La historia de un tragaluz o el teatro de Buero Vallejo

Escena del estreno de 'Historia de una escalera'

Cuando parece que todo estaba consumido por el omnipresente alcalaíno Miguel de Cervantes Saavedra, no queremos olvidarnos de algunos autores de los que también celebramos fechas más que señaladas y que, como don Miguel, en cierto modo, no lo tuvieron del todo fácil en su momento. Hablamos de Antonio Buero Vallejo (Guadalajara), a quien el Museo de la Biblioteca Nacional de España dedica una muestra en el centenario de su nacimiento en su faceta (también) de dibujante.

Antonio Buero Vallejo

Antonio Buero Vallejo

Buero Vallejo luchó en las líneas republicanas durante la Guerra Civil y tras la finalización de la contienda fue condenado a muerte por su militancia en el Partido Comunista y la “adhesión a la rebelión”, aunque la pena fue conmutada a los ocho meses por 30 años de prisión. Pasó por varias cárceles, como la de Conde de Toreno, donde coincidió con su amigo Miguel Hernández, pero nunca dejó de escribir y dibujar, hasta que en 1946 consiguió la condicional.

En 1949 ganó el Premio Lope de Vega con Historia de una escalera, que le hizo ganar el respeto de crítica y público y conseguir un tragaluz pequeño por el que colarse en el contexto de la cartelera teatral del momento. Una historia de personas, de un Madrid cansado en plena posguerra, con frustraciones y anhelos, en una acompañada soledad. Una muestra perfecta de su visión del teatro como un compromiso con la sociedad. Buero Vallejo concibe el teatro como una mezcla del realismo y el simbolismo, dos estilos antagónicos, pero que en sus textos conjugan a la perfección.

Coloca al personaje y al espectador en el mismo plano de realidad para que nos sintamos identificados con los que vemos.

Reconocer la relevancia de Buero Vallejo en la historia del teatro español es identificar la casualidad aprovechada sin quererlo. Su trayectoria vital y política pintaba complicada la inserción en una cultura patria dominada por los golpistas vencedores de la guerra, pero en aquel momento el teatro español se había quedado huérfano, entre fusilados y víctimas del exilio interior y exterior, de grandes dramaturgos. Propaganda, comedias facilonas e insustanciales y algún que otro clásico era lo poco que se podía encontrar en las salas. Buero Vallejo fue el primero en hacer propuestas dramáticas profundas pero accesibles, con tintes sociales y políticos, bordeando la censura con punzante habilidad (nota de la que firma: leer La fundación, entendiendo el contexto de entonces, incluso en el de ahora, es un ejercicio más que recomendable), con las que la tradición teatral española volvía a tomar aire después de la aniquilación de la que había sido víctima la cultura durante la guerra y los primeros años devastadores de la posguerra.

Aunque algunos reclamaron una posición más combativa por su parte a la hora de enfrentar la opresión franquista, Buero Vallejo supo utilizar, como ya lo hicieran los clásicos como Shakespeare y su Ricardo III, algunos de los grandes símbolos patrios, totalmente aceptados y ensalzados por el poder establecido, para hablar de la situación de aquella España. En sus dramas históricos vemos a Goya luchando por la libertad contra el absolutismo en El sueño de la razón, a Velázquez contra la Inquisición en Las Meninas o a Esquilache contra la ignorancia del pueblo en Un soñador para el pueblo.

Pero si algo identifica al teatro de Buero Vallejo, además de las detalladas y concretas acotaciones en un lenguaje culto pero accesible, es que la gran misión de los contextos y preceptos dramáticos de todas sus obras, como apunta el especialista en teatro José Luis García Barrientos, es la búsqueda de la verdad, de difícil y doloroso alcance, oculta por la mentira soberana que adormece a la sociedad. Solamente viviendo en la verdad se logra la felicidad, fin último del transitar de sus personajes. Porque a pesar de los años, sigue siendo la verdad el bien más preciado.

Fotos de RTVE y wikicommons.

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