50 años comiendo sopa con Mafalda

Media melena con flequillo como por la que toda niña ha pasado. Un lazo en el pelo. Un vestido. ¿De qué color? ¿Rojo? ¿Verde? ¿Azul marino? Quizás simplemente siempre fuera del que apareciera en la imaginación de los ojos del lector en ese momento. No hay quien no tenga una frase, un gesto, de Mafalda si ha tenido entre sus manos alguna viñeta de la hija de papel de Quino, merecidamente reconocido recientemente por el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Su edad quizás podría quedar perfilada por aspectos de su persona como que en su casa no había televisión hasta bien pasados los años del principal boom de la caja tonta y que su grupo favorito, los cuatro de Liverpool, sonaba en la radio. Ama tanto a los Beatles y sus ritmos como detesta esos humeantes platos de sopa que su madre le pone sobre la mesa. Por lo demás, esa niña y su pandilla son del todo atemporales.

Mafalda, su hermano Guille, el inocente Felipe, la repipi Susanita, el “gallego” realista Manolito y la pequeña Libertad irrumpieron en la prensa argentina como tiras hace 50 años y los temas con los que nos hacían reír con su inocencia ronzando la acidez no han cambiado casi nada. Defender la paz, preocupación por el papel de la mujer en la sociedad, la explotación laboral, los derechos sociales, el ecologismo, reflexiones sobre la situación socioeconómica del mundo, sobre la educación. Filosofía que desgrana la felicidad, el miedo, la vida, las dudas existenciales de un mundo en cambio constante o la política en esa parte del globo supuestamente desarrollada y que dicen que viven en democracia. Parece que ciertas sentencias emitidas por la boca de unos niños son menos tremendas, o no.

Sobre los políticos y la política. ¿Quién manda?

“Es para masticarlo, pero no hay que tragárselo.” “¿El discurso de quién?”

Quejándose a su madre: “¡No tengo porqué obedecer a nadie, mamá, yo soy un presidente!” A lo que su madre sentencia: “¡Y yo soy el Banco Mundial, el Club de París y el Fondo Monetario Internacional!”

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La cultura y su valor.

“¿No sería hermoso si las bibliotecas fueran más importantes que los bancos?”

“Pensándolo bien, es monstruoso que se impriman más billetes que libros… ¡Algún día se dará más valor a la cultura que al dinero!”

Mezclar churras y merinas, como la sanidad con el dinero.

Mafalda exclama indignada: “¡Dinero! ¿Y la salud? ¡Porque una cosa es el dinero y otra la salud!” Manolito, digno hijo de la mentalidad liberal, le pregunta extrañado: “¡¿¿Cómo??!”

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La pobreza infantil.

“¡Millones de chicos tienen que trabajar para vivir!”

Agilidad de las instituciones públicas.

Mafalda reclama a su mascota “¡¡Burocracia!!” Tres viñetas en blanco después aparece por una esquina una tortuga lenta, haciendo honor a su nombre, a comer su lechuga.

9397735876_b6f7e24f09_oLa realidad socioeconómica.

Reflexiones de la utópica Libertad: “Para mí lo que está mal es que unos pocos tienen mucho, muchos tienen poco y algunos no tienen nada. Si esos algunos que no tienen nada tuvieran algo de lo poco que tienen los muchos que tienen poco y si los muchos que tienen poco tuvieran un poco de lo mucho que tienen los pocos que tienen mucho, habría menos líos. Pero nadie hace mucho, por no decir nada, para mejorar un poco algo tan simple.”

Parece que no ha cambiado casi nada la cosa, esperemos que todavía nos quede cierta inocencia en el mirar.

Fotos: Andresmh (cc) / Nico Kaiser (cc) / Olgaberrios (cc) / Indig-nación (cc) / Sergio Venuto (cc)

úsameCreative Commons Nokton Magazine

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