Counterpart: el nuevo Muro de Berlín

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Resulta curioso cómo una coincidencia temporal determinada por la casualidad puede dar pie a paralelismos y reflexiones puramente causales. Algo tan fortuito como que el final de la primera temporada de Counterpart (2018-) coincida con el inicio de la segunda de Westworld (2016-) permite establecer conexiones entre ambas creaciones, con las que entender mejor ciertos mecanismos que imperan en la narrativa televisiva actual. La serie de Jonathan Nolan y Lisa Joy para HBO adopta un patrón clásico de la ciencia ficción: partir de los avances tecnológicos para construir sociedades del futuro con las que, en realidad, hablar del ser humano del presente. El auge de la tecnología en el día a día, la entrada de las inteligencias artificiales y cómo estas cambian y cambiarán nuestra vida, todo ello para plantear una de las preguntas universales de la filosofía: ¿qué es lo que nos hace humanos?

La presencia de androides con sentimientos, la existencia de personas con comportamientos carentes de toda humanidad, las sociedades de clases, la violencia o el machismo son muchos de los temas que tejen la compleja red de Westworld, que en su primera mitad de la temporada se centra en la construcción de un universo rico en matices. Algo bien distinto ocurre en la segunda parte. Da la impresión de que Jonathan Nolan no pudo o no quiso evitar la tentación de caer en las malas artes que caracterizan al cine de su hermano Christopher, con el que ha escrito varias de sus películas.

Tramas innecesariamente enrevesadas, verborrea expositiva de los personajes y la imperiosa necesidad de aportar un aura de trascendencia a todo lo que se muestra en pantalla son las características que determinan la segunda mitad de Westworld, todas ellas apuntando a un fin último: que la trama se convierta en la verdadera protagonista. A la hora de la verdad, asegurar índices de audiencia colosales decanta la balanza en la eterna lucha entre arte y beneficios económicos.

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Un viaje similar se experimenta al asistir a la primera entrega de Counterpart.

La historia se sitúa en Berlín, en lo que parece el mundo real, hasta que se descubre que existen dos universos paralelos, idénticos pero que han evolucionado de manera diferente.

Esto no ha sido siempre así. Inicialmente existía sólo uno, pero, por un suceso que se desconoce, unos 20 años atrás el universo se desdobló en dos idénticos, momento a partir del que cada uno se empezó a diferenciar del otro. Toda esta situación es un secreto: el grueso de la población de un universo desconoce la existencia del otro. Sólo conocen la verdad los agentes de la diplomacia de cada mundo, a los que se les permite cruzar la barrera para pasar al otro lado. Una situación que, dado el estricto control y las férreas normas de seguridad que se aplican, permite que Counterpart funcione como un thriller de espías ambientado en un universo de ciencia ficción que se podría entender como un nuevo Berlín post-Segunda Guerra Mundial.

En la serie de Starz, que puede verse en nuestro país a través de HBO España, también dedican la primera mitad de la temporada a presentar el universo. Aunque la trama es importante en todo momento, con la presencia de espías y terroristas que se infiltran en el universo contrario, a lo que más atención se le presta es a los condicionantes filosóficos y conductuales.

Al existir dos mundos, cada persona tiene su doble al otro lado. ¿Qué ocurre si una persona conoce a su homólogo?

Eso es lo que le sucede a Howard Silk, al que interpreta por partida doble un excelente J. K. Simmons. Ambas versiones de Howard comparten infancia, adolescencia y buena parte de la edad adulta, por lo que provienen del mismo lugar, con idénticas experiencias y decisiones. Sin embargo, ambos personajes son completamente diferentes. Plantearse a qué se debe tal situación es una de las claves de la serie, que, al igual que ocurría en Westworld, lanza un conjunto de cuestiones filosóficas, tales como hasta qué punto somos quienes somos debido a las decisiones que tomamos, o cómo en buena parte nos comportamos como nos comportamos porque es lo que los demás esperan que hagamos.

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Como si de un universo paralelo al de Westworld se tratara, en su segunda mitad se echa a perder la riqueza reflexiva de Counterpart. Tras el habitual capítulo de orígenes, en el que mediante un extenso flashback se le revela a la audiencia una parte fundamental del pasado con el que se explica lo que sucede en el presente, la serie expone el conflicto entre ambos mundos. A pesar de ser un tipo de episodio difícil de manejar —la reciente segunda temporada de Jessica Jones (2015-) así lo atestigua; sólo el brillante episodio 8 de Twin Peaks: The Return (2017) parece haber salido indemne de esta práctica—, expone una mirada estimulante sobre cuáles son las causas que provocan la creación de grupos terroristas. Sin embargo, el episodio es el inicio del fin de la reflexión, pues a partir de entonces lo que prima es la trama.

El número de giros de guion, traiciones y sospechas aumenta de manera exponencial, lo que deja de lado aquello que, en realidad, hace de Counterpart, y de cualquier narración, algo único y diferente: la construcción de una realidad propia. Aunque la serie presenta más argumentos a favor que en contra, mientras exista una obsesión por mantener entretenido al público a cada segundo, artísticamente las obras televisivas siempre serán producciones más estimulantes por su premisa que por su desarrollo.

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