La gran verdad de los villancicos

La gran verdad sobre los villancicos

A una semana de las vacaciones de Navidad de 1995, el director de un colegio de Orihuela (Alicante) decidió, tras una entusiasta lectura del Manual de Psicología del Alumno, emplear una novedosa técnica de motivación; durante el recreo decidió activar el sistema de altavoces para que sonara “Campana sobre Campana”.  La grabación, una cinta de cassette SONY-60, pertenecía a la colección privada del director. Convencido del poder unificador de la canción, los aparatos amplificaron el sonido de las estrofas por la pistas de fútbol y baloncesto que albergaban a los más de setecientos alumnos del centro.

Lo sucedido quedó marcado en la memoria del profesorado que, altamente entusiasmado, se encontraba mirando el experimento por los ventanales.

“…y sobre campana tres 
en una cruz a esta hora
del niño va a padecer…”

Nada más sonar la canción los alumnos se volvieron locos y empezaron a pelearse, mutilándose los unos a otros diferentes extremidades de su cuerpo. Cuando se abalanzaron con las bocas espumosas hacia las ventanas, el director trató de detener la canción, pero ya era tarde: la mayoría de los profesores acabaron en urgencias por los golpes, algunos de ellos con problemas respiratorios debido al uso inadecuado de los extintores.

Durante los años siguientes se produjo una investigación clasificada por las fuerzas locales. Muchos psicólogos trataron de descubrir el secreto de unas melodías, llegando muchos de ellos a la conclusión de que los villancicos nunca estuvieron destinados a una población joven. El público para el que fueron elaborados era el propio de la taberna, la posada y los prostíbulos. Una música que no debía nunca buscar la emoción o la paz, sino al contrario: la juerga o el jolgorio. Alterar el ambiente en vez de apaciguarlo. Frenesí en vez de delicados bálsamos.

Según estos expertos, darle al villancico un carácter didáctico es como argumentar que la música rock debería ser aleccionadora  y no un revulsivo anti sistema.  Al igual que la tuna o los cuentos de los hermanos Grimm, el villancico popular esconde secretos mecanismos ligados con la rebeldía o la denuncia. Convertir el villancico en una canción destinada a apaciguar a los niños (o instruirlos en su interpretación) es, en opinión de muchos psicólogos, un terrible error.

Sin embargo,  los villancicos, tal y como han sido expuestos al público contemporáneo (amnésico por definición), transmiten la idea de la castración impresa en cada una de sus melodías. Me explico: dado que ciertos timbres han sido modificados en las grabaciones comerciales para alcanzar barítonos imposibles para unas cuerdas vocales humanas, se produce una sensación de frustración y rechazo. Ahora no sólo queremos escuchar unas voces agudas e infantiles: queremos a “Los chicos del Coro” en nuestro salón.

Por otro lado, este “contemporáneo” villancico ha estado acompañado de una iconografía altamente discutible: estoy hablando de las casas nevadas, de los copos de nieve, burros (¿burros en el desértico Oriente? ¿pero qué se han tomado los directivos de publicidad?), todos ellos elementos de sociedad decadentes.

Ignoren las interpretaciones del vídeo de arriba (lo sé, es difícil) Fíjense en esas calles de ese pueblo. Menuda rasca tiene que hacer en en enero, ¿eh? En efecto, especialmente en España hemos confundido los términos: pintoresco no siempre algo es bueno.

Como muchos expertos han señalado, la nieve, las heladas, son, de por sí, algo horrible: la nieve significa el frío, el invierno, la ausencia de cosechas. Lo bueno de la vida es el calor de agosto, el calor del sexo por la mañana, el calor humano, vaya. Cualquier canción que no trate de causar calor en los tiempos fríos de la Navidad, no debe de servir para nada más confundir a las jóvenes mentes del mañana.  Adormecerlas en vez de despertarlas.

Y así como que no.

Foto: Jcaputo4 (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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