimientos del pasado, y que, todavía hoy, siguen escociendo.

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Óscar Velado y Mariela Pensado en un momento de la obra.

La historia comienza cuando Ana, una chica muda que oculta un secreto, se traslada a un nuevo vecindario. Allí entabla relación con el encargado del edificio, un emigrante español, y una vecina de verborrea desbordante tras la que oculta su dolor e inseguridad. Un trío muy peculiar que, a pesar de sus diferencias, tiene un punto en común: la soledad.  Poco a poco la llegada de la nueva inquilina se convierte en un bote salvavidas para los otros dos protagonistas. Su involuntario silencio les permite disfrutar de algo que hace mucho que no saborean, ser escuchados. Van a verla, le cuentan relatos de sus vidas (adornados y sin adornar) y parecen sentirse así más acompañados, más comprendidos. Sin sospecharlo, esta bajita silente, a la que han dado la bienvenida, modificará sus existencias, aportando un poco de sentido a sus destinos.

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El personaje de Fernanda Orazi pone un punto de humor.

En conjunto, las vivencias de los personajes (tanto las que se representan en el escenario como las que ellos relatan) son dramas que parecen haber salido de un auténtico culebrón. Sin embargo, Messiez los pone en escena con un verismo apabullante, consiguiendo plasmar dos grandes evidencias: la importancia que para el ser humano tiene el hecho de narrar, de comunicare, así como la necesidad de este de entrar en contacto con los otros, de llenar un vacío.

Merecen especial mención los intérpretes, los mismos que trabajaron con Messiez en Los Ojos, el actor español Óscar Velado y las actrices argentinas Fernanda Orazi (simplemente brillante) y Marianela Pensado. Todos ellos dominan sus papeles y hacen suyos unos diálogos que se mueven entre lo más absurdo e irrisorio y lo más dramático e hiriente.

Por otro lado, cabe destacar el uso de la música, una auténtica fuente de inspiración para el autor en este y en otros montajes. Messiez suele introducir en casos puntuales alguna melodía que encaja perfectamente en la escena y que ayuda a realzar las emociones. Incluso, en algunos momentos, algún personaje llega a cantar (como acontece en Muda). No en vano, durante el transcurso de la obra,  la vecina encarnada por Orazi le sugiere a Ana que, como no se puede hacer entender mediante palabras, elija una canción para expresar sus sentimientos.

En definitiva, ir a ver Muda constituye toda una experiencia, pues consigue despertar un auténtico popurrí de emociones encontradas que te acaban por atravesar y tocar muy hondo. Algo que sucede, sin duda, cuando lo que ves te purifica por verdadero. Los griegos lo llamaban catarsis; para mí, ahora, tiene otro nombre: Pablo Messiez.

Puedes ver Muda en la sala  El Sol de York el viernes 7, el sábado 8 y el domingo 9 de junio a las 20.30.

Fotos: Violeta Pérez

 

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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