El amor en tiempos de Netflix

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Quien más, quien menos, de manera activa, pasiva o como si su vida en este planeta dependiera de ello, podemos decir sin miedo a equivocarnos que la inmensa mayoría de terrícolas buscan el amor y que, incluso, muchos de ellos lo encuentran y lo conservan toda la vida. Una barbaridad.

Para quien no esté familiarizado con el término ‘amor’, es importante destacar que es un algo intangible, un sentimiento que los humanos comparten con otras especies animales con matices diferenciadores, como que en el caso de los primeros va acompañado de muchas fotos en Instagram y suele acabar con la firma de una hipoteca y/o en un karaoke a las 3 de la mañana.

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Vaya por delante que es difícil entender el amor. O al menos lo era antes de que Netflix completara su catálogo de series con producciones servidas en capítulos de 30 minutos con un objetivo común y demoledor: mostrar las relaciones amorosas de los humanos desde los ángulos más reveladores, rompiendo las reglas no escritas del amor en la ficción e incluyendo nuevas variables para hacer la ecuación mucho más enriquecedora. Para los que llevamos poco tiempo en la Tierra, casi un manual de base científica en el que consultar todas las formas y declinaciones de este que llaman ‘sentimiento universal’.

Vaya por delante que es difícil entender el amor. O al menos lo era antes de Netflix

Son variados los títulos que sirven de consulta en Netflix, cada uno orientado a los diferentes gustos, usos y costumbres de los usuarios de la plataforma, pero tres de ellos destacan por su capacidad de retratar cada capa del amor con toda la honestidad con la que es capaz de autoanalizarse la especie humana: poca pero acertada.

Love. ¿Qué mierda estamos haciendo?

Si por algo se caracterizan los seres humanos es por su absoluta falta de inteligencia emocional, que logran compensar con un instinto de supervivencia en el que su intuición juega un papel fundamental. Gracias a su escasa inteligencia, una persona puede pasar por delante del amor de su vida sin que se le despeine el flequillo y, gracias a su intuición, esa misma persona puede retroceder y quedarse esperando junto al amor de su vida un autobús que probablemente nunca pase por allí.

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Love juega de manera maestra con la casualidad y la causalidad para explicarnos lo arbitrario e injusto que es el amor, cómo dos personas que teóricamente nunca tendrían que haberse cruzado acaban siendo la una para la otra lo peor y lo mejor de sus vidas. Un amor tonto e hiperreal que intenta sobrevivir entre adicciones, platós de rodaje, soledad y buenos intentos para ser mejores personas. Gillian Jacobs despunta en esta serie y es fácil despistarse admirando su rostro de actriz clásica (ya lo dice Paul Rust).

Master of None. No es para tanto.

Es curioso comprobar cómo, a pesar de su incapacidad para reconocerlo cuando lo tienen delante o, por el contrario, de su poca habilidad para desenmascararlo cuando no es real, muchos seres humanos se empeñan en hacer del amor el eje de sus vidas. Encontrar a su pareja ideal llega a obsesionarles tanto que destinan gran parte de sus energías, su edad adulta y sus datos móviles sin garantías de éxito reales.

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Master of None bucea incansable en esta loca búsqueda sin cobrarse demasiadas víctimas: sus personajes se salvan con cierta soltura de la ciclogénesis emocional que provoca el amor a su paso. Para ello echan mano de los únicos placeres terrenales que pueden competir con la comodidad de sentirse amado: la comida, el cine, el arte, la música, los viajes y los amigos son tan importantes en esta ficción que parecen apunto de mirar a cámara y decirle al espectador: “Despierta, este amor está sobrevalorado, tienes muchas más cosas por las que sentirte feliz”.

Lovesick. Cualquier tiempo pasado…

De entre todos los sentimientos asociados al amor, puede que el miedo sea el más real y el más letal. El amor triunfa si se supera el miedo y esto a veces puede llevar años o no suceder nunca. La historia de la humanidad está llena de amores malogrados, amores imposibles que no consiguieron vencer los convencionalismos, las barreras propias de la vida; está llena de historias tristes de desamor.

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Lovesick tira de comicidad y promiscuidad juvenil para llevarnos primero de viaje por el tiempo a situaciones familiares, odiosamente reconocibles, en las que el amor aún dejaba una resaca dulce e inconfundible. Era la época del ‘todovale’, cuando nos sobraba el tiempo y no hacía falta decir lo siento. Luego nos devuelve al presente, más complicado y adulto, a la hora de las decisiones para el trío protagonista de esta serie británica hasta la médula.

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