Lo que aprendimos de La hora chanante

Los mitos populares se asientan en el pensamiento y la memoria colectiva con pocas cosas. Canciones, vocabulario o formas de vestir que generan expresiones culturales, más o menos generales, que marcan un antes y un después. Y por eso hay una generación entera que sabe perfectamente cómo dar unas buenas “tollinas” en varias modalidades o que puede haber superhéroes “más blandos que la mierda de pavo”. A principios de noviembre de 2006 se emitió el último programa de La hora chanante (¡chanante¡), quizás el primer programa de televisión que se hizo viral por las redes sociales. De ahí vinieron Muchachada nui, Museo Coconut y Retorno a Lílifor, pero mejor empezar por el principio.

A lo mejor os pensáis que son tontos y a lo mejor lo que pasa es ¡que os lleváis una hostia! (o el respeto al entorno rural y sus conocimientos ancestrales)

Además de (re)descubrir para muchos una tierra genial como es La Mancha, gracias al gañán, del que después sabríamos su nombre y apellidos completos, aprendimos un léxico riquísimo, útil en cualquier situación, y técnicas muy útiles para sobrevivir en nuestro día a día.

Todo el mundo tiene acento de Albacete (o debería tenerlo)

Una buena manera de recorrer la historia de la cultura occidental de los años 80 y 90 sin necesidad de traductores o subtítulos. Una lección magistral que va desde Madonna al acordeón de María Jesús, pasando por los eructos proyectados de Kasparov. Sin olvidarnos del vodka y la política…

A veces lo traigo gordo, a veces lo traigo fino (o la apuesta por una economía distinta)

El payaso no solamente se convertía en el padre de todos nosotros. Cada poco nos brindaba maravillosos y necesarios consejos de cómo y dónde invertir, trucos para entender el mercado o el vocabulario necesario para no sentirnos extraños en el Foro de Davos, todo ello con un colorido de ensueño.

Todo lo que sea corrupción nos interesa (o lo divertido que es inventarse diálogos sobre películas antiguas)

Lo de los doblajes absurdos ya se inventó antes de Retrospecter, lo sabemos, pero Joaquín Reyes se corona con diálogos surrealistas que no encajan con el movimiento de los labios de los actores ni por asomo.

Los polvorones los carga el diablo (o la necesidad de hidratarse)

Un superhéroe hecho a sí mismo, después de un viaje demasiado largo y sin paradas en el coche de los padres. Con Bocasecaman aprendimos lo importante que es parar cada dos horas en los viajes en carretera y lo duro que es tener la lengua como un gatete. O no.

 

Siempre nos quedará YouTube.

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