‘Antes del amanecer’: la historia de Jesse y Céline

El ser humano es un ser sociable. No lo digo yo, lo refutan infinidad de estudios. Dentro de esa necesidad de socializar hay varias emociones que se adhieren a nosotros como imanes: la atracción, la necesidad y el deseo.

Como un triángulo de Origami, estos tres principios están presentes en nuestra vida desde el origen de la misma, solo que a medida que evolucionamos vamos cambiando nuestras prioridades. Si de niños sentimos atracción por los colores vivos, necesidad de descubrir y el deseo de jugar, de adolescentes y adultos sentimos atracción por las personas, necesidad por la independencia y el deseo de ser libres.

Han pasado 22 años desde que Richard Linklater estrenase Antes del amanecer en Berlín, una película de bajo presupuesto, en el que dos jovencísimos Ethan Hawke y Julie Delpy paseaban por una Viena de mediados de los 90 y conversaban sobre mil aspectos de la vida. La película finalmente ganó el Oso de Plata a mejor dirección, y, quizás sin saberlo su director, se acababa de convertir en la primera parte de una trilogía que daría forma a la que es, probablemente, la mejor historia de amor del cine contemporáneo.

¿Por qué? Os preguntareis. La respuesta es sencilla: porque es real.

Vale, quizás estéis pensando que hay mucho idealismo y fantasía en Antes del amanecer y no voy a negároslo, pero es justo ese punto de fantasía lo que le da veracidad. Cualquier persona de veintitantos siente eso: una necesidad irrevocable por cuestionar el mundo que le rodea y por querer vivir fiel a sus principios de forma ajena a los parámetros de la sociedad. Un carácter aventurero y apasionado que aún conserva esa estela de inocencia de la adolescencia.

Para contar esta historia el director se inspiró en un suceso que le ocurrió en 1989, cuando entró en una tienda en Filadelfia y conoció a una chica con la que pasaría toda la noche.

Si hubiese situado la acción en una tienda hubiésemos podido alabar ese acto mundano y con el que todos nos podríamos sentir identificados, pero le quitaría toda la gracia.

Extraños en un tren

Los protagonistas de esta historia son Céline y Jesse, dos jóvenes con toda la vida por delante, cargados de ilusiones y expectativas. Un matrimonió que no atraviesa su mejor momento, metáfora, por otro lado, de lo que está a punto de suceder, es el desencadenante de esta historia de amor que se ha convertido en un hito. La inocente decisión de cambiar de asiento propicia la conversación que finalizará con la proposición de Jesse explorar Viena.

Todas hemos querido que un Ethan Hawke nos proponga ver una ciudad europea con él después de una animada conversación. Y qué decir de vosotros ¿Acaso renunciarías a seguir charlando con una maravillosa Julie Delpy? La respuesta es no.

Quizás esta parte es la menos real. Pero ¿Qué es la vida sin un toque de sal, sin una pizca de locura? Es cierto que la idea de que ese guapo chaval sea en realidad un psicópata que nos quiere asesinar pasé por la cabeza de toda jovencita que se encuentra explorando Europa. No obstante, la genialidad de Linklaker es que bromea con respecto a estas cuestiones, las convierte en elementos cotidianos; las humaniza.

Es por ello que el esquema de la película es tan sencillo que resulta brillante porque todo lo que en ésta se da lugar no es más que el deseo de cualquier ser humano de hacer lo que verdaderamente siente. Un manifiesto de libertad.

La emoción condesada en un minuto

Uno de los aspectos más llamativos del filme es el exquisito ritmo que tiene. Los protagonistas devoran el tiempo con ansias, deseosos de que no termine. A medida que avanza la historia la situación de comodidad es más latente. La transparencia se siente, seguramente por ese razonamiento que se instala en su psique de que esa noche será la única.

¿Por qué dejar algo en el tintero? Esa actitud ante la vida, de saborear cada minuto sin importar el siguiente es seguramente la formula tan adictiva de esta obra.

Otro aspecto a destacar es lo bien desarrollados que están los personajes y la capacidad que tiene el guion de hilar un tema con otro sin resultar tedioso. Desde el primer momento quieres conocer todos los sueños, ilusiones y pensamientos de esos dos jóvenes desconocidos que pasean por una ciudad sin más pretensiones que la de disfrutar de la compañía del otro. Un guion sencillo en su estructura que podía caer fácilmente en el contenido vacío pero que se estruja como un limón del que se saca todo su jugo.

Ella, increíblemente europea. Él, salvajemente norteamericano. Esa unión, tan dispar y atractiva fue un acierto. Una tiene la delicadeza etérea, la intelectualidad del viejo continente, el otro la frescura, la cotidianidad casi ranchera del nuevo. Dos piezas que encajan.

Es maravilloso ver como se plasma un periodo de edad. Da igual que tuvieses veintitantos años en 1995 o que los tengas ahora. Vas a entender perfectamente a que se refieren los protagonistas cuando se plantean si las parejas actualmente son felices, si nuestra generación es más acomodada que la anterior o, sencillamente, si seremos capaces de vivir fiel a nuestros principios.

La incertidumbre de la juventud supera cualquier franja generacional, porque no es algo que éste presente en un periodo concreto de la historia, si no en la edad biológica de los hombres.

La cámara como tercer acompañante

En Antes del amanecer no ves a dos personas paseando. Paseas con ellos. La cámara te lleva, te introduce en las empedradas y estrechas calles de esa Europa neoclasicista. Cambia el ángulo de los planos para que no te pierdas ninguna perspectiva de ese intercambio de sensaciones de los protagonistas. Es un enorme gusano en movimiento con vida propia.

Y ya puestas a alabar aspectos técnicos hablemos del uso de la luz. Trabajar con luz natural siempre es una dificultad añadida. En un rodaje el tiempo y las horas de sol valen oro, por tanto calcular cuánto dura un atardecer y saber captar esos reflejos en la cabina de una noria es digno de aplauso. Esa maestría y naturalidad con la que se mima cada detalle que rodea un día inolvidable son un regalo al espectador.

Entrando en un terreno personal, debo decir que mi escena favorita es la de la cabina de audición. Ese plano contrapicado, con la canción de Kath Bloom Come Here, una letra tan apropiada, con el cruce de miradas a destiempo de ambos personajes me parece fabulosa. No necesita jugar con el diálogo del que se nutre todo el largometraje, se basta del silencio acompañado de una interpretación y una pieza musical que contiene el mensaje en sí.

Mi gran temor cuando vi esta película por primera vez fue ¿Podrá cerrarla adecuadamente? No pudo hacerlo mejor. Esos planos sin ningún rastro humano, solo el recuerdo de lo que sucedió son más expresivos que cualquier frase.

Antes del amanecer no es una película ñoña y romanticona para ver después de comer. Es la vida; la juventud; la ilusión por el futuro y el amor condensados en una hora y media. Un guiño a las personas, al aspecto más sensible y humano que habita en nuestro interior.

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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