72 Feria del Libro de Madrid: la crisis para quien se la trabaja

Como dicen los muchachos de esos grandes almacenes, ya es primavera. Pensábamos que no llegábamos pero hemos alcanzado la meta. Muchos sonreímos al ver florecer los árboles que encontramos por nuestro camino, sentir calorcito y no tener que atarragar con los abrigos, aunque los alérgicos no den palmas de alegría especialmente. 

Después del Día del Libro, mentira piadosa que se inventó la UNESCO para hacer coincidir bajo la misma fecha el fallecimiento de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega (este último lo añado yo porque es importante reconocer a los millones de hispanohablantes del otro lado del Atlántico y porque es el único de los tres que realmente murió el 23 de abril de 1616) aceptando como barco sepelios y calendarios julianos, las celebraciones múltiples de las letras se nos acumulan en la agenda hasta que entre de golpe el calor.

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Los que viven en Madrid, incluso los que se han criado aquí, saben que la idiosincrasia del Parque del Retiro es bastante peculiar. El pulmón de la capital está plagado de carriles, calles y plazas que son mucho más que vías por las que caminar. Mimos y demás artistas se colocan rodeando el estanque, y dentro de él las abuelas rijosas, familias con niños y enamorados. Patinadores y skaters de nivel avanzado en la zona de la mítica fuente del ángel caído. Normalmente los que están aprendiendo van por el paseo de coches de caballos arriba y abajo sorteando bicicletas, triciclos, patinetes y bicis con ruedines y cintas de colores en el manillar. Pero llegan las últimas tormentas de la primavera y todo cambia como arrastrado por la lluvia. Los que viven en Madrid, incluso los que se han criado aquí, saben que los chaparrones son gloria cuando anuncian la llegada de la Feria del Libro.

Ya van 72 años de cirros, cúmulos y estratos desplazando el tráfico rodado menor de la zona y bañando a las casetas y a los visitantes del mayor encuentro librero y editorial de España. Superado el segundo fin de semana podemos hacer un poco de balance y eso que muchos no nos hemos gastada ni un duro porque está muy bien que el saber no ocupe lugar pero vacía nuestros bolsillos. Pequeña crítica aquí al mundo del negocio librero (no tanto a las librerías porque son las grandes perjudicadas junto con los lectores) y a los que marcan los impuestos: en la era de la democratización editorial y del abaratamiento de costes de producción gracias o por culpa de los formatos electrónicos, seguir marcando unos precios férreos a los libros tiene un punto suicida. Ver carteles en las casetas de las librerías (jamás lo veremos en los de las editoriales) anunciando “magníficos” descuentosdel 10% significa que son los dueños de las mismas las que pierden ese punto del margen del beneficio. Como bien dijo un importante empresario de un importante sello editorial que antes perteneció a la Casa de Alba, sale más barato guardar en naves inmensas los excedentes de producción de libros que llevarlos a las librerías, bajar su precio y darles salida. Todo por los grandes pactos en torno al dinero de esta industria.

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¿Crisis en el mundo del libro? Puede, y más habrá si no se revisan estas directrices de imposición de tasas y limitación de variaciones en el precio. ¿Ferias del libro como vía de escape a esta situación? Reconozcamos que es una buena excusa para verse las caras en el mundillo literario, pero que casi se centra más en el momento fan de los lectores. Las ventas de estas semanas no salvarían la campaña. Y a mi siempre me quedará una duda, a mi, ser anacrónico, que me cuesta enfrentarme a lo que no es papel, ¿dónde se firma un libro comprado para e-book?

Fotos: Pieronius (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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